Dulcinea del Toboso, una nueva mirada

Dulcinea del Toboso, una nueva mirada

El personaje de Dulcinea, stricto sensu, lo podemos tomar por la dama idealizada del hidalgo don Quijote cuando decide echarse al mundo en busca de aventuras al modo de los antiguos caballeros andantes. Podemos entender que Dulcinea encarna el amor caballeresco. Y podemos reflexionar sobre lo que dicho amor significa, cómo se construye, cómo actúa y cómo determina la conducta de don Quijote (Dulcinea, el amor y las mujeres.– en este mismo cuaderno).

Pero, naturalmente, caben otras interpretaciones de este personaje y del Quijote. La escritora e investigadora Doninique Aubier nos ofrece una de ellas, arriesgada y sugerente, en su libro “Don Quijote, profeta y cabalista” (Ediciones Obelisco, 1981). En su interpretación del Quijote como libro que encierra las claves para una lectura a la luz del Zohár, escrito por Moisés de León en el siglo XIII, Dulcinea –que en una lectura literal es la dama idealizada del caballero- cobra otra dimensión y significado.

Vale la pena considerar sus hipótesis y explicaciones partiendo del supuesto de que el Quijote sea un libro encriptado, un tratado monumental del conocimiento en lenguaje cabalístico. Tendremos en cuenta que cuando don Quijote acomete una aventura reclama siempre de su victoria solamente una cosa: que se reconozca la superioridad en todo de Dulcinea. Es Dulcinea quien inspira a don Quijote el ansia de “restaurar la justicia”, de corregir los errores y volver a la senda del bien. Observamos cómo el caballero actúa en nombre de la Verdad, el Verbo. Y el Verbo es designado por los judíos mediante el nombre femenino de Schekina o Gloria de Dios que es quien se dice que acompaña a los judíos en su exilio errante. Tenemos, pues, a un caballero andante o “errante”, invocando la Gloria de Dios, que es femenina en el ideario judío. En España se filtra en lo popular esta misma idea, de tal modo que en muchos lugares de Andalucía todavía cuando un hombre presenta a su mujer, dice: “aquí, mi gloria”. Es de suponer que hace 400 años esta idea no resultara en modo alguno extraña. Don Quijote es aquí totalmente judío; lo que ha aprendido de los libros (novelas de caballería o según D. Aubier, el Zohár) lo representa en Dulcinea –Dulzura- sobre la apariencia sólida de una campesina del Toboso.

¿Por qué no hay un lugar exacto en la Mancha o mancha para don Quijote y Sancho y sí lo hay para Dulcinea? Se me ocurre especular con la idea de que la fuente del conocimiento sí tiene patria conocida, y ha de ser un libro que se estaba interpretando mal y cuya Luz y enseñanzas habría que restituir. Don Quijote quiere acabar con los libros de caballería, no con la caballería andante y sus ideales. Es un restaurador. ¿No encierra el Toboso el eco o indicio de Tob, el del mismo Moisés Sem Tob de León? ¿No nos estará indicando que Dulcinea es, ni más ni menos, que el libro de la Luz, el Zohár, de Sem Tob de León?

Si fuera como dejo dicho, se explicará por qué Dulcinea actuará como motor de toda la historia, pero sin aparecer nunca. Cuando lo hace, será encantada en forma de campesina o de Aldonza Lorenzo, lo que –literalmente- encarna la hispanidad tocada por la “dulzura” de Dios, por el “conocimiento, cuando éste se hace dulce y agradable para el entendimiento”.

Si el libro de la Verdad, del Verbo, lo encarna Dulcinea como personaje alegórico de la visión conceptual de la certidumbre de don Quijote, se entiende fácilmente que sin Dulcinea y su amor (amor a la Verdad y la restauración de las costumbres rectas), don Quijote no puede existir. Es una necesidad ontológica. Así, cuando Fernández de Avellaneda publica la segunda parte apócrifa del Quijote y hace desaparecer a Dulcinea convirtiendo a don Quijote en el “caballero desamorado”, la novela pierde todo su sentido e interés, y el personaje deja de ser creíble para convertirse en cartón piedra. Avellaneda, torpemente, sustrajo al personaje la principal y única razón para existir y actuar a don Quijote y lo convirtió en un prosaico caballero andante de las novelas de caballería  antaño tan celebradas.

Don Quijote necesita seguir enamorado (sea en el sentido más humano, platónico, utópico o místico del término) para poder seguir siendo don Quijote de la Mancha, el Caballero de los Leones, el de La Triste Figura.

De la irrealidad de Dulcinea, de la irrealidad del amor y de la fuerza arrolladora de esta irrealidad es de lo que se nutre la mayor aventura de don Quijote camino de las playas de Barcelona donde será derrotado por el caballero de los Espejos, y volver definitivamente a su casa para morir cuerdo después de haber vivido loco. El amor, a fin de cuentas, es Luz y es Verdad que mueve a la locura. Pero el desamor mueve a la muerte. Por eso, en el final, ya no está Dulcinea.

González Alonso

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