De Almagro a las Lagunas de Ruidera y la Cueva de Montesinos

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Las lagunas de Ruidera y la cueva de Montesinos, desde Almagro

18, 19 y 20 de julio de 2014

Almagro, en el mes de julio, reúne todo lo imprescindible para atraer la visita de la ciudad: un festival internacional de teatro clásico de indudable importancia y calidad; un patrimonio cultural, artístico, histórico y arquitectónico, de primera magnitud; la animación y presencia de personalidades de la cultura, actores y actrices como –entre otros- con los que tuvimos ocasión de cruzarnos, María Adánez, de las series televisivas Aquí no hay quien viva o La que se avecina y protagonista de piezas de teatro como La Escuela de la Desobediencia en la que su valía como actriz resulta indiscutible; la famosa Rosa María Sardá que, ya entrada en años, se pasea de blanco impoluto por Almagro y nos regala actuaciones personalísimas como la de Flavia en El caballero de Olmedo, o la joven y atractiva actriz Cristina Castaño, conocida en la televisión a través de las series citadas, acompañada de otros actores y actrices participantes en las representaciones del festival.

Lo reseñado en el párrafo precedente es anecdótico, ejemplo del interés que despierta esta convocatoria a la que, según he oído comentar en la radio, asistieron más de 45.000 personas este año.

Pero de este Almagro merecedor de una visita sosegada y detenida, hay que destacar su Corral de Comedias. A la llegada de los Borbones es cerrado y convertido en casa de vecinos. Los gustos refinados de la nueva Corte no toleraban el ambiente de los corrales y se clausuran o son reconvertidos en teatros a la francesa o, como el de Almagro, transformados en viviendas. La fortuna quiso que en las obras de habilitación de las viviendas no se echara abajo su estructura; aprovechando sus paramentos y balconadas, se limitaron a tapiar y parcelar el espacio, por lo que en 1950 uno de los propietarios encuentra en su casa una baraja que identifica al Mesón del Toro en el que se había abierto el corral de comedias con el acuerdo y autorización municipal. Empezaron a tirar tabiques y fue apareciendo, como resurgido por arte de magia, intacto, el famoso corral. Siguieron compras y expropiaciones y en 1955 ya estaba totalmente recuperado y puesto en funcionamiento. Esta recuperación significó el resurgir del teatro en Almagro con la celebración de sus festivales internacionales de teatro clásico, así como el desarrollo económico de la ciudad contando con su atractivo turístico y cultural.

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Además del bello y singular Corral de Comedias, la visita a Almagro o de color rojo tierra que es lo que significa la palabra de origen árable almagre, debido a la abundancia de óxido de hierro en los terrenos circundantes, podemos destacar la iglesia desacralizada de San Juan, con frescos impresionantes muy bien restaurados de los agustinos; la misma Plaza Mayor con su historia y disposición de las casas corridas y aportaladas, y el palacio de los Fúcares, así llamados los miembros de la familia de banqueros alemanes, los Fugger, que a cambio de un sustancioso interés del 16%, la licencia exclusiva de la explotación de las minas de mercurio de Almadén y el trato preferente con el comercio español de las Américas, le prestaron a Carlos I de España y V de Alemania los dineros para su coronación, sus guerras y la administración del Imperio, lo que no evitó –finalmente- la bancarrota del Estado y la ruina de los banqueros arrastrados por dicha bancarrota.

Otros atractivos artísticos y culturales, como la visita al imponente edificio que acoge el Museo Nacional de Teatro, o el paseo y el disfrute de la oferta gastronómica manchega, hacen mucho más que grata la estancia en Almagro.

Pero hay más en esta ocasional visita, como es el poder recorrer y congratularse con el entorno próximo descubriendo las bellezas naturales que encierra.

El año pasado, como puede verse en La Mancha por Almagro, Daimiel y el Campo de Calatrava, fueron los citados lugares los que ocuparon nuestra atención y nos descubrieron sus sorpresas. Este año, sin embargo, nos dirigimos al entorno de las Lagunas de Ruidera y la visita a la famosa cueva de Montesinos, ambos lugares mencionados y protagonistas de las aventuras de don Quijote (II, capítulos 22 y 23: cueva de Montesinos y leyenda del origen de las lagunas) para retornar rindiendo visita a otro de los pueblos que se disputan el lugar de la Mancha donde Cervantes imaginó situar la casa y hacienda de don Quijote, Villanueva de los Infantes.

