El juez de los divorcios

El juez de los divorcios.- Entremés

Miguel de Cervantes Saavedra

Colección Clásicos Carroggio.- Novelas ejemplares.- Entremeses (Carroggio,S.A. de Ediciones-Barcelona, 1977)

Si no consiguió Cervantes el éxito que esperaba en el teatro no lo fue por falta de calidad y estilo, sino por su posición ante el arte dramático defendiendo el clasicismo y la presencia de un Lope de Vega arrollador, ingenioso, hábil y renovador del género en cuanto al tratamiento y los temas. Pero Cervantes aportó algo al teatro que parece pasar desapercibido, y fue su manera de escribir teatro en prosa, frente al teatro en verso de Lope o Góngora.

El caso es que en las distintas ocasiones de acudir en el verano a Almagro y disfrutar de su festival de teatro clásico, además de las obras más solemnes, también he tenido oportunidad de presenciar obras menores, como los entremeses cervantinos. Ligeros, de corta duración, chispeantes, irónicos y coloristas, sirven para algo más que pasar un rato agradable y distraído. En todos ellos, de manera harto atrevida, se pone sobre la mesa algún tema de actualidad y se deja oír la crítica a las costumbres de la sociedad del momento que, pasados los siglos, vienen a ser bastante similares y merecedoras de las mismas críticas.

En el caso del entremés El juez de los divorcios, lo primero que llama la atención es cómo en un país tan católico y vigilado por los inquisidores se hable tan a la llana del divorcio cuando el sacramento del matrimonio lo hace indisoluble para la Iglesia. Al menos, a los ojos de Dios, ya que la doble moral de todos los tiempos hizo posible lo imposible, sobre todo entre las clases más nobles del reino, incluidos los monarcas. Así, los matrimonios no se disolvían, pero la corte de amantes de uno y otro género, citas, casas de mantenidas, barraganerías y toda suerte de enredos amorosos y carnales estaban a la orden del día y de la noche.

Tiene un contrapunto el entremés, no obstante, en su final conciliador, más que con las buenas costumbres religiosas, con los intereses económicos de la pareja en el caso de reconciliación y final feliz presentado. Pero lo sustancial está en hablar sin tapujos de los desarreglos matrimoniales y la conveniencia de poner fin a unas relaciones penosas para alguno de ellos o para ambos.

La primera en  plantear su caso ante el juez es una mujer casada muy joven con un hombre mayor y que, pasados veinte años, se ve convertida en cuidadora de sus enfermedades y achaques, haciendo de “hospitalera o enfermera”. Se queja, como es natural, de la insatisfacción de una relación carnal debido al “invierno de mi marido y la primavera de mi edad”, e incluso argumenta como causa de divorcio el insufrible mal olor de boca del hombre, ley que dice el escribano por la que “se puede descasar la mujer del marido y el marido de la mujer”.

El planteamiento de esta mujer, Mariana, resulta de una actualidad palpable y bien conocida todavía por lo novedosa: “… En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer o confirmar de nuevo, como cosa de arrendamiento, y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de ambas partes”. La apuesta por el matrimonio civil en el siglo XVII me parece algo digno de tener en cuenta. Aunque sea de bromas y en el teatro.

Se alude en éste y los casos siguientes que aparecen ante el juez para pedir el divorcio, tanto mujeres como hombres, a “la dote” y “los bienes gananciales”. Los acuerdos de divorcio se establecen sobre la base de repartir los bienes.

Aprovechando la ocasión, Cervantes hace desfilar en el breve entremés a personas de todo tipo y condición. El clásico vago que vive a cuenta de la mujer, haciendo de su vida una continua jarana, incluyendo las infidelidades amorosas, y que –además- asegura ser poeta, lo que parece justificar el que no de un palo al agua; el hombre que se queja de haber sacado de puta a su mujer y que ahora le hace la vida imposible derrochando cuanto le cae a mano y desmano,  y así otro par de casos por el estilo, nos recuerdan lo conveniente de la propuesta de establecer el divorcio. Aunque, como ya se ha dicho, el final se pinte feliz advirtiendo que la reconciliación siempre es posible y que –pese a todo- “un mal acuerdo es mejor que un buen divorcio”, como dice la letra de la canción que cierra el entremés.

González Alonso