Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo undécimo

Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes

Primera parte, capítulo undécimo

De lo que sucedió a don Quijote con los cabreros

Este breve y ameno capítulo nos acoge al anochecer en la majada de unos cabreros que estaban cocinando una suculenta caldereta puesta al fuego y por la que Sancho pierde los sentidos sin olvidar la devoción debida al generoso vino.

Don Quijote, sentado sobre un dornajo vuelto del revés que le ofrecieron sus anfitriones y ante el rústico mantel tendido en el suelo formado por unas pieles de ovejas, invita a Sancho a sentarse a su lado de igual a igual, comiendo en su plato y bebiendo por donde él bebiere, de modo que pudiera apreciar el bien que en sí encierra la andante caballería y porque viera que era su oficio como el amor, de quien se dice que todo lo iguala. Sancho deniega la invitación confesando preferir hacerlo solo y sin someterse a ceremonias y remilgos que le impidan comer cuanto le plazca y beber otro tanto, además de no tener que sujetarse los eructos que él conoce por regüeldos. Pero don Quijote le hace sentar acusándole de descortés con razones que Sancho replica, aunque finalmente aceptando la última indicación de su amo.

Toda la conversación la siguen atónitos y divertidos los seis cabreros de la majada, sin entender cuanto de caballeros andantes y escuderos se trataba.

Cuando acabaron con la carne, pusieron sobre las pieles una buena cantidad de bellotas avellanadas y un trozo de queso duro, mientras el vino seguía corriendo alegre entre ellos, deteniéndose más a menudo y con mayor generosidad en las manos de Sancho, que de ellas pasaba sin tregua a su gaznate.

La edad dorada, de Lucas Cranach, el Viejo (1530)Entonces, tomando en su mano un buen número de bellotas, don Quijote empezó su famoso discurso de la edad dorada, de contenido utópico e idealista, suponiendo – al modo de la literatura latina – un mundo en el que las personas ignoraban las palabras tuyo y mío, el amor se expresaba libremente, cuanto era necesario para la subsistencia era tomado de la naturaleza directamente y sin violentarla, no era necesaria la justicia porque no había fraude, engaño ni maldad, reinaba la paz, la amistad y la concordia, y el lenguaje era bellamente sencillo, directo y claro, lejos de toda afectación y pomposidad.

Curiosamente, desde el principio don Quijote ve en los cabreros lo que son, aunque idealiza su modo de vida, abriéndose aquí un pequeño paréntesis en las aventuras del hidalgo y su escudero que llegará hasta el capítulo XV con la inclusión de la novela pastoril de Marcela y Grisóstomo.

Al poco, aparecerá otro joven pastor que, acompañado de su rabel, les cantará un emotivo romance amoroso del cual el joven será protagonista. Don Quijote le pide que cante alguna cosa más, pero Sancho tenía más ganas de dormir que de escuchar canciones y, con sorna y diplomacia, le hace notar a don Quijote que tal vez los cabreros estén cansados de su larga y dura jornada de trabajo como para obligarlos a alargar mucho más la velada. Don Quijote, que no se le escapan las intenciones del escudero y su causa, accede a ello, no sin antes pedirle que vuelva a curarle la herida de la maltrecha oreja. Cuando se disponía a ello, uno de los cabreros se ofreció a ponerle remedio; cogiendo unas hojas de romero que masticó y mezcló con un poco de sal, le aplicó el emplasto y se lo vendó adecuadamente asegurándole a don Quijote, como fue verdad, que no le haría falta ninguna otra medicina.

Así concluye el capítulo y queda en suspenso la historia por esta noche en la majada donde fueron tan bien acogidos por los cabreros.

González Alonso

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