Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo decimotercero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda parte.- Capítulo decimotercero

Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos

Apartados en el bosque, los caballeros por un lado y los escuderos por otro, todos se lanzan a conversar de sus respectivos temas, caballerescos los unos, escuderiles los otros.

Los escuderiles corren por derroteros de quejas sobre su condición y las aspiraciones que les mueven junto con las promesas de alcanzar un tipo de vida mejor que, para el escudero del Caballero del Bosque, se cifraba en obtener algún cargo eclesiástico y para Sancho Panza en conseguir el gobierno de una ínsula.

El del Bosque conduce su conversación con la intención de convencer a Sancho de que sería mejor abandonar la vida escuderil y volver a su casa. Entre tanto, cada cual habla de su familia y al hacerlo Sancho de su hija Sanchica no ahorra elogios; la ve “grande como una lanza y tan fresca como una mañana de abril”, pero el tono poético del retrato se vuelve más áspero cuando agrega que “tiene más fuerza que un ganapán (mozo de cuerda)”. No duda de las cualidades de la moza de “15 años, dos arriba o abajo” para ser condesa y si fuera el caso “ninfa del verde bosque”.

El del Bosque, que conoce perfectamente a la familia del Sancho, se excede en el lenguaje al referirse a la moza. “¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe tener la bellaca!”, exclama, lo que desatará el enfado del padre, que no le parece apropiado para referirse a su hija y se lo hará saber de manera firme y convincente.

Sancho Panza se refiere a don Quijote, “este mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más de loco que de caballero”, diciendo lo que piensa sin pelos en la lengua; pero cuando el del Bosque intenta ahondar en los malos conceptos sobre el mismo siempre con ánimo de convencerlo de que lo abandone, Sancho afirmará con la misma rotundidez y convencimiento que su amo “no tiene nada de bellaco, antes tiene un alma con un cántaro, no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esa sencillez” –continúa- “le quiero como a las telas de mi corazón”.

La conversación larga y animada les seca la boca en demasía y el escudero del Caballero del Bosque acerca una gran bota de vino y una exquisita empanada de conejo que hace las delicias de ambos, pero más las de Sancho que se queja amargamente de las siempre escasas provisiones de sus alforjas. En medio del festín tiene lugar el gracioso episodio “del vino”, en el que ambos se confiesan y demuestran ser expertos. Así traen a colación el cuento de aquellos dos hombres que probando los dos el vino de la misma cuba, el uno aseguraba tener el vino sabor a hierro y el otro a cordobán. Pasado el tiempo y limpiando la cuba, encontraron dentro de ella -para admiración de todos-   una pequeña llave sujeta por una correa de cordobán (Ver artículo:El vino. Cuando el diso Baco pasea por la Mancha de la mano del Quijote)

Vuelve a insistir el del Bosque en su intento de convencer a Sancho de que es mejor volverse a cas. Sancho le responde que seguirá a su amo hasta Zaragoza y que luego se verá. Vuelven a beber y tanto beben y comen que el sueño, finalmente, se hace dueño de ellos y se quedarán plácidamente dormidos.

 González Alonso

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