Liras sextinas de amor.- Miguel de Cervantes

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– Dulce esperanza mía,
que rompiendo imposibles y malezas
sigues firme la vía
que tú mesma te finges y aderezas:
no te desmaye el verte
a cada paso junto al de tu muerte.

No alcanzan perezosos
honrados triunfos ni victoria alguna,
ni pueden ser dichosos
los que, no contrastando su fortuna,
entregan desvalidos
al ocio blando todos sus sentidos.

Que amor sus glorias venda
caras, es gran razón y es trato justo,
pues no hay más rica prenda
que la que se quilata por su gusto;
y es cosa manifiesta
que no es de estima lo que poco cuesta.

Amorosas porfías
tal vez alcanzan imposibles cosas;
y, ansí, aunque con las mías
sigo de amor las más dificultosas,
no por eso recelo
de no alcanzar desde la tierra el cielo.

Miguel de Cervantes Saavedra.- Don Quijote de la Mancha (I, 43)

De don Quijote a Sancho en ovillejos

Sancho y don Quijote

¿Qué ha de haber en sociedad?
Libertad
¿La libertad qué propicia?
Justicia
¿Qué se alcanza en la docencia?
La ciencia

Entiende bien la advertencia
pues claramente aseguro
ser garantes del futuro
libertad, justicia y ciencia.

¿Qué aleja mí la hiel?
Ser fiel
¿Qué se da sin caridad?
La amistad
¿Qué pone a la amistad veto?
El respeto

Así, Sancho, aquí decreto
que tú bien me has enseñado
y con amor regalado
fiel amistad y respeto.

González Alonso

Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo septuagésimo cuarto

muerte de don Quijote2El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda  parte.- Capítulo septuagésimo cuarto

 De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte

Las primeras frases de este último capítulo evocan la costumbre de la época de dar comienzo a la redacción de los testamentos como se documenta con la cita a pie de página con el ejemplo del testamento de Garcilaso de la Vega: “Porque la muerte es natural a los hombres, y es cosa cierta, y la hora y el día ha de ser incierta, etc. (sic)” . En el caso de don Quijote, ya fuese –se dice- por causa de la melancolía de haber sido vencido o ya fuese porque el cielo así lo dispuso, le sobrevinieron unas calenturas que lo dejaron postrado en cama por espacio de seis días, durante los cuales recibió la visita regular de sus amigos el cura, el barbero y el bachiller, los cuales trataban de animarlo alimentando las fantasías pastoriles a las que se había entregado el caballero andante. Decidieron, al fin, hacer venir al médico. Cuando éste hizo sus averiguaciones, con toda franqueza manifestó que, por melancolía y por otras penas, su cuerpo se despedía de la vida y que no podían hacer otra cosa que ocuparse ya de su alma.

muerte de don Quijote4Don Quijote tomó la noticia con serenidad; no así la sobrina, el ama y los amigos de don Quijote allí reunidos. Pidió que lo dejasen a solas para descansar, y después de dormir seis horas de un tirón despertará para llamar y decir con voz grave y clara que, por la gracia divina, ya no era don Quijote ni estaba loco.

Todavía incrédulos de lo que oían, el bachiller Sansón Carrasco tomó la palabra para insistir en la fantasía de que era don Quijote y la decisión de que se dedicara  a la vida pastoril en el año obligado de retirada de su actividad como caballero andante. Pero la respuesta del enfermo fue tajante y, pidiendo que dejasen las burlas a un lado, les solicitará que llamaran a un confesor y un escribano. Sigue leyendo

La espada de don Quijote

.

Desde el acero noble de tu espada
quien fuiste antes Alonso que Quijote
con Rocinante al paso o bien al trote
persigues sueños de una edad dorada.

Si supiste poner nombre a tu amada
y darle con tu amor el alma en dote,
¿por qué olvidar poner del arma el mote
que dio a tu apodo fama consagrada?

Yo sé bien que Filona armó tu brazo
y tu valor; venciste al vizcaíno
con fortuna y la gloria fue tu abrazo.

Y aún Fielfilona fuiste cuando el vino
sangraste de aquel odre, gigantazo
encantado en la venta del camino.

