Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo trigésimo octavo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo trigésimo octavo

Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras

Da comienzo el capítulo con la continuación del discurso que sobre las armas y las letras se anuncia, aunque ya iniciado al final del anterior, y lo hace con una dura denuncia del mal pago a los soldados y su situación de pobreza y escasos medios. Experimentado en sus propias carnes, como soldado que fue, Miguel de Cervantes no deja escapar la ocasión de expresar su protesta de forma elocuente, describiendo las penosas condiciones de vida de la tropa y su precario mantenimiento. La catastrófica situación económica de España en el siglo XVII y la ineficaz y desastrosa administración militar provocaban a menudo levantamientos del ejército para exigir su paga, o las negativas de los soldados a entrar en batalla (1).

Comparando la suerte del soldado con la del hombre de letras y su desigual fortuna, aprovecha Cervantes el discurso para arremeter y cargar las tintas contra las universidades y sus doctos e ilustres hombres por las prebendas que éstas otorgaban o la corrupción y sobornos a que los letrados se prestaban más a menudo de lo que se podía esperar.

Tras hacer una vívida descripción de los riesgos y la forma de morir de los soldados en las distintas clases de batallas y manejo de las armas, Cervantes –por boca de don Quijote- condenará el uso de las armas de fuego para hacer una exaltación de la lucha cuerpo a cuerpo al estilo caballeresco.

Mientras don Quijote estaba enfrascado en su discurso, los demás –cura, barbero, Dorotea, don Fernando, Luscinda, Cardenio, los recién llegados y, por supuesto, Sancho Panza- cenaban muy gratamente lo que el ventero les había servido a la mesa; solamente don Quijote pasó sin probar bocado, entregado sin desmayo y gran pasión a su famoso discurso.

Acabada la cena, en tanto la ventera y Maritornes levantaban los manteles, todos los reunidos se admiraban de ver cómo un hombre tan juicioso y bien dotado para la argumentación y la oratoria pareciera tan sin juicio en cuanto se tocaba el tema de la caballería andante. A la vez que Maritornes se retira a preparar los aposentos de los huéspedes para pasar la noche, don Fernando le ruega al recién llegado que contara su historia y la de la bella Zoraida. Accede a ello el cautivo, que todavía no había desvelado su nombre, con el gusto del cura y todos los demás presentes en la venta, prometiendo a la concurrencia un relato fiel y verdadero, en nada fantasioso ni lleno de falsos artificios, con lo que todos se fueron acomodando y guardando silencio a la espera de lo que tuviere que contar, que fue lo que a continuación se dirá en el que será capítulo XXXVIII de esta historia.

González Alonso

(1) Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.- Edición de Francisco Rico – Editorial Crítica, 2001

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