Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo cuarto

Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
I parte, capítulo cuarto
De lo que sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta

La del alba sería, cuando don Quijote sale de la venta con el título de caballero que le dio el ventero. La expresión que da comienzo al capítulo es una de las más populares de la novela y sirve de enlace con el capítulo anterior al modo de Las mil y una noches. La estrategia consiste en terminar un capítulo sin dar fin a la historia que se cuenta, de modo que se acaba de contar en el siguiente y se comienza una nueva historia que, a su vez, se deja inconclusa y así sucesivamente.

El mal armado caballero deja que Rocinante elija el camino a seguir en busca de aventuras, como hacían los famosos caballeros andantes; y el caballo, llevado de su natural instinto, decide tomar el de casa, en el pueblo natal de don Quijote. No parece, pues, que anduviera muy lejos en esta su primera salida. Mientras tanto, don Quijote piensa en los consejos del ventero sobre la conveniencia de ir provisto de ropas, dinero y escudero, imaginando muy apropiado para este cargo a un campesino vecino suyo.

Sucederá, de este modo, la segunda aventura después de la de la venta y la primera que don Quijote tendrá que afrontar como ya de forma tan peregrina armado caballero, cuando se encuentra con un labrador que está azotando a un muchacho de unos quince años, criado suyo, mientras lo mantiene atado a una encina. Don Quijote, amenazándole con su lanza, obligará al labrador a desatar al muchacho y que se comprometa a pagarle el salario atrasado que le reclama. Andrés, que así se llamaba el mozo, advierte de quién es y cómo se las gasta su amo, que no es caballero andante tal y como suponía don Quijote, por lo que no cumplirá la palabra empeñada y temiendo lo peor cuando se queden a solas, como así ocurrirá, volviéndolo a atar a la encina y doblar y redoblar en golpes el castigo. Mientras tanto, don Quijote cabalga hacia su aldea, feliz y orgulloso de su primera acción caballeresca desfaciendo entuertos, en tanto que se deshacía en pensamientos sobre Dulcinea dándole razón del final venturoso de su aventura.

La tecera aventura es de encrucijada. Llegados a un cruce de caminos, volverá a ser Rocinante quien, siempre fiel a su tendencia de dirigirse a lo conocido, tome el camino de casa y, de allí a poco, se cruzarán con seis mercaderes toledanos de camino a Murcia.

Deseando ver en la ocasión la aventura, todo se acomoda en su imaginación para que así sea, convirtiendo la multicolor caravana de mercaderes en casi ejército de caballeros y, plantándose en mitad de camino, les corta el paso con la única pretensión de que reconozcan la inigualable belleza de Dulcinea del Toboso como condición para dejarles continuar su marcha.

Los mercaderes, apercibidos de la locura de don Quijote en su estrafalaria apariencia, modos y lenguaje, se guasean de de él y de Dulcinea, pidiéndole un retrato de la misma, que, aunque fuera del tamaño de un grano de trigo, le manara azufre por un ojo, del otro fuera tuerta y en su forma contrahecha, ellos estaban dispuestos a confesar su belleza. Don Quijote arde en cólera negando las imperfecciones que le atribuyen a Dulcinea, afirmando que de sus ojos no mana sino ámbar y algalia –sustancias aromáticas muy caras y preciadas- y que es más derecha que un uso de Guadarrama. Dicho lo cual arremete con gran enojo y la lanza baja contra ellos, pero Rocinante tropieza y cae y don Quijote con él, rodando gran trecho sobre el suelo donde quedará inmóvil, incapaz de levantarse debido al peso de la armadura. Viendo la ocasión servida, uno de los criados se entretiene de buena gana en romper, primero, la lanza y después los trozos de la misma hacerlos astillas en las mismas costillas del caballero, mientras éste no dejará de abrir la boca amenazando al cielo y la tierra, y a todos los malandrines, que tal le parecían. Una vez lo dejaron e intentó levantarse, lo pudo aún menos según estaba molido por los palos recibidos, pero no dejaba de sentirse dichoso porque aquello le parecía desgracia de caballeros andantes, debido a la falta de su caballo y no de su valor.

Y así nos deja, tendido en mitad del polvoriento camino, maltrecho y apaleado don Quijote, el final de este cuarto tranco o capítulo de esta primera parte, con las dos primeras aventuras vividas en solitario, sin escudero, como mal armado o nunca armado caballero, y de finales tan contrarios a las intenciones del hidalgo –aunque ya en su realidad caballeresca se vea, en todo, caballero-, lo que no será razón ni fuerza suficiente para frenar su ímpetu, sino, antes bien, para crecerse en la desgracia.

González Alonso

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