González Alonso

Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo septuagésimo tercero

don Quijote la aldea1El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo septuagésimo tercero

 De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar en su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

Los malos augurios, agüeros o supersticiones, hacen acto de presencia y don Quijote parece inclinado a creer en ellos, mientras que Sancho les da la vuelta presentando ante su señor los hechos tomados por malas señales como buenas noticias. Ocurre con el comentario oído a un rapaz que discutía con otro y expresa en voz alta que  “no la has de ver en todos los días de tu vida”. Don Quijote interpreta ese “nunca más la volverás a ver” como la premonición de morir sin ver a Dulcinea. Sancho interviene preguntando al muchacho a qué se refería, y cuando le responde que a una caja de grillos que su compañero le reclamaba, Sancho se la compra y regala a su señor. También sucede que, perseguida y asustada por un grupo de cazadores y los galgos, una liebre viene a protegerse entre las patas del rucio de Sancho. En la época, el hallazgo inesperado de una liebre era considerado como una mala señal. Don Quijote creer ver en la liebre a Dulcinea y Sancho, interpretando el temor del caballero andante viendo a su señora perseguida por los encantadores que la transformaron en labradora, la coge y se la entrega como señal de que no hay ningún mal en ese suceso.

Resulta curioso cómo Sancho Panza se nos muestra más seguro y menos temeroso que don Quijote, cada vez más inseguro e indeciso. Sigue leyendo

Teresa Cascajo

Aldonza con la criba

Teresa Cascajo

Si  en la pila tu nombre fue Teresa
y apellidó tu padre por Cascajo,
es razón preguntar por qué carajo
del apellido Panza fuiste presa.

No eras amiga de mantel en mesa
y preferiste siempre, puesto el majo
con  manteca, laurel, pimiento y ajo,
la sopa cocinar, fuerte y espesa.

Tu nombre, tu apellido, tus iguales
y vivir en tu casa con holgura
sin envidias de nadie, que los males

sólo llegan a ser tantos y tales
si te ciega traidora la locura
de ambicionar ser más de lo que vales.

González Alonso

Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo septuagésimo segundo

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Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo septuagésimo segundo

 De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

Amo y escudero, a la vuelta a su aldea, coincidirán en un mesón con un tal don Álvaro Tarfe, persona principal que en la segunda parte del Quijote apócrifo de Avellaneda había entrado en tratos con aquel otro don Quijote. Nuestro don Quijote, espoleado por la curiosidad, entablará conversación con el mencionado don Álvaro con el propósito de aclarar que aquel don Quijote y aquel Sancho que conoció no eran los verdaderos, sino unas malas falsificaciones de los auténticos personajes de la primera parte del Quijote escrita por Miguel de Cervantes. Con esa misma intención tomará la palabra Sancho Panza y don Álvaro de Tarfe, apreciando enseguida la gracia del escudero y las diferencias que lo separaban del otro Sancho, aceptará sin reservas que aquel que él conoció debía de ser falso, puesto que ni era gracioso ni ocurrente, sino más bien tosco en las formas, torpe en el hablar y harto comilón.

2436048529_2f1155edf3_zAprovecha Cervantes este capítulo para tildar de novato y principiante al tal Alonso Fernández de Avellaneda, autor de la segunda parte apócrifa del Quijote, que lo deja internado en una casa de salud o manicomio de Toledo después de haberlo llevado a las justas celebradas en Zaragoza. Había manifestado Cervantes esta intención al final de la primera parte del Quijote, pero cambiará de idea tras conocer la publicación de Avellaneda y, para abundar en la falsedad de aquel don Quijote, hará pasar de largo al suyo y, dejando a un lado Zaragoza, lo conducirá directamente a Barcelona donde, pese a la amarga experiencia tras la derrota que le obligará a volver a su aldea y suspender la actividad caballeresca por un año, don Quijote manifiesta su admiración por la ciudad condal en los siguientes términos: Barcelona, archivo de cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, únicaSigue leyendo

Retrato

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Retrato

Éste que veis aquí, rostro aguileño,
de cabello castaño, frente lisa,
es más de letras y armas que de misa
y pone en escribir todo su empeño.

Alegres ojos dados al ensueño,
boca pequeña y dientes de tal guisa
que no pasan de seis; blanca camisa
que cubre el pecho noble de su dueño.

