Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo vigesimoséptimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda  parte.- Capítulo vigesimoséptimo

Donde se da cuenta de quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como la tenía pensada

Cide Hamete (Benengeli) que, como sabemos, es nombre que se corresponde con el de Miguel de Cervantes (consultar: I parte, capítulo IX), da comienzo al capítulo jurando “como cristiano católico…” decir la verdad. La credibilidad de lo dicho  está en función de la raza o la religión, así que ser judío o moro resultaba ser sinónimo de falsedad y la verdad sólo era aceptada en nombre del catolicismo. Cervantes, como judío y escondido tras un nombre árabe tiene que jurar en nombre de la fe dominante e impuesta socialmente, aunque ajena a sus orígenes. Todo un juego de identidades que refleja una parte de la realidad social de la España del XVII.

Y el segundo narrador jura, tanto para decir la verdad sobre don Quijote como para descubrir quién se encontraba realmente tras el personaje de maese Pedro, el titiritero, y su mono adivino. Si en la I parte del Quijote ya se arremete contra Ginés de Pasamonte satirizándolo al ponerlo como reo de una cuerda de forzados de la que lo liberó don Quijote y del que –en mal pago- recibió pedradas, ahora lo vuelve a traer a colación dibujándolo tras el personaje de maese Pedro para tratarlo de mal agradecido, “gente maligna y mal acostumbrada”, llamándole despectivamente “Ginés de Parapilla” y endosándole, además, el hurto del burro de Sancho Panza que había quedado pendiente de explicación el cómo había sucedido.

Cabe recordar que el personaje de Ginés de Pasamonte es la representación del personaje real e histórico de Jerónimo de Pasamonte, ambos –el personaje literario y el real- de origen aragonés. Con Jerónimo de Pasamonte coincidió Cervantes en la batalla de Lepanto, también sufrió cautiverio y resultó ser el autor de un libro, “Vida y trabajos de Jerónimo de Pasamonte” al que alude despectivamente Cervantes, agregando que el susodicho Ginés de Pasamonte era un huido de la justicia “que le buscaba para para castigarle de sus infinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales, que él mismo compuso un gran volumen contándolos

Se explica someramente la historia y peripecias de maese Pedro, prosiguiendo el relato para poner a don Quijote camino de Zaragoza y con la intención de ver primero las riberas del río Ebro.

Se dice que al cabo de dos jornadas sin nada reseñable que contar, caballero y escudero se encontrarán envueltos en la famosa batalla del rebuzno, que al fin no lo fue.

Acercándose don Quijote al grupo de gente cargada de lanzones, arcabuces, espadas y otras armas, que avanzaban en son de guerra bajo un estandarte en el que se dibujaba un burro rebuznando, les dirigió un discurso con el ánimo de disuadirlos, con razones como que uno solo no puede ofender a todo un pueblo y advirtiendo que “cuando la cólera sale de madre, no tiene la lengua padre”, por lo que era justo ignorar lo dicho en ese trance. Abunda, además, en las razones por las que las repúblicas bien concertadas han de tomar las armas y desenvainar las espadas que, una vez enumeradas, no coincidían con las de los vecinos dispuestos a la batalla.

El discurso le gustó tanto a Sancho que, por ensalzarlo, acabará cometiendo el error de rebuznar para demostrar que él también lo hacía bien y que por ello no se ofendía con quienes lo tomaban a chanza, pensando que había incluso más de cuatro que le envidiaban por ello.

Pero la cosa no cayó tan bien en el grueso de la gente armada y recibió la respuesta en forma de un terrible varapalo que le dio uno de los amotinados haciéndolo caer a tierra desde lo alto de su rucio. Don Quijote intentará socorrerlo, pero lo ve imposible tan rodeado como estaba de ballestas, arcabuces y lanzones, saliendo de allí a todo el galope de que era capaz Rocinante con el miedo de que le alcanzase algún disparo.

Sin embargo, los reunidos en escuadrón se contentaron con verlo huir, subieron a Sancho sobre su rucio para que siguiera a su señor y se reuniera con él y esperaron hasta la noche a sus enemigos, pero al ver que no se presentaban se volvieron a su pueblo “regocijados y alegres

González Alonso

 

 

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