Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo sexagésimo cuarto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo sexagésimo cuarto

Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido

 Este capítulo 64 de la II Parte del Quijote puede juzgarse como uno de los más tristes de los tristes episodios narrados en la novela; en él no quiso Cervantes mostrarnos otros acontecimientos que estorbaran el protagonismo capital de la derrota de don Quijote a manos de El Caballero de la Blanca Luna en las playas de Barcelona. Y lo hará de manera breve y concisa.

Siendo éste el capítulo que marca el punto de inflexión de la trama anunciando el final irremediable de las aventuras y desventuras del Caballero de la Triste Figura, bien merece que nos explayemos en él con un poco más de atención.

Aunque Cervantes trata el hecho sin grandes aspavientos, incluso con una contención no sé si calculada, impuesta por el peso de la trascendencia de lo narrado para la continuación de la novela, o por cansancio, considero de interés juzgar –a la luz del atrevimiento y la osadía de la especulación- cuanto se dice que ocurrió a la orilla del mar Mediterráneo en la ciudad condal.

En los primeros párrafos se le plantea a don Quijote la posibilidad de enfrentar una aventura marinera embarcándose hacia tierras moras y a la que el bueno de Sancho pone muchas objeciones y no menos argumentos y razones. Ya no es éste un diálogo entre el señor y el servidor, entre el amo y el criado, sino la conversación de igual a igual entre dos personas. Sancho argumenta, pensando en sus legítimos intereses y considerando el peso de sus miedos, y don Quijote escucha y considera los argumentos del escudero. Pero, de pronto, todo ello pasará a un segundo plano cuando sobre la suave arena de la playa haga su aparición la figura imponente de un caballero sobre su montura, y bien armado. Ni don Quijote ni sus acompañantes dan crédito a lo que ven. El caballero se hace llamar El de La Blanca Luna y viene, ni más ni menos y por derecho, a desafiar a don Quijote discutiendo la belleza de Dulcinea del Toboso.

Los presentes en la escena no sabían si era broma inventada por otros distintos a ellos o no, aunque deciden pensar que lo es y dejar seguir el juego.

Y a partir de aquí se suceden los acontecimientos. Las condiciones del duelo son, para el caso de la derrota de don Quijote, las de proclamar la superior belleza de la desconocida dama del desafiante junto con la de retirarse a su casa con sus armas y recogerse en ella y en paz por espacio de un año. Si el Caballero de La Blanca Luna fuera derrotado, éste aceptaría la superioridad de Dulcinea y todas sus victorias y fama pasarían a don Quijote.

Aceptará don Quijote las condiciones, aunque renunciando a la fama del Caballero de La Blanca Luna, porque ni la necesita ni la conoce, y se preparan -dicho esto-  para el duelo, tomando cada cual la parte conveniente del terreno.

Consideremos ahora algunas cuestiones ante este insólito hecho, qué pueden significar, y sus consecuencias para una posible lectura –una de tantas- de la novela cervantina:

1.- Dulcinea es la inspiración y el alma de don Quijote; es quien le mueve a la acción, y sus acciones sólo pueden servir a una causa superior a todas las demás. La verdad de Dulcinea, la belleza de esa verdad, no puede estar por debajo de ninguna otra. Sin esa belleza don Quijote no existiría.

Si Dulcinea –como escribe y entiende Dominique Aubier en “Don Quijote, profeta y cabalista”- representa la luz del conocimiento al que aspira y debe ser conquistado por el caballero, éste representará la acción para restaurar esa luz iluminadora. De tal manera, don Quijote no podrá renunciar a Dulcinea y su belleza, porque Dulcinea es una cuestión de fe, y como la fe, no se ve pero se cree.

En una interpretación esotérica o cabalística, don Quijote se nuestra como el profeta de la restauración de la fe que se encuentra depositada en el libro de la luz, el Zohar de Moisés de León. Dulcinea es la encarnación de ese libro.

2.- Detrás del Caballero de La Blanca Luna está el bachiller Sansón Carrasco, que también lo estuvo detrás del Caballero de los Espejos, del Bosque o de La Selva, cuando resultó ser derrotado por don Quijote en un primer enfrentamiento.

