Sobre el Prólogo a la Primera Parte del Quijote

El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

I PARTE.- PRÓLOGO

En su inicio, Cervantes nos deja de forma sucinta algunas notas sobre su aspecto y temperamento. Será mucho más extenso en su prólogo a las Novelas Ejemplares, pero eso no le quita interés a cuanto nos apunta sobre cómo se ve a él mismo y de qué manera imagina que su personaje, don Quijote, heredaría gran parte de esos rasgos. Se autodefine como  “seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”.

Curiosamente nos topamos con la palabra “avellanado”, viejo o falto de lozanía, que tras el nombre de Alonso, que también será el del alter ego de don Quijote, aparecerá en el nombre del autor del Quijote apócrifo, la segunda parte firmada por un tal Alonso Fernández de Avellaneda. No me parece mera coincidencia.

En cuanto se refiere al lugar, la cárcel, donde se engendró su personaje y comenzó a tomar forma la novela, es fácil aceptar las quejas del autor o padre de la criatura, echando de menos otros ambientes más amables, apacibles, ricos y armoniosos en los que escribir. Pero también es fácil imaginar que de los segundos ambientes no habrían nacido personajes como los del Quijote y nos habríamos perdido una obra monumental.

Miguel de Cervantes sabe y declara que un verdadero padre disculpa la fealdad del hijo y sus faltas; pero él se confiesa padrastro y no padre, por lo que excusa al lector de pensar y decir lo que quiera de la criatura. En el tono humilde y modesto de la redacción del prólogo, admite que su personaje no resulte hermoso, perfecto ni acabado, lo que no deja de ser –por otro lado- una buena manera de curarse en salud ante la crítica. Se considera padrastro porque asegura que la historia ha sido contada por el moro Cide Hamete Benengeli en unos papeles que encontró casualmente en Toledo como aclarará más adelante, lo que le da pie a desentenderse del juicio que pueda merecer al lector mediante una apelación erasmista al derecho a pensar cada uno libremente y como quiera en su fuero interno, expresado mediante el refrán : “debajo de mi manto, al rey mato”.

Cervantes acomete su prólogo con una ambigüedad calculada que impregnará toda la obra. Siempre desde la modestia y la humildad, a través  de un autor interpuesto como Cide Hamete Benengeli y la locura como pretexto, irá desgranando con ironía y lucidez su pensamiento y dando forma a sus críticas.

Porque todo, detrás del bullicio gracioso en que se desenvolverá el Quijote, esconde un fondo demoledor. Empezando, por ejemplo y como ya queda señalado, al escoger por autor de la novela a un morisco tras el que esconde su verdadero nombre. Hamete es igual a Miguel y Benengeli quiere decir lugar de ciervos, es decir, Cervantes. Pero Miguel se conoce en lengua hebrea (Mikael) como la expresión de “Quién es cómo Dios” o “Alabado sea Dios”, nombre muy extendido –por cierto- entre los países europeos. Un cúmulo de coincidencias no casuales. Para mayor confusión, o claridad, Cervantes nos empuja a creer que el personaje era real mientras sostiene que la historia es una gran mentira contada por un morisco mentiroso, que es el juicio que tiene sobre los árabes y que expresará sin tapujos capítulos adelante. Tenemos, pues, un prólogo que forma parte de la obra, en el que se nos presenta como real y verdadera una historia escrita por un mentiroso, un segundo narrador, que resulta ser él mismo. Y no es lo único. Y lo genial de todo ello.

En su línea humilde admitiendo de antemano sus pocas capacidades consigue lo contrario de lo esperado, una revalorización de su Quijote al aceptar que éste nace de sus muchos años tal que “una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de erudición y doctrina”, amén de la ausencia de citas de grandes y autorizados autores. De este modo, no solamente critica la costumbre de presumir de haber escrito algo grandioso y a quienes recurren a reunir tantos avales para dar relumbre con pedantería a sus obras, sino que introduce una novedad en lo que ha de ser el nacimiento de la novela moderna.

