Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo décimo

Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes

Primera parte, capítulo décimo

De lo más que el avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro que se vió con una turba de yangüeses.

Resuelta la batalla con el vizcaíno, don Quijote con la oreja rota y sangrando y antes de subir sobre Rocinante, Sancho se arrodilla y abraza a sus piernas renovando la petición de la ínsula prometida –recordemos que Sancho no sabe qué es una ínsula- tras la victoria en la batalla. Pero don Quijote, digno, le aclara a Sancho que advierta que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos, renovándole la promesa para mejor ocasión.

Sancho se da por satisfecho con lo prometido y se ponen en marcha. Como Rocinante caminaba rápido, el rucio de Sancho se quedaba cada vez más atrás. Sancho le da voces a don Quijote para que espere, cosa que hace sujetando las riendas de su caballo, y Sancho aprovecha para iniciar una conversación con su amo y aconsejarle buscar una iglesia a la que acogerse para evitar ser detenidos por la Santa Hermandad, pues se temía que el vizcaíno les hubiera denunciado tras el ataque.

Don Quijote rechaza la idea de acogerse al amparo de ninguna iglesia, pues ningún caballero andante fue jamás puesto ante la justicia –argüía- por más homicidios que hubiese cometido. Sancho confunde el término culto homicidio con omecillo, odio o rencor, confesando no haberlo sentido nunca en su vida, aunque sí sabía que la Santa Hermandad tenía que ver con los que peleaban en el campo.

Despeja don Quijote los temores de su escudero haciendo un encendido elogio de su propia condición y valor, lo que Sancho aprueba y admite a la vista de lo acaecido, aunque –por el contrario- no haya leído nunca ninguna historia semejante para compararla con la de su amo porque no sabe leer ni escribir. Se preocuparán a continuación de la herida en la oreja de don Quijote. Sancho le ofrece curarse con unas hilas limpias y el ungüento que llevaba. Aquí el ingenioso hidalgo saca a colación el famoso bálsamo de Fierabrás, capaz de curar las heridas de un caballero partido por la mitad con apenas unas gotas. Sancho se admira y piensa en fabricarlo y hacer negocio con él, renunciando así a la ínsula si el bálsamo es tal cual don Quijote dice ser.

Poco más adelante, cuando obligado por el dolor don Quijote accede a curar su maltrecha oreja, descubre el destrozo de la celada en el momento de quitársela y monta en cólera jurando tomarse venganza con el vizcaíno causante del desastre. Sancho le disuade haciéndole ver que si cumple lo prometido yendo a presentarse a Dulcinea, cumple también con su pena, y que la misma pena no puede ser castigada dos veces. Don Quijote, resignado, fía la suerte de su próxima celada a la primera aventura que tenga con el próximo caballero que se tope.

Sancho, siguiendo la conversación, asegura no ver la posibilidad de encontrarse caballeros o gente armada por aquellos caminos; don Quijote insiste en que sí y será ahora Sancho quien acceda a creerlo si con ello él encuentra la ocasión de ganar su ínsula y su amo la celada.

Vendrá a continuación una sabrosa conversación cobre los alimentos y las costumbres de los caballeros andantes, capaces de los mejores y más exquisitos manjares como de sostenerse en ayunas durante largas semanas o consumiendo solamente algunas hierbas bien conocidas por ellos y por don Quijote. Sancho le ofrece una cebolla, un poco de queso y unos cuantos mendrugos que llevaba en las alforjas, y sancando lo que dijo que traía, comieron en buena paz y compaña.

Al caer el día no encuentran poblado alguno en el que pasar la noche, sino unas chozas de unos cabreros, donde se quedarán a dormir y así dar por concluído este décimo capítulo.

Se observará que no aparecen por ninguna parte los yangüeses o arrieros ni aventura alguna relacionada con ellos y anunciada en el título del capítulo. Se trata de uno de los distintos errores o incoherencias aparecidas en el Quijote, tal vez debido a la hora de ordenar Cervantes los distintos capítulos. Lo cierto es que la ventura de los yangüeses existe, aunque aparecerá cinco capítulos más tarde, con lo que para celebrarla habrá solamente  que tener esa paciencia. Y llegará.

González Alonso

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