Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo quincuagésimo octavo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo quincuagésimo octavo

Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban lugar unas a otras

 Don Quijote ya fuera del castillo y desembarazado de los requiebros de la hermosísima Altisidora, se siente feliz y libre, lo que le da ocasión de decir a Sancho: La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

El idealismo de don Quijote encuentra la cara de lo práctico y concreto de su escudero Sancho Panza, que para esa libertad encuentra de gran utilidad, por si acaso, los doscientos escudos de oro del mayordomo del duque por si no encuentran otros castillos y agasajos, sino ventas y palos.

Poco más adelante se tropezarán con unos hombres que transportaban distintas imágenes tapadas. La curiosidad de don Quijote hizo que las descubrieran y así fue alabando el valor de lo que representaba cada una de ellas, Santiago matamoros, San Martín, San Jorge y San Pablo. Don Quijote, comparándose con todos ellos, dice ser un buen agüero encontrarse con las figuras de aquellos santos y caballeros que profesaron lo que él mismo profesaba, y añade: “…aunque la diferencia que hay entre mi y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.

Don Quijote pelea “a lo humano” y duda de lo que consigue, pero cree que si Dulcinea –que es su fe verdadera- fuera liberada y el tuviera mejor juicio o pensase mejor, podría también llevar mejor camino que el que lleva para conseguir su objetivo, lo que, oído de Sancho, ratificará con el “Dios lo oiga y el pecado (el demonio) sea sordo”.

Las palabras de don Quijote de este párrafo parecen traslucir una reflexión sobre la propia vida de Miguel de Cervantes y los traspiés de su vida. La alusión a la liberación de Dulcinea adquiere distintos significados. ¿Qué podría significar la metáfora de Dulcinea en la vida de Cervantes? Tal vez, pienso, lo mismo en la de don Quijote. Si Dulcinea era la fe y el motor que movía a la acción del caballero andante y ésta se encontraba cautiva y encantada, el objetivo sería desencantar y liberar a Dulcinea para que se hiciera realidad la ilusión que movía a don Quijote, tal vez la misma ilusión que sentía Cervantes. Y esa ilusión no podía ser otra que el restablecimiento de la fe y las buenas costumbres, la justicia y la paz. En sentido religioso, suponiendo un pasado judío de Cervantes, y según la época, esa restauración vendría por la recta lectura del Zohar. Dulcinea, encantada, sería la representación del libro de la luz de Mosén Tob de León (Tob– relacionado con el Toboso, y León, como patria de los ascendientes de Cervantes, en su significado de Judá), y su restauración –su desencantamiento y liberación- haría posible lo que Cervantes pone en boca de don Quijote, “mejorando la ventura, pensando con mejor juicio y encaminando sus paso por mejor camino”.

Escuchan admirados los hombres de las razones esgrimidas por don Quijote, así como les sorprende su figura, aunque no pueden entender “ni la mitad de lo que en aquellas razones quería decir”. De igual modo a como viene ocurriendo y nos ocurre hoy día con el Quijote. Y como ellos, admirados, nos despedimos y seguimos adelante.

Siguen su conversación amo y escudero; el segundo tiene lo ocurrido por una buena aventura y el primero le hace ver la relatividad de las cosas, ya que son diferentes en cada tiempo u ocasión, lo que aprovecha para hacer una crítica de las creencias en los agüeros y supersticiones, además de ilustrar a Sancho sobre el significado del nombre y la figura de Santiago matamoros como patrón de España.

Volviendo Sancho al tema de Altisidora y el amor, don Quijote advierte en la actitud de la dama y su desordenado comportamiento que “el amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que la muerte, que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesión de una alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza…”

Reconoce Sancho la fuerza del amor en la belleza de Altisidora, pero se asombra de que ella pudiera enamorarse de don Quijote, ya que en las muchas ocasiones en las que se para a mirarlo de los pies a la cabeza dice ver “más cosas para espantar que para enamorar”. Don Quijote él contesta que hay dos clases de belleza, una del alma y otra del cuerpo; alaba la del alma “en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza”, entendiendo que –en efecto- él no tiene la hermosura del cuerpo, aunque tampoco se ve disforme o contrahecho.

