Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo septuagésimo tercero

don Quijote la aldea1El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo septuagésimo tercero

 De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar en su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

Los malos augurios, agüeros o supersticiones, hacen acto de presencia y don Quijote parece inclinado a creer en ellos, mientras que Sancho les da la vuelta presentando ante su señor los hechos tomados por malas señales como buenas noticias. Ocurre con el comentario oído a un rapaz que discutía con otro y expresa en voz alta que  “no la has de ver en todos los días de tu vida”. Don Quijote interpreta ese “nunca más la volverás a ver” como la premonición de morir sin ver a Dulcinea. Sancho interviene preguntando al muchacho a qué se refería, y cuando le responde que a una caja de grillos que su compañero le reclamaba, Sancho se la compra y regala a su señor. También sucede que, perseguida y asustada por un grupo de cazadores y los galgos, una liebre viene a protegerse entre las patas del rucio de Sancho. En la época, el hallazgo inesperado de una liebre era considerado como una mala señal. Don Quijote creer ver en la liebre a Dulcinea y Sancho, interpretando el temor del caballero andante viendo a su señora perseguida por los encantadores que la transformaron en labradora, la coge y se la entrega como señal de que no hay ningún mal en ese suceso.

Resulta curioso cómo Sancho Panza se nos muestra más seguro y menos temeroso que don Quijote, cada vez más inseguro e indeciso.

Al entrar en el pueblo se producirá el encuentro de Sancho con su mujer, Teresa, y su hijaSancho y Teresa Sanchica. Teresa ve a su marido mal vestido para haber sido gobernador. Sancho tira de refrán y vuelve a mencionar, aunque en forma negativa, el dicho “donde hay estacas no hay tocinos”, para dar a entender que las apariencias engañan. Los judíos conversos, para mostrar públicamente su adhesión al cristianismo o disimular sus prácticas religiosas, solían colocar a las puertas de sus casas unas estacas con tocinos y carnes de cerdo y hacer ver que no seguían la costumbre judía de no comer esos alimentos. Sancho le explica a Teresa el resultado de sus ganancias y todo queda aclarado para la mujer.

Don Quijote se encontrará con el cura y el bachiller Sansón Carrasco a los que se unirán ama y sobrina. No pierde el tiempo don Quijote para explicarles, además de su derrota en Barcelona y el precio a pagar por ello, su deseo de que todos se hagan pastores para vivir la vida bucólica y pastoril que tenía pensada. El cura y el bachiller, considerando menos arriesgada esta locura que la de ejercer de caballero andante, le seguirán la corriente. El ama y la sobrina no se lo tomarán tan a bien como los amigos de don Quijote y se lo recriminarán. Pero, desoyendo las críticas, don Quijote empieza a idear los nuevos nombres que han de tener acordes con la nueva profesión con la ayuda del cura y Sansón Carrasco. Así aparecen los nuevos personajes, el pastor Quijotiz, el pastor Carrascón, el pastor Curiambro que será el cura; de igual manera proponen los nombres de las pastoras que los acompañarán, reservando don Quijote para su pastora el mismo de Dulcinea del Toboso en la última vez que la nombrará en la novela. Sansón propone que si su pastora se llamara Ana, él la llamaría Anarda; si Francisca, sería Francenia o si Lucía la llamaría Lucinda. Para Teresa Panza encuentra el nombre de Teresaina, lo que hizo reír a don Quijote.

La sobrina y el ama, que habían estado escuchando esta conversación de pastores y pastoras y todo lo concerniente a la vida pastoril, le censuran a don Quijote esta nueva locura afirmando una, que “está ya duro el alcacel para zampoñas”, y rematando la otra con el consejo de que se estuviese en su casa, atendiese a su hacienda, se confesase a menudo y favoreciese a los pobres; advertencias y consejos que encuentran la respuesta de don Quijote mandándolas callar  afirmando que ya sabía él lo que le cumplía hacer. Y así, a continuación, asegurando que  ya fuera él “caballero andante o pastor por andar” nunca dejaría de acudir a prestarles la ayuda que necesitaran. Pedirá que lo lleven a la cama confesando que no se encontraba bien, lo que hicieron, dándole antes algo de comer.

González Alonso

don Quijote ama y sobrina

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