Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo trigésimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda  parte.- Capítulo trigésimo

De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora

Mohínos, mojados y enfadados, caballero y escudero dejan las aguas del río Ebro y suben a sus cabalgaduras. Si don Quijote se distrae embebido en los pensamientos amorosos por Dulcinea, Sancho lo hará en los de los dineros perdidos en la aventura y el futuro que podía esperar de aquellas malas andanzas, porque “aunque tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las más, eran disparates”, razón por la cual estaba bastante decidido a volverse a su casa.

Pero la suerte iba a resultar ser muy distinta a como Sancho la imaginaba, ya que a corta distancia pudieron ver a un grupo de cetreros y distinguir entre ellos a una hermosa cazadora. Don Quijote encomienda a Sancho la embajada de acercarse y presentar sus respetos a la bella dama, cosa que hará con gracia y acierto, aceptando la mujer el ofrecimiento con sumo agrado y razones corteses.

Enterado don Quijote de la buena disposición de la dama para recibir su ofrecimiento, se aproximará junto con su escudero al grupo de cazadores a fin de dar cumplida cuenta de lo anticipado.

El caso es que la bella cazadora era una duquesa que, con su marido el duque, estaba pasando unos días de asueto en una casa de campo cercana. La duquesa había reconocido a don Quijote, del que había leído la historia de la primera parte de sus aventuras, mandó dar aviso al duque y ambos decidieron ofrecer acogida a tan célebre como loca pareja para regocijarse con sus extravagancias.

Cuando don Quijote y Sancho se acercan, la poca suerte de éste quiso que se cayera del burro y quedara colgando por una pierna que se le enganchó en un cordón. En esa situación, imposibilitado para ponerse en pie, no pudo acudir a sujetar el estribo de un Rocinante mal cinchado para que desmontara don Quijote, por lo que no hubo forma de evitar el que fuera a parar también a tierra al apoyarse briosamente en el estribo para desmontar lo más gallardamente posible ante la beldad de la dama cazadora.

El duque mandará a sus criados que les ayuden a levantarse. Don Quijote se muestra molesto por tan mal paso y se entrecruzan una serie de ingeniosas disculpas por la caída junto con los distintos elogios y alabanzas de la belleza de la señora que llega a ser comparada en hermosura y virtudes con la misma Dulcinea, mediando los comentarios socarrones de Sancho, que sabía bien quién era Aldonza Lorenzo, alter ego de la idealizada Dulcinea del Toboso.

Las presentaciones concluyen con la invitación de los duques a compartir con ellos unos días, disponiéndose todos para dirigirse a la casa de campo que ocupaban temporalmente y que el duque llamará castillo a fin de darle mayor realce al marco de las fantasías del Caballero de los Leones, antes conocido por el Caballero de la Triste Figura.

González Alonso

 

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