El licenciado Vidriera

El licenciado Vidriera.- Novelas ejemplares
Miguel de Cervantes Saavedra

Biblioteca Básica Salvat, 1986

Esta curiosa novela ejemplar presenta, de entrada, algunas coincidencias con el Quijote que nos llaman la atención. En primer lugar, esa indeterminación del lugar de nacimiento del protagonista cuando responde que el nombre de su tierra se le había olvidado (sic), aunque la escena se sitúa en las riberas del Tormes de las tierras leonesas de Salamanca. La segunda coincidencia reside en la singularidad del personaje, loco como don Quijote, pero de locura diferente al sentirse y creerse todo él hecho de frágil vidrio, y un origen de la enfermedad atribuido a la ingesta de un alimento envenenado por una mujer despechada  que pretendía rendir su voluntad y conquistar su amor a base de brebajes amorosos. El hidalgo Alonso Quijano contraerá su locura en la lectura intensa de las novelas de caballerías, el veneno que trastornó su entendimiento, como es bien conocido por todos. Dos etiologías diferentes de la locura.

El encuentro del joven Tomás Rodajos, hijo de labrador pobre, con dos estudiantes andaluces ricos que se dirigían a Salamanca, la ciudad que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivir han gustado (sic), se convierte en oportunidad de prosperar para el humilde hijo de labriego que es Tomás, poniéndose al servicio de los estudiantes andaluces.

La inteligencia y el ingenio del joven Rodajos hacen que sus amos se conviertan enseguida en sus amigos y camaradas, gane fama y adquiera prestigio en la Universidad y que, pasados tres años y acabados sus estudios los andaluces, éstos vuelvan a su tierra no sin antes dotar al amigo y compañero Tomás del dinero suficiente para sustentarse otros tres años y poder concluir sus estudios.

Tomás, no obstante, cambiará su destino uniéndolo al de un capitán que volvía de Málaga y se dirigía a Italia, convenciéndolo para que hicieran juntos el viaje, aunque no tomara el oficio de las armas.

El viaje será una rica experiencia para el joven, y Cervantes –aprovechando su conocimiento de Italia y sus extraordinarias dotes de observación- nos hará unas acertadas descripciones de las ciudades recorridas. De Roma destacará los restos monumentales y su espacio físico enmarcado en las siete colinas que la rodean; de Nápoles afirma que es la mejor ciudad de Europa y aun del mundo (sic). Cuando entra en Sicilia destaca la belleza de Palermo, la importancia de Mesina como granero de Italia o la ascendencia religiosa de Nuestra Señora de Loreto. Seguirá por Ancona, Venecia, en la que se detendrá todo un mes sin dejar de admirar la belleza de la ciudad de los canales, Ferrara, Parma, Plasencia, Asté, para dirigirse luego a Flandes y recorrer Amberes, Gante y Bruselas dejando cuenta de lo más relevante de cada lugar. Al fin, volverá a España y a Salamanca para dar fin a sus estudios.

Será en esta vuelta en la que por un despecho amoroso tomará aquel membrillo envenenado, reagalo de la mujer despechada, que le hará enloquecer de tal modo que se creía todo él hecho de vidrio.

Cervantes, con un personaje loco que pueda decir sin culpa la verdad de cuanto ve, hará que el ahora licenciado Vidriera exponga en las respuestas que da a cuantos le preguntan las críticas más desenvueltas dejando todo oficio, estamento o condición, como títeres sin cabeza. La denuncia del intento de ocultar la ascendencia judía de gran parte de la población judeo conversa aparece en la irónica frase dirigida por el loco a aquel labriego rico que se dirigía a la iglesia detrás de otro hombre: ¡Esperad, Domingo, a que pase el Sábado! (Alusión a la celebración judía del Sabat o sábado). Luego seguirá haciendo comentarios mordaces sobre prostitutas, maridos y mujeres, maestros, alcahuetas, pintores, libreros, mozos de mulas, marineros, arrieros, boticarios, pasteleros, médicos, jueces, letrados, mercaderes, sastres, zapateros, banqueros, titiriteros, escribanos, alguaciles, etc. etc.

En la corte de Valladolid cobra gran fama y vive rodeado siempre de numerosas personas que le preguntan sin cesar, sin que deje nunca a nadie sin respuesta. Dormirá al aire libre en las noches de verano y en las de invierno lo hará entre la hierba de los pajares.

Preguntado en cierta ocasión que si era poeta, responde que hasta ahora no he sido tan necio ni tan venturoso(sic); e interrogado por el sentido de su respuesta, añadirá: ni tan necio que diese en poeta malo, ni tan venturoso que haya merecido serlo bueno (sic).

Expresa Miguel de Cervantes en este pasaje, como lo hará en otros del Quijote, su opinión sobre la poesía y los poetas. Admira la poesía, pero no a los poetas, porque del infinito número de poetas que había, eran tan pocos los buenos que casi no hacían número (sic). Reconoce que la ciencia de la poesía encierra en sí todas las demás ciencias porque de todas se sirve, de todas se adorna y pule y saca a luz sus maravillosas obras, con que llena el mundo de provecho, de deleite y de maravilla (sic). Pero es peor el juicio que le merecen los poetas y afirma: De los malos poetas, de los churralleros, ¿qué se ha de decir sino que son la idiotez y la ignorancia del mundo? (sic). Sigue después parodiando los versos y las acciones de los poetas recitando sus versos o leyendo sus poemas a todo el mundo, empeñados en ser escuchados y, aún peor, entendidos en todo aquello que no tiene entendimiento.

La cuestión que sobre los poetas pone en tela de juicio Cervantes ha cambiado poco, a mi parecer, tras cuatrocientos años de poesía; sobre todo en las opiniones que unos tienen de los otros, la búsqueda del halago, la vanidad y la miopía que no les deja ver la vacuidad de sus pretendidas obras.

Curado, en fin y al fin, de su mal por un fraile de San Jerónimo –como se curó don Quijote al final de sus días-, y bien vestido como letrado, volvió a la Corte con la loable intención de ganarse la vida honrada y holgadamente. La gente, que lo reconoció y sabía de su locura, viéndolo ahora en otro traje y apariencia, se le acercaba con dudas y no dejaban de preguntarle para comprobar si seguía estando loco o ya era cuerdo. Tomás, que había tomado ahora el nombre de licenciado Rueda, por más que se explicaba, razonaba y daba muestras de su buen juicio, no conseguía que lo dejasen en paz y le preguntasen en la calle lo que él se ofrecía a responder en casa y cobrando, así que le resultó imposible ganarse como cuerdo lo que había ganado como loco.

Desesperado por la situación, decidió volver a Flandes, se hizo soldado y compartió su suerte y fortuna con su buen amigo el capitán Valdivia, dejando en su despedida una agria crítica de la vida cortesana: ¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes, y acortas las de los virtuosos escogidos; sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados, y matas de hambre a los discretos vergonzosos! (sic)

González Alonso

Anuncios