Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo quincuagésimo tercero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo quincuagésimo tercero

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza

 El capítulo arranca con un párrafo que no tiene desperdicio. Pone Cervantes voz al autor árabe, al cual llama irónicamente “filósofo mahomético”, para reflexionar sobre el sentido de la vida y lo accidental y transitorio de lo que en ella ocurre. La visión de este entendimiento fugaz de la existencia humana no lo hace desde presupuestos religiosos, sino desde el puro razonamiento y la observación. Ve el filósofo mahometano en la Naturaleza un ciclo estacional repitiéndose a sí mismo y dentro de él el desarrollo de la vida humana, su inestabilidad  y pronta caducidad. Hace alusión el autor de estas palabras, Cide Hamete Benengeli (nombre encriptado de Miguel de Cervantes), a “la sombra y el humo” en que se deshizo el famoso gobierno de Sancho Panza, referencia bíblica al parecer frecuente en la literatura del siglo XVII: “defecerunt sicut fumus dies mei” (Salmos-101, 4). Pero también hace referencia al uso de un ciclo estacional dividido en cinco estaciones en lugar de las cuatro usadas actualmente: primavera, verano, estío, otoño e invierno, que se correspondía con el ciclo seguido en las tareas del campo y los usos agrícolas medievales, como se puede apreciar –por ejemplo- en las impresionantes pinturas románicas del Panteón de los Reyes de San Isidoro, en León.

Sigue al precitado primer párrafo todo cuanto ocurrirá en la ínsula Barataria. Sancho despertará sobresaltado por el estruendo de armas y gritos alertando de la supuesta invasión de innumerables enemigos y se verá apremiado a armarse y prestarse a la defensa de la ínsula. Espantado, Sancho rehúsa comprometerse en el combate, cosa que ve mejor y más adecuada al oficio de su señor don Quijote. Para mayores males, entiende que todo ello se le viene encima mal comido y mal dormido, ya que las prevenciones del doctor Recio y los casos presentados a juicio no le dejaron hacer ni una cosa ni la otra.

La negativa de Sancho no dura mucho y proceden a ponerle una armadura consistente en emparedarlo entre dos grandes escudos por los que asomaba la cabeza y a duras penas asomaba los brazos y las piernas. Le pusieron una lanza en la mano y lo ataron tan fuertemente que el pobre hombre apenas podía moverse sin perder el equilibrio. Así ocurrió que al primer intento de andar dio con su cuerpo y coraza en el suelo mientras amigos y enemigos le pasaban por encima, pisaban, pateaban y pinchaban obligándole a recluirse lo más que podía entre los escudos como si fuera una tortuga.

Sancho sólo rogaba que aquello terminara pronto aunque se perdiera o hundiera la ínsula  con los enemigos dentro. Para su sorpresa, cesa el alboroto y oye que gritan victoria. Pide ayuda Sancho para levantarse y al hacerlo le animan a repartir los despojos de los enemigos supuestamente derrotados.

Puesto en pie Sancho, “con voz doliente y dolorido” dice que no quiere repartir ningún despojo de ningún enemigo, sino pedir a algún amigo –si lo tuviere- un trago de vino y que le seque el sudor en el que nadaba. Acceden a ello, lo liberan de las ataduras, le traen vino, se sienta sobre la cama y a continuación se desmaya. Temieron los bromistas que hubieran ido demasiado lejos con las bromas, sobre todo cuando al volver en sí pueden ver cómo empieza a vestirse sin decir palabra y se dirige a la caballeriza, se acerca a su rucio, lo abraza y le da un beso en la frente hablándole entre lágrimas y lamentando haberlo abandonado cegado por “la ambición y la soberbia” que le había traído “mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos”. Después, enalbardado el rucio, se subió a él y pidió paso a los concurrentes para volver –explica- a su antigua libertad y condición, reconociendo humildemente que nadie debe aspirar a más de lo que es capaz, elogiando su vida pasada, sencilla y labriega, y renegando de la actual de su gobierno.

El doctor Recio le promete un remedio para los golpes recibidos, así como disponer que, en adelante, pueda comer “abundantemente de todo aquello que quisiere”. Sancho prefiere bizmarse él mismo antes que probar el remedio del doctor y le replica con una expresión gallega popular en la época: ¡Tarde piache! (Tarde has hablado. “piache”, de “piar”, decir) para asegurar con firmeza que lo pasado “no son burlas para dos veces”.

Le pedirán, no obstante, que dé primero cuenta de los diez días de su gobierno, a lo que Sancho responde que se las dará a su señor el duque, y que entiende, mediante refranes, que su gobierno ha sido bueno, ya que sale de él lo mismo que entró, sin más ni menos de lo que tenía.

Todos convienen en dejarlo ir ofreciéndole lo que quisiera para el viaje, y Sancho se conformará, ya que el viaje será corto, con un poco de cebada para su rucio y medio queso y medio pan para él mismo. Y con los abrazos de los presentes y no pocos lloros de muchos de ellos y de Sancho, abandonará el gobierno de la ínsula Barataria dejándolos “admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y discreta”.

González Alonso

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