Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo quincuagésimo quinto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo quincuagésimo quinto

De las cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que leer

Se le hizo tarde a Sancho Panza después de su encuentro con el morisco Ricote, vecino de su lugar, y la noche lo alcanzó en el camino de vuelta al castillo de los duques donde esperaba reunirse con don Quijote. La mala fortuna, que todo lo enreda, quiso que, avanzando a oscuras, cayera con su burro en una profunda sima y quedara allí, malparado, asustado, lamentando su suerte, pidiendo auxilio y temiendo por su vida y la de su burro, pues se veía más muerto que vivo.

Al despuntar el día pudo ayudar a su asno a darse la vuelta y ponerse en pie, y en un extremo de la fosa encontró un agujero por el que malamente cabía. Pudo pasar al otro lado y descubrió que la gruta se continuaba con trechos que se iluminaban con la luz que pasaba por las grietas que llegaban hasta la superficie. Con una piedra y mucho esfuerzo consiguió ir excavando el hueco y hacer pasar por él al burro. Avanzando por el pasadizo entre lamentos y reflexiones sobre su vida y el gobierno de la ínsula, muchas veces totalmente a oscuras y con el temor de caer en otra sima aún más profunda, llegó a un espacio donde se veía la luz que llegaba a través de la boca de la sima y que ya no tenía más recorrido. Desesperado ante la idea de terminar allí su vida junto a su rucio, se puso a dar grandes voces, lamentándose de su suerte y pidiendo ayuda.

Quiso la suerte, también, que en ocasiones sopla a favor, que don Quijote hubiera decidido salir a las afueras del castillo con la intención de entrenarse para el duelo en el que pensaba enderezar el entuerto de la hija de la dueña doña Rodríguez, y que oyese las voces de Sancho saliendo de lo profundo de la tierra. Declarándose “católico cristiano”, ofrece su ayuda don Quijote a quien fuese que profiriese aquellas quejas, fuese mortal o espíritu afligido. Sancho reconoce a su señor y le hace ver que el que se encontraba en aquella situación desesperada no es otro que su escudero Sancho Panza, poniendo por testigo a su pollino que, como si lo entendiese, se puso a rebuznar.

Convencido y admirado don Quijote de la situación, pidió ayuda a las gentes del castillo y entre todos y con mucho trabajo, lograron sacar al burro y a Sancho de la sima.

Viéndolo salir un servidor del castillo no se ahorró sus críticas considerando merecido castigo, y aun pequeño, para los gobernadores que gobiernan con abuso de su poder y se enriquecen y prevarican. Sancho replica ofendido y dolorido asegurando no ser merecedor de tales castigos, pues en su corto gobierno de la ínsula Barataria, ni había tenido tiempo de cometer cohecho ni de cobrar derechos, ni había robado y ni siquiera había podido comer a gusto ni dormir bien y a pierna suelta, tomando a cuenta de su gobierno el haberle “brumado los güesos” en la broma de la batalla para defender la ínsula de la invasión de enemigos. Se resigna, no obstante entender no ser merecedor del castigo, poniendo entre refranes su destino en la voluntad de Dios.

Uno de los refranes empleados aparecerá en varios capítulos más del Quijote expresado de manera parecida y que aquí dice “donde se piensa que hay tocinos, no hay estacas”. Se refiere a la costumbre de los judíos conversos o cristianos nuevos de clavar delante de las casas unas estacas donde ponían a secar carne de cerdo, chorizos o jamones, dando a entender que comían de esta carne prohibida por la religión judía y la musulmana, como una manera de confirmar ser buenos cristianos y despejar sospechas ante la Inquisición.

Don Quijote recomienda a Sancho que no haga caso de las críticas diciéndole: “No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será nunca acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner puertas al campo.”

Pasará luego Sancho a dar cuenta a los duques de los ocho diez días, que no tiene muy clara la cuenta, de lo que fue su gobierno y el final de su gobierno de la ínsula Barataria.

Tras la larga y sabrosa plática, de la que se admiró don Quijote encontrándola acertada y no llena de disparates como temía, el duque lo abraza y consuela, hizo lo mismo la duquesa y “mandó que le regalasen, porque daba señales de venir mal molido y peor parado

González Alonso

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