Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo trigésimo primero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda  parte.- Capítulo trigésimo primero

Que trata de muchas y grandes cosas

Don Quijote y Sancho, acompañados por los duques, llegan al supuesto castillo. A las puertas, advertidos previamente por algunos criados que se adelantaron a la comitiva, recibirán a don Quijote con grandes ceremonias, de lo cual se admira Sancho tanto como el mismo don Quijote que se ve tratado al modo de los caballeros andantes tal y como tenía leído.

A la llegada, la primera preocupación de Sancho será que cuiden bien de su rucio, tarea que encomendará a una dueña del castillo y con la que tendrá un encontronazo cuando ésta se niega a las demandas del escudero y éste viene a llamarle vieja entre frases ingeniosas y refranes.

Se arreglan las diferencias entre Sancho y la dueña al mismo tiempo que se desatan las preocupaciones de don Quijote por el comportamiento de Sancho, por lo que le advertirá y le pedirá que se esté callado y que se piense bien dos veces lo que quiera decir. Sancho lo promete, mas apenas termina de hacerlo, después de observar las ceremonias entre el duque y don Quijote ofreciéndose el uno al otro ocupar la cabecera de la mesa hasta que don Quijote acepta el cumplido, Sancho abrirá la boca para contar un cuento. La historia, salpimentada de circunloquios, detalles superfluos y digresiones, pone nervioso a don Quijote, saca de sus casillas al eclesiástico que los acompaña a la mesa y divierte a los duques que apenas pueden contener la risa, sobre todo cuando escuchan el final en el cual y en una situación entre un hidalgo y un campesino calcada a la protagonizada por el duque y don Quijote, el hidalgo le hará sentar por fuerza, diciéndole: “Sentaos, majagranzas (idiota), que adondequiera que yo me siente seré vuestra cabecera”.

A don Quijote se le demuda el color ante la malicia de su escudero, y para aliviar la tensión el duque saca a relucir el tema delirante del caballero andante, lanzándose éste a hablar de batallas feroces, gigantes vencidos, malandrines castigados y otras historias caballerescas. El eclesiástico, que no estaba avisado de la decisión de los duques de reírse a cuenta los desvaríos del hidalgo manchego, no cabía en sí de estupor escuchando tantos disparates juntos, por lo que recriminará al duque su actitud y amonestará a don Quijote por desquiciado y loco pretendiendo ser un caballero andante en un mundo en el que no había tales caballeros terminando por recomendarle que se volviera a su aldea a cuidar de los suyos y su hacienda.

La respuesta de don Quijote, que había escuchado con atención y una paciencia agotada para convertirse en indignación, no se hizo esperar. Pero será objeto del próximo capítulo.

González Alonso

 

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