Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo sexagésimo tercero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo sexagésimo tercero

De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

Nos sorprende Cervantes. Este capítulo parece más un desahogo natural que la voluntad de darle continuación a la novela, pues en este paréntesis los protagonistas, tras el recibimiento en su visita a las galeras y las bromas gastadas a Sancho Panza cuando los remeros fueron volteándolo de brazo en brazo y de proa a popa, desaparecerán, amo y escudero, confundidos con la chusma y los avatares del apresamiento de un bergantín moro por parte de las galeras cristianas.

Reaparece de manera inopinada Ricote, el morisco natural del pueblo o lugar de Sancho y don Quijote, con el que se había cruzado en tierras aragonesas de Zaragoza al abandonar precipitadamente el gobierno de Barataria, y lo hace de manera poco creíble; igual que resulta también forzada y poco verosímil  la historia morisca de la hija del propio Ricote, disfrazada de hombre, llegada al mando del bergantín apresado por las galeras tras haber dado muerte a dos soldados cristianos por los disparos de otros dos soldados turcos.

Ana Félix, que así se llamaba la hija de Ricote, cuenta su historia de destierro y su último destino en Berbería al separarse de su familia. Se enamora de un joven cristiano también apresado y esclavo; vuelve en busca del tesoro enterrado en España para conseguir su propio rescate y el de su enamorado que había quedado en su prisión y en vestido de mujer para evitar ser entregado en sodomía a los moros.

La historia, hay que decir, resulta forzada e insólita, pero sirve para retratar la situación penosa por la que atravesaban los moriscos expulsados y reconocer en ella la de los judíos que habían tenido que abandonar antes que ellos España. Se suceden las apelaciones de la morisca a su verdadera fe cristiana y católica admitiéndose también la culpa de gran parte de los suyos que justificó la expulsión. Se supone que estas declaraciones servirían y serían de agrado a los inquisidores. Pero lo que destaca es, sobre todo, el sentimiento y las razones de los judíos de volver a España, la añorada Sefarad, no siendo razón despreciable la de recuperar sus posesiones y las riquezas escondidas que no habían podido sacar de España debido a la prohibición. Y es de notar cómo se conservan todavía historias y leyendas de moros y judíos alrededor de numerosas cuevas en las que supuestamente podrían estar escondidos ricos tesoros. Pero lo que resulta del todo increíble es que las autoridades del reino, por mucha que fuera la belleza de la joven ni muchas las razones amorosas y las no menos razones cristianas esgrimidas, consiguiesen aplacar el rigor de las leyes de expulsión y perdonasen a Ricote y su hija.

El final feliz de esta aventura, que se seguirá incluso con el perdón de la pena de muerte para los dos turcos que habían disparado y dado muerte a los soldados españoles tiene –en el fondo- un regusto amargo, como si todo ello fuese para Cervantes más la expresión de un deseo de comprensión y generoso perdón, que de la más que posible realidad de un final violento. Pero dejémoslo así con la vuelta a Berbería de un cristiano renegado a bordo de una pequeña embarcación con el objetivo de traer de vuelta al joven enamorado de Ana Félix, la bella hija del morisco Ricote.

González Alonso

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