¿Qué puede representar Sansón Carrasco, que amenaza a don Quijote y atenta contra los pilares de su vocación mesiánica atacando a Dulcinea? En el encuentro con el vizcaíno, don Quijote pudo enfrentarse a la reforma jesuítica de Ignacio de Loyola. El fundador de la Compañía de Jesús era vizcaíno y aunque su manera de hablar parecía confusa por las prestaciones lingüísticas del euskera, para don Quijote resultaban claras. Hablaban el mismo lenguaje. No se enfrentaron por la fe que ambos compartían, sino por la manera de interpretarla. El vizcaíno no podía admitir dirigirse al Toboso (el lugar feliz que acoge el nombre de Sem Tob de León) y proclamar la superioridad de Dulcinea, la luz del Zohar como la restauración de la doctrina.

En los encuentros con el bachiller Sansón Carrasco en sus diferentes ropajes de caballero andante, ¿a quién se enfrentó don Quijote?

Cuando desaparece la biblioteca de la casa de don Quijote, éste hace responsable a un mago que protege a un caballero con el cuál sabía que se enfrentaría algún día y al que derrotaría: Ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe que por sus artes y letras que tengo que venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y que le tengo que vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado (I, cap. 7).

No se enfrentará con uno, sino con dos caballeros. Pero son, en realidad, la misma persona que representa la misma cosa. En el primer encuentro don Quijote vencerá al de Los Espejos. En el segundo será derrotado por el de La Blanca Luna. Los espejos, como la luna, reflejan la luz del sol. La luz ilumina el conocimiento. Dulcinea es la luz de don Quijote. ¿Qué otra luz, distinta de la de Dulcinea y de la jesuítica, estorbaba a los planes de don Quijote?

Imaginemos, pues de la locura de las conjeturas estamos tocados, que Sansón Carrasco, en su cuerpo de académico bachiller por Salamanca, imbuido por la lógica escolástica, representa el racionalismo de un mundo burgués emergente en el que el paradigma del conocimiento ha cambiado y se hace más pragmático. Sansón Carrasco sabe que hacer renegar a alguien de su fe es dar coces contra el aguijón. Para que los criterios racionalistas de su visión del mundo prosperen, al poseído de la fe había que combatirlo en su propio terreno. Movido por la ambigüedad de sus sentimientos, el de vengarse de la primera derrota y el de ayudar a recuperar la cordura a su vecino, tratará de curarlo con algo semejante a su locura, en un perfecto método de “similia similibus”. Y sabe el bachiller que no será fácil.

Teniendo en cuenta todo esto, el Caballero de la Blanca Luna se avendrá a ceder y aceptar que don Quijote siga enamorado y convencido de la superior belleza de Dulcinea, pero le cortará el camino para la acción exigida a esa convicción al recluirlo en su casa. Los judíos y moros conversos, íntimamente conservaban su fe, pero no podían manifestarla.

Es obvio que Miguel de Cervantes ni pensó ni imaginó tales cuestiones a la hora de enfrentar su obra y crear el Quijote. Pero las escribió para la lectura de siglos posteriores. Hoy nos toca disfrutar su novela, la inmensa fotografía de un tiempo que se va revelando poco a poco, efecto de la luz, para descubrirnos quiénes somos y que la vida es compleja en sus apariencias y que encierra una verdad que se nos escapa sin que lleguemos nunca a aprehenderla del todo. Tal vez mejor que sea así. Correrán otros tantos siglos de ríos de tinta ante esta magna obra –como ante cualquier otra del ámbito universal de la Literatura-, pero los magos amigos y enemigos no dejarán de ponernos desafíos y trampas en los caminos. Y si nos quitan la magia, como a don Quijote Dulcinea, ya no nos quedará otro camino que el de la muerte. Por eso, don Quijote, derrotado y vencido, aceptó su derrota y su destierro, pero no renunció a Dulcinea. Y cuando muere, ya no es él, sino el hidalgo pobre, que no pobre hidalgo, Alonso Quijano el Bueno.

González Alonso

 

 

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