En el camino, Cervantes introduce un episodio pastoril en el que dará cita a Garcilaso de la Vega y al autor portugués Camoes. Así, hace que don Quijote y Sancho se encuentren ante unas redes de color verde tendidas entre los árboles de lado a lado del camino, que les impiden el paso. Don Quijote sospecha que algún encantador enemigo suyo pretende atraparlo, así que, desenvainando su espada, se dispone a desbaratar las redes y los planes de su perseguidor. Pero en ese momento harán aparición dos jóvenes muchachas de entre quince y dieciocho años, muy bellas y vestidas ricamente de pastoras, que les explican el porqué de aquellas redes. Al parecer, un numeroso grupo de ricos hidalgos había decidido trasladarse a ese lugar idílico y montar un campamento para pasar unos días viviendo como pastores, habiendo instalado aquellas redes para atrapar pajarillos.

Las recién llegadas jovencitas reconocen a don Quijote y Sancho Panza y les explican que conocen sus aventuras por circular éstas impresas en un libro que tenía mucha aceptación entre las gentes.

Llegó al poco el hermano de una de las muchachas, también vestido de pastor, y todos insistieron en invitar al campamento al don Quijote y Sancho, a lo que finalmente accedería reuniéndose con las más de treinta personas que formaban la acampada. Ante el regalo de las mesas bien dispuestas de ricos y variados alimentos, don Quijote aprovecha para hacer su discurso sobre el valor del agradecimiento, considerando su contrario –el desagradecimiento- un pecado mayor que el de la soberbia, tenido por el primero y más grande por la Iglesia.

Tras el discurso, entusiasmado Sancho con las palabras de su amo pregunta a grandes voces si podía haber alguien en el mundo que se atreviera a tildarle de loco, a lo que don Quijote responderá airado que no debía meterse en sus cosas, mandándole ensillar a Rocinante para poner en efecto la promesa que en su discurso había hecho de ofrecer su ayuda a los improvisados pastores en muestra de su agradecimiento por la acogida.

En este punto, vista la reacción de don Quijote, ya no saben los presentes si tenerlo por prudente o por majadero; le aconsejan que no haga más de lo que ya había hecho según se contaba en la historia de sus aventuras, que todos reconocían su valor y el valor de su agradecimiento sin necesidad de otras muestras.

Tiene lugar entonces una aventura que bien podría estar inspirada en la historia real del llamado Paso Honroso del caballero leonés don Suero de Quiñones (1434) que, plantado sobre el puente de Hospital de Órbigo, desafió y defendió el paso durante un mes rompiendo 300 lanzas ayudado por nueve caballeros, para librarse de una cárcel de amor y quitarse la argolla que llevaba al cuello. De modo parecido don Quijote, plantado sobre su caballo en la mitad de un camino real que por allí cerca pasaba, hace un desafío a los cuatro vientos y a cuantos caballeros quisieran pasar por allí en los dos días siguientes obligados a reconocer la bondad y hospitalidad de aquellas gentes como las mejores del mundo, así como las bellezas y cortesías allí reunidas, las más grandes a excepción de Dulcinea, o en caso contrario pelear con él. Y no contento con una vez, repitió su desafío otra segunda, sin que ningún caballero andante lo oyera o apareciera. Pero sí quiso la mala suerte que a lo lejos se acercara un numeroso grupo de hombres a caballo y armados de lanzones conduciendo una manada de toros bravos. Los presentes se apartaron con prudencia y sólo permaneció allí plantado don Quijote sobre Rocinante con Sancho Panza sobre su burro escondido tras las ancas del caballo.

El hombre adelantado al grupo que conducía la manada le advirtió a don Quijote que se apartara si no quería ser arrollado por los toros. Se niega a hacerlo don Quijote y, antes de darse cuenta, los toros bravos y los mansos, caballos y vaqueros, pasan por encima de caballero, caballo, asno y escudero.

Levantándose como pudo y dando traspiés, don Quijote emprenderá la persecución de la manada desafiándola y llamando cobardes a sus pateadores por huir sin presentar batalla. Cuando se cansó de correr, más avergonzado que enfadado, se detiene en el camino y espera a que lleguen Sancho y las maltrechas bestias para, sin volver a despedirse de los pastores de aquella Arcadia fingida, proseguir “con más vergüenza que gusto” su camino a Zaragoza.

González Alonso

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