Tiempo al tiempo en el Quijote. Una novela mágica de verano

Tiempo al tiempo en el Quijote. Una novela mágica de verano
Julio González Alonso

Cuando don Quijote se echa a los caminos manchegos y del mundo era un día “de los calurosos del mes de julio” (I,2) y en un año de sequía en el que “habían las nubes negado su rocío a la tierra” y, tal como se hacía todavía en los años 60 del pasado siglo, eran frecuentes las rogativas y procesiones implorando a los cielos la lluvia (II,52). Nada nuevo bajo el sol de la España actual y la de hace 400 años largos.

El caso es que, según Miguel de Cervantes, la epopeya quijotesca se produce en los límites de un verano eterno, que era el tiempo más favorable para pasar las noches al raso o patear los caminos y calzadas del siglo XVII. Por eso, nada más dar entrada a la novela y salida en solitario de su casa al hidalgo Alonso Quijano (I, 2) con la decisión de hacerse armar caballero en el primer castillo a mano que encontrara, se nos dice que tal cosa ocurre bajo el calor de un día del mes de julio, tal y como ya se ha mencionado. Estará fuera de casa un día y medio y volverá a ella como el caballero don Quijote de la Mancha. Luego, quince días más tarde y acompañado ya por un escudero, el campesino Sancho Panza, iniciará la segunda salida.

Hasta aquí, ningún problema con el tiempo. Nos plantaríamos en el 17 o 18 de julio y, campos de Montiel adelante, durante unas 14 jornadas de aventuras don Quijote y Sancho Panza tomarán la dirección de Puerto Lápice; entre tanto, don Quijote se enfrentará a los molinos de viento, se las tendrán con los frailes de San Benito, el vizcaíno saldrá malparado en su encuentro con el caballero andante, tienen tiempo de compartir con unos cabreros, asisten al entierro de Grisóstomo, la sirvienta Maritornes se cruza con los brazos de don Quijote en la noche de la venta, Sancho Panza es manteado, don Quijote arremete contra los ejércitos de los rebaños de ovejas, se enfrentará a unos encamisados, Sancho Panza se cagará los pantalones con el ruido nocturno de unos batanes, liberan a los galeotes y, entrando por Sierra Morena donde don Quijote tiene la intención de hacer de su amor por Dulcinea una dura penitencia a base de golpes, saltos, cabriolas y otras excentricidades, se encuentran una maleta bien provista de ropas y dineros, Sancho pierde el burro o se lo roban –como más tarde se aclarará- y tras otros malos pasos y desventuras, volverán a su aldea acompañados por el cura y el barbero.

La cuestión es que, a estas alturas, las fechas empiezan a estar apretadas y bastante  comprometidas y Cervantes hará ir declinando la novela hacia un tiempo mítico que nos conducirá a aparentes –o reales- incongruencias. De este modo, nos encontraríamos a primeros de agosto con un don Quijote en su casa, donde –según se dice- estuvo todo un mes sin recibir la visita del cura ni del barbero. Luego, y antes de abordar la vuelta a las andanzas y aventuras de los caminos, entrará en tratos con Sancho Panza y el Bachiller Sansón Carrrasco que los acompañará un trecho en el amanecer de aquella gloriosa tercera salida.

Si hacemos correr ese mes de reposo y espera, ya nada nos cuadrará con lo que suceda en adelante. Y el caso es que no importa demasiado, porque a esas alturas de la novela Miguel de Cervantes nos ha convencido de que todo es posible como lo era para don Quijote y nos puede situar sin incomodarnos en cualquier lugar de cualquier día y mes que se le antoje, porque habremos dejado de prestar atención a esta circunstancia sin darle importancia al tiempo; o mejor, se nos olvida el dato.

¡Qué gran y espectacular truco literario! Cuando se nos hace difícil, sino imposible, creer en los magos y encantadores que constantemente cambian la realidad de don Quijote y le arruinan sus aventuras, resulta que nosotros mismos somos cautivos de los encantadores y los magos del tiempo y el espacio, y la realidad de la historia brilla ante nuestros ojos y entendimiento con toda la fuerza de su verosimilitud.

