Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo quinto

Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes
Primera parte, capítulo quinto
Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero

Así se cuenta el final de la primera salida de don Quijote y las desventuras de los tres días con sus noches que duró ésta. Cervantes, mientras tanto, va poniendo nombre propio a los personajes: Pero Pérez, el cura; Pedro Alonso, el labrador; y el barbero, Nicolás.

No falta, sin nombrarla, Dulcinea del Toboso, que acude a la cita en los versos del romance que don Quijote, apaleado y maltrecho, recita tendido en el suelo de donde no puede moverse. Será el mencionado Pedro Alonso, labrador y vecino del lugar de don Quijote, quien lo encuentre y rescate, poniéndolo a lomos de su borrico y los restos de la lanza y las armas sobre Rocinante, para llevarlo de vuelta a casa. El labrador se dirige a don Quijote con el nombre de señor Quijana, ante la ambigüedad de Quesada o Quijada del primer capítulo; se percata de su locura y espera a que anochezca para adentrarse en el pueblo y evitar, así, que nadie lo viera en semejante estado.

En este capítulo y a lo largo de la obra emergerán alusiones y ejemplos de las culturas árabe y judía, con juicios sobre diferentes aspectos de ellas. Ambas culturas se reflejan sobre el fondo y en el marco de la cristiana, que tampoco escapará a la crítica. Aquí se aludirá a los falsos milagros de Mahoma y al moro cautivo Abindarráez, de la familia árabe Abencerraje, que fue muy importante e influyente en la Granada del siglo XV y que protagonizará la novela morisca La Diana, de Jorge de Montemayor.

De lo dicho, se desprende cómo Cervantes interpreta a través del personaje de don Quijote la vida como reflejo de la literatura en general, y no sólo de las obras de caballería a las que se atribuye la demencia del caballero. Por ello, en el momento en que el labrador Pedro Alonso hace aparición en la casa de don Quijote llevándolo maltrecho sobre su jumento, se anuncia la futura e inminente quema de libros que alcanzará no sólo a los de caballerías, sino a buena parte de otras obras como las de carácter pastoril.

Don Quijote, ya tendido en su cama, sólo pide que le den de comer y lo dejen dormir, en tanto que el cura –acabando de oír las sinrazones de don Quijote y su enfrentamiento con hasta diez jayanes o gigantes de donde resultó malherido después del desafortunado tropiezo de Rocinante- decide llamar al barbero maese Nicolás a fin de llevar a efecto la quema de los libros.

Quemar libros, perseguir la palabra escrita, amenazar el pensamiento, siempre se asocia con la Inquisición y las personalidades de carácter totalitario. También la utilización del libro, la palabra escrita, el pensamiento tramposo, se ponen en ocasiones al servicio y la causa de los totalitarismos. Cara y cruz de la misma moneda. Sin duda, la palabra es herramienta del pensamiento y éste de la acción; sea hablada, recitada, escrita, cantada o pensada, la palabra es el instrumento humano más poderoso de progreso, de control, de libertad y también de destrucción.

En el contexto de la sociedad del Quijote era recibida con cierta naturalidad y justificación la acción contra cuanto fuera considerado atentado o ataque a los valores cristianos. Cervantes es consciente de ello, pero también participa, debido a su formación renacentista, de otros valores más amplios y universales en los que las persecuciones y quemas de libros no tienen cabida.

Cervantes se mueve entre dos mundos en la profunda crisis que busca un andamiaje nuevo para el mundo, mientras las antiguas y caducas estructuras se tambalean, crujen y empiezan a desmoronarse. Así nos deja este episodio que se anuncia con el final de este capítulo quinto de esta primera parte de la historia verdadera del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Y sigue.

González Alonso

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