Tomando desde Almagro la dirección a Manzanares, nos dirigimos al embalse de Peñarroya. Será en este lugar, próximo a Argamasilla de Alba, dominado por un castillo medieval con fábrica de mampostería y sillería que se alza sobre la roca de un acantilado del que toma nombre, Peñarroya (peña roja o peña rubia), donde comience la aventura.

Para empezar, hay que subrayar el hecho de la abundancia de bosques de encinas y otras especies como las sabinas, cipreses y cedros, que dominan un paisaje que se va encrestando con elevaciones y montes abiertos a valles en los que el agua se convierte en milagro al llegar a las lagunas de Ruidera y dar lugar a la vegetación palustre y bosques de galería con árboles de hoja caduca, álamos, sauces, fresnos e higueras.

No obedece al tópico de aridez y sequedad la realidad de estos parajes manchegos donde el calor obligado del verano se hace soportable a la grata sombra de su arbolado y la orilla de sus aguas.

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La singular formación de las lagunas, que se van creando a partir de la fosilización vegetal y la acumulación del carbonato cálcico que conforma sus diques naturales de calizas tobáceas, es un espectáculo de belleza único. Desde Peñarroya para arriba, donde se forma el gigantesco lago artificial del embalse, la sucesión de lagunas cayendo unas sobre otras en cascadas y así, enlazadas y formando como una escalera, llegar a las más elevadas, es una de las visiones naturales imprescindibles. Resulta admirable contemplar una tras otra la Cenagosa, Coladilla, Rey, Colgada, Batana, Salvadora y todas las demás del total de 15 en más de 35 kilómetros hasta llegar a la Blanca, por la izquierda, y la de San Pedro, por la derecha, en el punto en el cual el cauce se bifurca. En Europa este paisaje sólo es comparable con los lagos escalonados de Plitvice en Croacia.

Será en este entorno donde Cervantes podría haber situado perfectamente la famosa aventura de los batanes (I, cap.21), pero  realmente ocurrió en el Valle de Alcudia, en el llamado Arroyo de los Batanes próximo a Fuencaliente, como se cita en el capítulo 21 de la Primera parte.

Cuando llegada la noche, que pasarán en medio de la obscuridad, don Quijote sobre Rocinante y Sancho abrazado al pescuezo del rocín,  oyen el retumbar de lo que resultarían ser batanes y que a Sancho le parecieron en tal medida ruido infernal que no pudo evitar cagarse en los calzones, lo que don Quijote advirtió e irónicamente le apercibió con el siguiente comentario:

– Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
– Sí tengo –respondió Sancho-, mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
– En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar –respondió don Quijote. – Bien podrá ser –dijo Sancho-, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
– Retírate tres o cuatro allá, amigo –dijo don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos de las narices), y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía; que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio.
– Apostaré –replicó Sancho- que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba.
– Peor es meneallo, amigo Sancho –respondió don Quijote.
 
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Más arriba, cerca del castillo de Rochafrida, podemos visitar otro lugar emblemático reseñado por Cervantes en el Quijote. Se trata de la famosa cueva de Montesinos, a la que que el caballero andante descendió y, entre otras visiones, se le apareció la imagen de la misma Dulcinea del Toboso, encantada (II, cap. 22 y 23).   La cueva puede visitarse fácilmente. Provistos de un casco y linternas nos internamos en la sima abierta en medio del tupido bosque de encinas y, con la imaginación necesaria, pudimos ver in situ lo que pudo ver don Quijote en la inconsciencia de los sueños tras su caída y pérdida del conocimiento. Allí fluye, purísima, el agua que explica y da vida a la leyenda del origen de las lagunas de Ruidera, el sabio Merlín nos deja ver las largas barbas blancas de su rostro y casi podemos oír retumbar su voz en la caverna junto a la dulcísima voz de la dama de los sueños del caballero andante, recostada en las sombras. Todo un conjunto de emociones que vale la pena experimentar.

Como es de ver, Almagro y las tierras manchegas ofrecen mucho más de lo que es posible encontrar en otros destinos turísticos de mayor renombre. Por eso, no renunciaremos nunca a volver.

González Alonso

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