Fue herido en la batalla de Lepanto,
cautivo en Berbería por cinco años
y fue en la cárcel de Sevilla preso.

Mas de toda esa pena y tal espanto
dio al mundo a don Quijote y sin engaños
Dulcinea fue amor, fe y embeleso.

González Alonso

* A partir del prólogo de Miguel de Cervantes a Las novelas ejemplares

Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo septuagésimo primero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo septuagésimo primero

De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea

azotes de SanchoSe nos aparece un don Quijote menos convencido y más dudoso de lo ocurrido con la resurrección de Altisidora por la mediación virtuosa de Sancho Panza, y Sancho se queja de que su virtud de curar, desencantar y resucitar tenga que ser a costa de sufrir palos y mofas y, para mayor escarnio, resulte ser virtud tan mal pagada si se considera que hay médicos que cobran por recetar medicinas que hace el boticario y por certificar la muerte de sus pacientes.

De unas a otras llegarán en sus conversaciones a Dulcinea, su desencantamiento aún pendiente y los azotes que Sancho deberá darse para remediarlo. En  el enjundioso diálogo Sancho acuerda con don Quijote tasar el precio de cada azote y el importe total en una cuenta harto generosa en cuartos y reales. Don Quijote acepta cuanto Sancho establece e incluso eleva la suma si empieza ya a cumplir lo pactado. Sancho, más saco de avaricia que nunca, dice estar dispuesto al sacrificio –y a cobrarse la sustanciosa suma acordada- aquella misma noche.

Y llega la noche que a don Quijote le parecía que se hacía esperar más de loSancho se azota1t acostumbrado, según la impaciencia que le consumía por ver que Dulcinea quedara desencantada. Se apartaron a un lado del camino en medio de un bosquecillo de hayas. Dicho sea de paso, el hayedo más al sur de España y de Europa se encuentra en Guadalajara, bastante alejado de las rutas quijotescas con lo que nos tomaremos este dato como una licencia de Cervantes o, según quienes apuestan por una topografía leonesa del Quijote oculta en la manchega como alusión a su pasado judío (los judío eran los “manchados”), se podría decir que la escena estaría ubicada en tierras del Reino de León por Zamora o la provincia leonesa. Pero dejando a un lado estas conjeturas y disputas por apropiarse patria y territorio quijotescos y cervantinos, sepamos que en mitad del hayedo Sancho se apartará unos veinte pasos de su amo y desnudándose de cintura para arriba dará comienzo a la flagelación con un látigo hecho con las correas y cinchas del rucio. Apenas había descargado siete u ocho golpes sobre sus espaldas cuando sintió el rigor del castigo y, deteniéndose, cambia el precio de cada latigazo doblando su importe. Entiende don Quijote la dureza de la pena y siente que el desencantamiento de Dulcinea puede peligrar, así que aceptará el nuevo precio; sólo teme que a Sancho no le alcancen las fuerzas para cumplimentar los más de tres mil y trescientos golpes que le faltan y, preocupado, le aconseja que mida bien su resistencia para no llevar el castigo al extremo de no poder cumplirlo totalmente. Sigue leyendo

Ginés de Pasamonte

Ginés de Pasamonte

Tus figuras rodaron sin cabeza
y del retablo queda casi nada
destruido por el filo de la espada
de un don Quijote henchido de fiereza.

Mas, si sabes, Maese Pedro, reza
y  huye raudo al llegar la madrugada,
no sea que la cuenta no saldada
se te cobre allí mismo con largueza.

Pues que Ginés de Pasamonte fuiste
preso y por don Quijote liberado
pagándole a pedradas el servicio,

y de ladrón también presto al oficio
sobre su rucio al sueño abandonado
a Sancho de su rucio desvestiste.

González Alonso

*Ginés de Pasamonte fue uno de los galeotes liberado por don Quijote (I, 22), beneficio que después le fue mal agradecido y peor pagado (II, 27). También le robó el rucio a Sancho mientras dormía sobre él, como se explica en II, 27. En el segundo encuentro se hace llamar Maese Pedro; aunque él reconoce a don Quijote y Sancho, ellos no se dan cuenta de quién es él.