Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo cuadragésimo quinto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo cuadragésimo quinto

De cómo el gran Sancho Panza tomó posesión de su ínsula y del modo que comenzó a gobernar

 Sancho Panza hace su entrada en la ínsula Barataria con toda pompa, acompañamiento y toque de campanas. Miguel de Cervantes, como es habitual en él, juega con los posibles significados del lugar aragonés convertido en isla, al que llama Baratario, pudiendo aludir el nombre de la ínsula a lo barato o gratuito de alcanzar el gobierno. Sea como sea, Sancho entrará en la villa y la gente que lo recibe –la que estaba al cabo de la broma como la que no- se admira de su figura, traje, barbas, gordura y  pequeñez.

Cuando Sancho pregunta por lo que dice un cartel escrito con grandes letras en la pared de enfrente, le dicen que está escrita la fecha en la que toma posesión del gobierno de la ínsula Barataria el “señor don Sancho Panza”. Sancho dice no reconocerse en ese “don” que no han tenido nunca ni él ni sus antepasados y se muestra dispuesto a terminar con tantos “dones y donas” que con tanta facilidad se usan en su ínsula. Se trata, naturalmente, de un juego de palabras utilizando las diferentes acepciones del vocablo “don” que encierra una crítica social.

Le explicarán a Sancho que deberá responder a una cuestión algo difícil para que el pueblo tomara nota de su ingenio y valor como nuevo gobernador; accederá a ello y le plantean “tres” juicios en los que se dice que Sancho los resuelve como un “verdadero Salomón”. ¿Tendrá algo que ver la alusión bíblica y los tres juicios con algún mensaje encriptado sobre las “tres” religiones, la judía, la cristiana y la musulmana?

El primer juicio lo protagonizan un sastre y un labrador que desconfía del sastre porque piensa que le va a robar parte de la tela en la confección de unas caperuzas; el sastre perderá en el juicio el precio estipulado de las hechuras y el cliente la tela. El segundo juicio se da entre dos ancianos; el uno pide al otro unos dineros prestados que el segundo asegura no acaba de devolvérselos aunque se los pide reiteradamente. Ante Sancho el primer anciano, que llevaba un báculo y que le pide al otro que lo sostenga mientras jura decir la verdad confiesa que el dinero se lo ha dado en su propia mano, pero que no lo recuerda. Sancho Panza descubre el engaño. Los dos dicen la verdad y Sancho manda romper el bastón, encontrándose dentro la deuda reclamada y que, efectivamente, había pasado de las manos de uno a otro. Y el tercer juicio se resuelve entre una mujer joven que acusa a un rústico ganadero rico de haber abusado de ella tomándola a la fuerza y negándose a reparar el daño. Cuando en pago por el atropello sufrido recibe una bolsa bien repleta de monedas de plata, sale tan contenta de la sala, pero Sancho le ordenará al acusado que corra tras la mujer y recupere su bolsa, cosa que el hombre no consigue hacer de ninguna manera ante la resistencia de la mujer y acaba dándose por rendido y perdida la bolsa. Sancho, como gobernador, ordena la restitución de la bolsa con el dinero su dueño considerando que si en la cuestión del ultraje se hubiera defendido de la misma forma que defendió la bolsa su supuesta virginidad seguiría de todo a salvo.

De esta manera, superada con éxito la prueba, Sancho Panza queda instalado en el gobierno de la ínsula Barataria, mientras que don Quijote, “alborotado con la música de Altisidora”, atendía otros cuidados que se verán más adelante.

González Alonso

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