Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo quincuagésimo noveno

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo quincuagésimo noveno

Donde se cuenta el extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote

Se anuncia un suceso que Cervantes acepta como aventura, aunque más que de don Quijote sería aventura personal, o disgusto personal, dándonos noticia de la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda, repartiendo a partes iguales su enfado con el personaje de la novela.

Vimos cómo acababan de ser, amo y mozo, vapuleados y pateados por una manada de toros. Retirados a la orilla de un arroyo donde se refrescan boca y cara, descansarán y Sancho, para reponer fuerzas, dispone las viandas que trae en su zurrón esperando –prudente- a que comenzara a comer su señor don Quijote. Pero el malparado caballero estaba más molido y avergonzado que hambriento, así que Sancho, sin más preámbulos, se entrega a matar el hambre, lo cual causará la intervención quejumbrosa y apesadumbrada de don Quijote, diciéndole: “Come, Sancho, come [  ], sustenta la vida que más que a mí te importa”, para seguir con una declaración conmovedora en la que manifiesta su deseo de morir y hacerlo dejando de comer, “muerte la más cruel de las muertes”. Confiesa que tras haberse sentido “respetado de príncipes, solicitado de doncellas, famoso en las armas y sus historias impresas y publicadas esperando el reconocimiento y las palmas por sus valerosos hechos” no podía sufrir el oprobio de haberse visto “pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces”. ¿Alusión al autor que se esconde tras el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda? Y, entre los candidatos, se cuentan: Lope de Vega, el clérigo Alonso Fernández Zapata o el que fuera correligionario de Cervantes, Jerónimo de Pasamonte, a quien ridiculizó en el personaje del pícaro Ginés de Pasamonte y a quien alude por su origen aragonés. Y es que, estando en tierras aragonesas, las bestias que cargaron contra don Quijote bien podían ser una metáfora del atropello sufrido con la publicación apócrifa de que se da noticia. De cualquier manera, lo que Cervantes confiesa es estar muy dolido. Por eso, a través de su personaje, confiesa entristecido utilizando un oxímoron sus convicciones: “Yo, Sancho, nací para vivir muriendo”, y sigue, trivializándolo, “y tú, para morir comiendo”.

La respuesta de Sancho no se hace esperar y, censurando la actitud de don Quijote, valora la vida por encima de todo, mostrando su voluntad de querer vivir y hacer lo posible por vivir, considerando una verdadera locura el desesperarse y terminar con un consejo a su señor sobre la conveniencia de comer algo y dormir un poco para sentirse en todo más aliviado. Y don Quijote así lo hace, pensando que “las razones de Sancho, más eran de filósofo que de mentecato”. Cuando don Quijote le pide que aproveche el tiempo que él duerme para darse hasta quinientos azotes a cuenta del desencantamiento de Dulcinea, Sancho le responderá que eso puede esperar a que esté más descansado y que para todo hay tiempo, ya que “hasta la muerte, todo es vida”.

Reanudan la marcha tras el sueño reparador vislumbrando una venta a poca distancia y, por primera vez, don Quijote ve en la venta lo que es y no la llama castillo, lo que sorprende y agrada a Sancho. Entran, toman un aposento y Sancho pide la cena que, después de la oferta del ventero, se reducirá a lo único que en la venta se cocinaba, un pobre cocido de garbanzos y uña de vaca.

Esperando a la cena, don Quijote oye al otro lado de la pared de su aposento cómo hablan de leer un capítulo del Quijote al que el autor presenta como desenamorado de Dulcinea del Toboso. Don Quijote no lo puede sufrir y a grandes voces negará que tal cosa sea posible. Responden preguntando desde el otro lado que quién lo afirma, y Sancho contestará que el mismo don Quijote. Al poco se abrirá la puerta de la estancia y harán acto de presencia dos caballeros, uno de ellos con el libro en la mano, que reconocerán de manera inmediata al caballero de la Mancha por su aspecto y catadura, dándole el libro que leen para que lo examine, lo toma don Quijote y, ojeándolo, niega que se trate de su real historia y persona con tres argumentos: Las palabras del prólogo, el lenguaje que parece aragonés y el nombre que se le da a la mujer de Sancho, escrito como Mari Gutiérrez cuando se trata de Teresa Panza.

Se interesa Sancho por si él también aparece en la historia y le dicen que así es, dándole noticia de que lo tratan de “comedor y simple y nonada gracioso”, lo que no quedará sin respuesta del escudero.

La incorporación a la novela de la obra apócrifa del Quijote le da a éste un aire de actualidad y realismo sorprendente. Cervantes maneja el sentido del tiempo con total libertad y soltura, incorporando la crítica literaria a la historia.

Los caballeros invitan a don Quijote a cenar con ellos de lo que consigo traen y que consideran más acorde con su calidad que lo que la venta ofrece. Sancho se quedará, mano a mano con el ventero, dando cuenta del cocido y trasegando vino hasta que el ventero cae rendido. Mientras tanto, los caballeros de la venta le darán cuenta de cómo el don Quijote de Avellaneda aparece en las justas de Zaragoza e inmediatamente don Quijote, por desmentir al autor del falso Quijote, decidirá que no acudirá a dichas justas y que se dirigirá, directamente, a las anunciadas en Barcelona.

Concluida la noche don Quijote se despide de los caballeros a través de la pared de la habitación, Sancho pagará al ventero aconsejándole que para el futuro tenga mejor servida la venta y, con todo, partirán de amanecida.

González Alonso

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