Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo cuadragésimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda  parte.- Capítulo cuadragésimo

De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia

 Da comienzo Cervantes a este capítulo pidiendo el agradecimiento para el primer autor de estas historias, Cide Hamete Benengeli, que –como sabemos- esconde en forma árabe su propio nombre (Hamete=Miguel; Benengeli=Cervantes), deshaciéndose en halagos sobre la habilidad y las virtudes del autor a la hora de narrar todo cuanto acontece en el Quijote.

A Sancho Panza le parece excesivo el castigo impuesto por el gigante y mago Malambruno a las dueñas, que se quejan de las barbas. Recordemos que, en la broma, las dueñas eran verdaderos hombres que se hacían pasar por mujeres. Se menciona la técnica depilatoria usada en la época, cosa que las dueñas daban por imposible para resolver su problema y fiando su salvación a la intervención de don Quijote desafiando y venciendo a Malambruno. Don Quijote no escurre el bulto y asegura que o las libra de las barbas o él mismo se las dejaría pelar con vergüenza, que –en la época- se refería al castigo de los cautivos de ser rasurado por los musulmanes.

Las dueñas le toman la palabra a don Quijote y, divertidas junto con los duques y demás presentes, idean una broma más; le dicen que su reino está a más de cinco mil leguas, pero que el gigante encantador Malambruno le facilitaría un caballo volador de madera para hacer el viaje cuando encontraran a un caballero en el mundo dispuesto a liberarlas. El caballo de madera estaba regido por una clavija para conducirlo, y era famoso –decían- por haber tomado parte en otras muchas famosas aventuras que van describiendo. Un caballo mágico, raudo, veloz, capaz de surcar los cielos sin necesidad de comer ni beber ni gastar herraduras ni tener alas, pero tan suave y seguro en su vuelo que “el que lleva encima puede llevar una taza llena de agua en la mano sin que se le derrame una gota”.

Sancho, oyendo lo dicho sobre las virtudes del caballo de madera, saca la cara a su burro en lo de andar “reposado y llano”, o que provoca las risas de los presentes. La broma está servida, aunque Miguel de Cervantes no alcanzara a sospechar cómo cuatrocientos años más tarde los ingenios aeronavales superarían con creces os límites de lo imaginado en la burla.

Se interesa Sancho por cuántos caben en el caballo de madera y por cuál era su nombre. La Dolorida le explica que pueden montarlo dos personas y que responde al nombre de Clavileño el Alígero. Le dan detalles de su funcionamiento y de cómo manejar la clavija para subir, bajar y hacer vuelos rasos. Sancho, desconfiado, se muestra contrario a subirse a él; pero la Trifaldi insiste en que sin su presencia en el vuelo no habría remedio para las barbas de las dueñas. Y Sancho vuelve a negarse con argumentos de todas las clases imaginables, incluso con el argumento de poder sacar beneficio para el desencantamiento de Dulcinea dándose algunos azotes mientras durase el vuelo de don Quijote al reino de Malambruno. Y lo que los ruegos y razonamientos no consiguieron con Sancho, lo lograrán las lágrimas de la Trifaldi con sus palabras de agradecimiento a don Quijote y las quejas conmovedoras de su actual estado, de tal manera que, moviendo también a las lágrimas a Sancho junto con gran parte de los presentes, éste de “propuso en su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo”, lo que ya ha de ser en el próximo capítulo de lo que va siendo esta singular aventura.

González Alonso

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