Don Quijote de la Mancha.- Segunda Parte, capítulo sexagésimo primero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo sexagésimo primero

De lo que sucedió a don Quijote a la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto

 Después de pasar don Quijote y Sancho tres días y tres noches en la compañía del bandolero Roque Guinart, y admirarse de su modo de vida e inquietudes, siempre al acecho, siempre alerta, siempre huyendo, siempre sospechando y temiendo ser apresado o ser traicionado por los suyos, partirán para Barcelona en compañía del mismo Roque y seis de sus fieles, llegando a sus playas en la noche de la víspera de San Juan.

A la mañana, que llegó pronto, puestos sobre sus monturas, admiraron la grandiosidad del mar que veían por vez primera y consideraron inmenso en comparación con las Lagunas de Ruidera. Tanto en la ciudad como en la playa y los bajeles anclados a su orilla, las gentes hacían ruido de instrumentos y disparos al aire de armas y cañones para celebrar la fiesta del San Juan. Al poco, un nutrido grupo de hombres a caballo se acercó a don Quijote y Sancho Panza, rodeándolos, y el que los mandaba a todos en nombre de Roque Guinart se dirigió a don Quijote para darle la bienvenida con palabras elogiosas de su fama y aventuras.

Aprovechará aquí Cervantes la ocasión para cargar las tintas contra la recién publicada segunda parte apócrifa del Quijote y su autor, Avellaneda, sin citarlo por su nombre. Para ello, en el discurso de salutación y bienvenida a Barcelona, el enviado de Roque Guinart reconocerá al que tiene delante como el único y auténtico caballero andante don Quijote de la Mancha, descalificando por falso el apócrifo que, según constaba, no había sido escrito por el verdadero autor de la historia, Cide Hamete Benengeli.

Luego, caballero y escudero, serán invitados a seguir a la comitiva organizada y entrar en la ciudad; a ellos se sumó en el recorrido una multitud de rapaces, algunos muy malintencionados, que hicieron caer a tierra a don Quijote y Sancho después alzarles el rabo a sus monturas y meterles por el culo unas matas muy espinosas llamadas aliagas.

Se levantarán del suelo como mejor puedan, corridos de vergüenza, y liberarán a las bestias del castigo de las aliagas, prosiguiendo la marcha en medio de la misma algarabía hasta la casa de quien los guiaba, de la cual se dice que “era rica y principal”.

González Alonso

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