Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo septuagésimo primero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo septuagésimo primero

De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea

azotes de SanchoSe nos aparece un don Quijote menos convencido y más dudoso de lo ocurrido con la resurrección de Altisidora por la mediación virtuosa de Sancho Panza, y Sancho se queja de que su virtud de curar, desencantar y resucitar tenga que ser a costa de sufrir palos y mofas y, para mayor escarnio, resulte ser virtud tan mal pagada si se considera que hay médicos que cobran por recetar medicinas que hace el boticario y por certificar la muerte de sus pacientes.

De unas a otras llegarán en sus conversaciones a Dulcinea, su desencantamiento aún pendiente y los azotes que Sancho deberá darse para remediarlo. En  el enjundioso diálogo Sancho acuerda con don Quijote tasar el precio de cada azote y el importe total en una cuenta harto generosa en cuartos y reales. Don Quijote acepta cuanto Sancho establece e incluso eleva la suma si empieza ya a cumplir lo pactado. Sancho, más saco de avaricia que nunca, dice estar dispuesto al sacrificio –y a cobrarse la sustanciosa suma acordada- aquella misma noche.

Y llega la noche que a don Quijote le parecía que se hacía esperar más de loSancho se azota1t acostumbrado, según la impaciencia que le consumía por ver que Dulcinea quedara desencantada. Se apartaron a un lado del camino en medio de un bosquecillo de hayas. Dicho sea de paso, el hayedo más al sur de España y de Europa se encuentra en Guadalajara, bastante alejado de las rutas quijotescas con lo que nos tomaremos este dato como una licencia de Cervantes o, según quienes apuestan por una topografía leonesa del Quijote oculta en la manchega como alusión a su pasado judío (los judío eran los “manchados”), se podría decir que la escena estaría ubicada en tierras del Reino de León por Zamora o la provincia leonesa. Pero dejando a un lado estas conjeturas y disputas por apropiarse patria y territorio quijotescos y cervantinos, sepamos que en mitad del hayedo Sancho se apartará unos veinte pasos de su amo y desnudándose de cintura para arriba dará comienzo a la flagelación con un látigo hecho con las correas y cinchas del rucio. Apenas había descargado siete u ocho golpes sobre sus espaldas cuando sintió el rigor del castigo y, deteniéndose, cambia el precio de cada latigazo doblando su importe. Entiende don Quijote la dureza de la pena y siente que el desencantamiento de Dulcinea puede peligrar, así que aceptará el nuevo precio; sólo teme que a Sancho no le alcancen las fuerzas para cumplimentar los más de tres mil y trescientos golpes que le faltan y, preocupado, le aconseja que mida bien su resistencia para no llevar el castigo al extremo de no poder cumplirlo totalmente.

Sancho, avisado del recio sufrimiento de los primeros golpes, deja de golpear sus propias carnes para pasar a ensañarse con los troncos de los árboles hasta desollarlos entre lamentos, ayes y quejidos quejumbrosos y desgarrados.

Don Quijote decide suspender el tormento por aquella noche y Sancho consiente en ello, pidiéndole una camisa para cubrirse y quedando don Quijote a la intemperie. Dormirán hasta la salida del sol para ponerse en marcha de nuevo hacia su aldea, que no estaba a más de tres días de camino.

coleccion-de-tapices-de-ibercaja-expuestos-en-el-patio-de-la-infantaA un par de leguas encontrarán un mesón que, contra todo pronóstico, será tomado por tal por don Quijote y no por castillo. Y es que desde su derrota en Barcelona por el de La Blanca Luna parecía que razonaba mejor y veía las cosas más en su ser y no a la luz de la imaginación de las novelas de caballerías.

Y a continuación se produce un hecho singular. Ante la contemplación de unas telas colgadas a modo de tapices sobre las paredes del mesón en las que se representaban las historias del final de Troya y Cartago, aprecia don Quijote la falta de pericia del pintor y asegura que aquellos hechos hubieran sido bien distintos y no hubieran acabado como acabaron si él hubiera vivido en aquella época. Sancho, entonces, adelanta una profecía al vaticinar: “Yo apostaré que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón o tienda de barbero donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas”. Desea, eso sí, que sean otras manos mejor preparadas las que hagan los dibujos.

Además de la profecía de Sancho, que se puede decir que ha venido a cumplirse en la abundante iconografía del Quijote reproducida en todo el mundo y todos los lugares, llama la atención el discurso en primera persona del plural para hacerse plenamente partícipe del protagonismo de las aventuras.

Admite don Quijote el poco arte de los lienzos y aprovecha para comparar a los malos pintores que tienen que poner en el título del cuadro para saber lo que se representa con los malos escritores, tirando de paso una puya al autor de la segunda parte apócrifa del Quijote.

Seguirán con la cuenta de los azotes que restan del trato y la preferencia de Sancho de que se cumpla entre árboles, que tan buen servicio le prestan a sus intenciones. Y entre otros dimes y diretes concluirá el capítulo.

González Alonso

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