Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo quincuagésimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo quincuagésimo

Donde se declara quien fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que las cartas a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza

Retoma el relato “desta verdadera historia” Cide Hamete para hacer notar cómo otra de las dueñas de la duquesa siguió a doña Rodríguez cuando se encaminaba al dormitorio de don Quijote. Para confirmar la fama de chismosas de las dueñas hace que la visita a la alcoba de don Quijote sea puesta enseguida en conocimiento de la duquesa y de ésta en el del duque al cual pedirá licencia para, acompañada de la joven Altisidora, ir a averiguar lo que se cocía con la visita de doña Rodríguez al aposento de don Quijote.

De este modo supieron de las críticas y mala opinión de doña Rodríguez sobre Altisidora y la misma duquesa, poniendo en tela de juicio la moral y belleza de una y otra y descubriendo algunos secretos vergonzosos de ambas. Airadas, entrarán de repente en el aposento vapuleando a la dueña doña Rodríguez y asaeteando a pellizcos a don Quijote amparándose en las sombras que se produjeron al apagarse la vela que sostenía doña Rodríguez al caérsele al suelo.

Decidida la duquesa a proseguir con sus burlas a don Quijote dispone que un paje suyo le lleve a Teresa Panza la carta de su marido, acompañada de otra suya y varios regalos. Y nos encontramos con el susodicho paje en territorio manchego haciendo su viaje en un plis-plás desde las tierras aragonesas. Detendrá su caballo el joven ante un grupo de mujeres ocupadas en el lavadero, preguntará por Teresa Panza y le responderá su hija, Sanchica, a la que pasa a comunicarle su embajada y ésta, dejando la ropa a un lado, descalza y desgreñada, conducirá al paje con sus cartas a la presencia de su madre.

Teresa Panza desconfía del encargo, pero una vez que oye lo que las cartas dicen y ve, aprecia y toca los regalos, da por sentado el nuevo estado de su marido y se ve como gobernadora. Sanchica lleva las noticias al cura y al bachiller Sansón Carrasco; ambos no dan crédito a lo que oyen y quieren conocer al joven paje, lo ven y tienen que admitir que hay duques en la historia que convierte en gobernador a Sancho Panza. Cuando el cura y el bachiller ponen objeciones y en tela de juicio la existencia de ínsulas que no sean las del lejano mar Mediterráneo, el paje les responderá que él no sabe si lo que gobierna es ínsula o no, pero que sí sabe que se trata de un lugar de más de mil habitantes.

Teresa y Sanchica están dispuestas a viajar hasta la ínsula gobernada por Sancho, empiezan a hacer planes y encargos de vestidos y ya se ven rodeadas de toda clase de lujos y regalos. Aprovechará Teresa Panza para criticar a las estiradas hidalgas que miran con desprecio y por encima del hombro a las labradoras. Ofrecerá al paje quedarse a comer en la casa los huevos con torreznos que estaba preparando Sanchica, pero el cura –interesado en sonsacarle algo más al embajador de los duques- insistirá en que coma con él, dándole a entender que tendrá la ocasión de almorzar algo más y mejor que los huevos con torreznos de Sanchica. Accederá e ello el paje y Teresa mandará escribir dos cartas en respuesta a las recibidas a un monaguillo, rechazando la oferta del bachiller por considerarlo demasiado socarrón y desconfiar de él. Y se dice que el monaguillo las escribió “de su mismo caletre” a cambio de un bollo y dos huevos, no siendo “las peores que en esta grande historia se ponen”, como promete que se verá más adelante.

González Alonso

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