Porque claro, no sólo es que durante el desarrollo de la novela a don Quijote y Sancho no les sorprenda nunca el frío, la nieve, alguna ventisca o siquiera la lluvia, la cual aparece tímidamente una sola vez como tormenta de verano cuando “empezó a llover un poco” y el infortunado barbero se cubrió con la bacía que don Quijote convertirá en yelmo de Mambrino, es que –pese a todo- Miguel de Cervantes insiste en hacer seguir cabalgando a su caballero dentro del mes de agosto durante todo lo que queda de  novela y aventuras; y así, don Quijote escribirá una carta a Dulcinea, despachando de paso una cédula por valor de 3 pollinos a favor de Sancho “el 22 de agosto del presente año” (I,25) que volverá a Sierra Morena con el cura y el barbero (I,27) cuando “el calor [  ] era de los del mes de agosto, que por aquellas partes suele ser el ardor muy grande”. Incluso hay confusión de fechas, ya que si en los capítulos precitados 25 y 27 de la primera parte se habla de agosto, en el capítulo 36 de la segunda Sancho despachará una carta a su mujer Teresa Cascajo desde su puesto de gobernador de la ínsula Barataria fechada a 20 de julio de 1614.

Naturalmente, si contáramos el mes de reposo entre la primera y segunda salida de don Quijote, y unas largas 55 jornadas más  hasta su llegada a Barcelona y vuelta definitiva a su aldea para morir, estaríamos a más de mediados de octubre o a finales de septiembre. Prescindiendo mágicamente de ese mes de espera no andaríamos muy lejos de estar a finales de agosto; además, durante el mes del que tratamos se habrían publicado ya las aventuras de las dos primeras salidas de don Quijote, cuando la preparación de una edición de la época no llevaba menos de un mes y medio. Más curioso aún es que si queremos seguir teniendo a Sancho y don Quijote buscando aventuras prescindiendo del mes de estancia en su aldea, su historia se estaría escribiendo a tiempo real. ¡Cosa de encantadores!

Aunque sigamos convencidos de que pese a todo, todo ocurrirá en los meses de julio y agosto, tampoco nos podemos sustraer a la pérdida que de la cuenta de los días hacen los mismos protagonistas, interesada en el caso de Sancho, cuando discuten el salario del escudero y lo que se le adeudaba por parte de don Quijote. Apenas llevaban 17 días desde el inicio de la tercera salida y Sancho cuenta 25; y cuando don Quijote le dice que sume lo que le adeuda por esos 25 días, Sancho le responde que ha de ser desde que le prometió el gobierno de la ínsula, que a él se le antojan por lo menos 20 años, ante lo cual y lo desmesurado de la petición don Quijote se enfada y calcula que en todas sus salidas llevan apenas 2 meses, cuando en realidad no sobrepasarían los 35 días.

Y el lío continúa. Cuando Sansón Carrasco (II,65) derrota a don Quijote en la playa de Barcelona como El Caballero de la Blanca Luna, asegurará que “habrá tres meses que le salí al camino como caballero andante” en la figura de El Caballero de los Espejos, siendo derrotado por don Quijote y jurándose íntimamente tomar venganza. ¿Tres meses? En la cuenta real podrían cuadrar los tres meses, en la literaria no se sale del tiempo de los días de julio y agosto. ¿Y a estas alturas, qué más nos da? Después de la derrota, “seis días estuvo don Quijote en el lecho, marrido triste, pensativo y malacondicionado” antes de tomar el último y definitivo camino de vuelta a casa, a la cordura, el testamento y la muerte.

Entre tanto, habrán pasado los veranos y las cuentas de sus días buscando en las noches dónde pernoctar, en portalones espaciosos y frescos de las ventas en las que  pasar las horas de calor puestos “a lo verano” (II,72) o acogiéndose a las sombras apacibles de los árboles en mitad del día (I,50) haciendo mesa, solos o con pastores, y comiendo lo que la suerte les deparara o las alforjas del rucio de Sancho suministrara, las más de las veces queso duro y pan más duro todavía; o quizás tropezando con otras sombras amenazadoras y menos gratas en mitad de la noche del Toboso cuando buscando las del amor tras los muros del castillo o palacio de Dulcinea se encuentran con las de la torre de la iglesia.

Con la iglesia hemos dado, Sancho (exclama don Quijote al que la realidad no le engañará ahora)
Ya lo veo – respondió Sancho-, y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura.

Vale.

 

 

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