Con todo, Cervantes se hace servir del consejo de un amigo en este prólogo dialogado; dicho amigo, que no es otro que él mismo, le invitará a que de su mano escriba sonetos, citas y los latines que hagan falta, en la seguridad de que todo será tenido por bueno aun sin leerlo, y sin temor de ser castigado a que le corten la mano por ello (en una alusión irónica a su manquedad de Lepanto y a la sentencia que le obligó a salir de España huyendo de la justicia tras haber herido gravemente a Antonio Sigura en un duelo). Considera, además, que  pasaría con facilidad por ilustre gramático.

En medio de tanto razonamiento declara parte de la intención y el tema de la obra: “todo él (el libro) es una invectiva contra los libros de caballerías”, pues “esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías”. Además de intentar, según su supuesto interlocutor, “derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que, si esto alcanzásedes, no habráides alcanzado poco”, el Quijote apunta a otras no menos interesantes intenciones, como que “el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”.

Aspirar, en suma, a gustar a todos los públicos y acabar con las novelas caballerescas. Una de cal y otra de arena. Porque cuando Miguel de Cervantes escribía el Quijote, el género de las novelas caballerescas ya estaba en desuso; un género que gozó, es cierto, de un gran éxito y al que fueron aficionadas gentes de todos los estamentos y de toda condición, como es conocido el caso de Santa Teresa de Jesús.

Escribir con tanto esfuerzo y empeño para conseguir o ayudar a conseguir lo que ya era un hecho, no tiene mucho sentido. Pienso que la utilización de este género ya en desuso le resultaba práctica a Cervantes para desenvolverse con soltura y apuntar a todos los demás y verdaderos fines de la obra. Criticar las novelas de caballerías era fácil, sobre todo desde el pensamiento erasmista del Renacimiento que Cervantes compartía. De tal modo, todas las objeciones puestas a dichos libros en el Quijote coincidirán, punto por punto, con las de los erasmistas: estar escritas por autores ociosos, están mal escritas, son un cúmulo de mentiras y manipulan la historia, incitan a la sensualidad, son lectura de personas ociosas y sin criterio y deberían ser prohibidos estos libros. Pero, lo paradójico es que al mismo tiempo descubrimos a un Cervantes que disfruta contándonos unas historias que había leído con deleite.

Es justo ahí, en el diálogo consigo mismo del prólogo, donde arranca el misterio, la magia, la riqueza inmensa del Quijote, caballero que –irónicamente- nos lo presenta como ya famoso y conocido en la Mancha, dándole viso de realidad al personaje y a la historia. Por ello no pide al lector reconocimiento o mérito, aunque sí solicitará agradecimiento por dar a conocer al famoso Sancho Panza, su escudero.

Si el autor viene a identificarse con su personaje, y así lo parece no sólo en el físico y edad, sino en su ascendencia judía y leonesa, disimulada una, confesada la otra, y se refleja en los pensamientos, discursos y parlamentos del caballero, viene a decirnos –de este modo y en un ejercicio de sostenida modestia- que no busca el reconocimiento personal, pues reconocer a don Quijote es reconocer a Cervantes, sino el de aquel personaje que lo acompañará, cristiano viejo, villano inculto; pero avispado, práctico, interesado y con ganas de medrar y aprender, cosas que hará al amparo de su señor y su idealismo desmesurado.

El final de la obra que abre este primer prólogo considerado ya como parte integral de la novela y no como cosa distinta, es ejemplar. Yo subrayaría cómo Cervantes hace llevar en dicho final a don Quijote a la eternidad de la literatura, haciéndolo pasar a la fantasía en la que vivirá siempre, porque en el último capítulo el que de verdad muere es Alonso Quijano, cuerdo y poseído de realidad. Por otro lado, me gustaría destacar de entre todas las posibles conclusiones, una: la educación es un instrumento de progreso y perfección humana que requiere generosidad, locura y altruismo –diría, incluso poesía- y cuyos frutos son los Sancho Panzas que gobiernan ínsulas, descubren las servidumbres del poder, el valor de la amistad, la solidaridad, los ideales, la empatía y la sensibilidad. La felicidad completa es imposible, pero la libertad alcanzada cuando una persona se hace dueña de su destino, nos acerca mucho a ella. Vale.

González Alonso

Libros:
1.- Para leer a Cervantes.- Martín de Riquer
2.-Javier Marías.- El Quijote de Wellesley
3.-Pedro Salinas.- Quijote y lecturas. Defensas y fragmentos
4.-Manuel Azaña.- Cervantes y la invención del Quijote

 

 

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