Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo séptimo

Don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes

Primera parte, capítulo séptimo

De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha

Cuando se despierta don Quijote empieza a dar voces creyendo ser, en su delirio, Reinaldos de Montalbán, rival de Roldán por los amores de Angélica, y pide que le den de comer para reponerse de la moledura a palos sufrida en su primera salida. Así que el cura y el barbero deciden, tras las prisas de ama y sobrina y sin más escrutinio, dar al fuego al resto de los reos, entre los cuales se cree que hubo libros tan magníficos como La Carolea, Los Hechos del Emperador y el León de España, libro que trata sobre la historia del Reino de León en una serie de cantos épicos. Cervantes se lamenta de estas pérdidas y –siempre teniendo en cuenta la alusión a la quema de judíos de la que es metáfora este pasaje- trae a colación el dicho de que, finalmente, siempre acaban pagando justos por pecadores, en referencia a la falta de rigor y justicia de la Inquisición en sus actuaciones, que prefería castigar sin pruebas antes de arriesgarse a dejar libre a algún presunto hereje.

El cura y el barbero deciden tapiar la estancia de la librería de don Quijote. Cuando éste empieza a buscarla dando vueltas y palpando las paredes, la sobrina –bien instruida en lo que debía decir- atribuye su desaparición a la acción de un mago enemigo de don Quijote. Curiosamente, don Quijote hace suya la historia y será él mismo quien dé razón de lo acaecido con pelos y señales atribuyendo lo sucedido al mago Frestón.

Transcurridos quince días, don Quijote se pondrá en contacto con un labrador vecino suyo, hombre de bien –si es que este título se puede dar al que es pobre– pero de muy poca sal en la mollera, al que prometerá buenas ganancias y el gobierno de una ínsula. Don Quijote utilizará un estilo anacrónico y un lenguaje lleno de cultismos y arcaísmos, ya en desuso, como ferida o ínsula, que Sancho no entendía.

Sancho Panza decide aceptar la oferta de don Quijote, pero pareciéndole cansado seguir al caballero andante a pie, decide ir en burro. Don Quijote piensa, contrariado, que no hubo escudero alguno que fuera en burro, pero acepta que sea así con la decisión de cambiarle la montura en cuanto ganara un caballo al primer caballero que derrotara.

Salen bien de noche y sin despedirse, ni don Quijote de su sobrina y el ama, ni Sancho Panza de su mujer e hijos. Resulta curioso que en el mismo párrafo Sancho se refiera a su mujer con hasta cinco nombres diferentes: Juana Gutiérrez, Mari Gutiérrez, Juana Panza, Teresa Cascajo y Teresa Panza.

Mientras se echan al campo por tierras de Montiel, va Sancho Panza pensando en lo de ser rey o gobernador de alguna ínsula o reino. No duda de sus capacidades, aunque no confía en las de su mujer para ser reina o gobernadora. Con los jugosos comentarios cruzados entre caballero y escudero, llenos de enjundia e ingenio, se van alejando del lugar y dando final a este séptimo capítulo de esta primera parte de la novela.

González Alonso

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