Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo vigesimosexto

El retablo de las maravillas de maese PedroEl ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda parte.- Capítulo vigesimosexto
Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas

Todos en la venta, y el primero de todos don Quijote, se aprestan con gusto a contemplar el famoso retablo de las maravillas de maese Pedro, el Ginés de Pasamonte liberado por don Quijote de la cuerda de presos, del que recibiera tan mal pago y al que no reconocieron en esta ocasión en su nuevo disfraz y profesión.

Transcurrirá todo apaciblemente hasta que don Quijote, oyendo contar que en la ciudad de Zaragoza y en poder de los moros se tocaron las campanas de sus mezquitas para alertar a la población, manifiesta vivamente que tal afirmación es un gran disparate, puesto que los moros no usan en modo alguno el toque de campanas. Aclarada la cuestión, prosigue la representación de la historia de amor entre don Gaiferos y Melisendra con su huida y sus avatares.

Don Quijote arremete contra el retablo de las maravillas de maese PedroAvanzando en el relato y representación, don Quijote se mete tanto en la trama que decide tomar parte batallando contra las huestes moras en defensa de los amantes huidos, soltando mandobles a diestro y siniestro de manera que apropiadamente puede decirse que no dejó títere con cabeza, sin que escuchase los lamentos y advertencias llamándole a la sensatez del compungido maese Pedro que veía arruinado todo su negocio.

Cuando don Quijote se sosegó un poco y se detuvo en su descomunal ataque a las figurillas del titerero, todavía dentro de su papel en la historia que creía estar protagonizando, advierte al público asistente de lo evidente de la necesidad de la caballería andante para casos como éste, ya que de no haber mediado su intervención de caballero andante los infortunados Gaiferos y Melisendra serían ahora reos de la inflamada morisma.

Maese Pedro se lamenta de su ruina en tales términos y modo que mueven a compasión al enternecido Sancho Panza, sorprendido y horrorizado –al igual que el resto de los presentes- con la violenta reacción de don Quijote, así que le asegura al titerero que su señor don Quijote le repararía los destrozos –pues era hombre justo y de corazón noble- si cayera en la cuenta de habérselos hecho. Don Quijote no se niega a reparar cualquier daño, aunque confiesa no saber a qué daños se están refiriendo. Maese Pedro, por tanto, se lo hace ver mostrándole los descabezados títeres y don Quijote asegura que él vio y luchó realmente con los personajes y ejércitos, concluyendo que todo debía ser cosa de los encantadores que lo perseguían y que le ponía “las figuras como ellas son delante de los ojos” para luego “mudarlas y trocarlas en las que ellos quieren”.

Declara don Quijote que ese error, “aunque no ha procedido de malicia”, se le El retablo de las maravillas es destrozado por don Quijotecompensará como es debido a maese Pedro. Haciendo cuentas de los destrozos, don Quijote se aviene al pago estipulado por cada figurilla y tramoya, que amplió de manera generosa corriendo con los gastos de la cena para todos los presentes en la venta, la cual hicieron en paz, agradecidos, con alegría y buena compañía.

Se dice que antes de amanecer el día se despiden unos de otros, el de las lanzas y la historia del rebuzno, el primo que los acompañó en la cueva de Montesinos, el pale y maese Pedro, que evitaba como al demonio otras discusiones con don Quijote y que recogiendo a su mono y los despojos del retablo proseguirá su camino en busca de sus aventuras. Sancho Panza pagará generosamente al ventero, que no conocía a don Quijote y al que “tan admirado le tenían sus locuras como su liberalidad”.

Y ya puestos de nuevo en camino se les dejará ir, porque según su autor, “así conviene para dar lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración desta famosa historia” (sic). Sea.

González Alonso

Pintura del retablo de las maravillas atacado por don Quijote

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