Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo decimoctavo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda parte.- Capítulo decimoctavo

Casa del Caballero del Verde  GabánDe lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes

 Resultan destacables en este capítulo, además de su frescura y originalidad, algunas cosas como la alusión a la industria de las tinajas del Toboso en manos, mayoritariamente, de moriscos; también el vocabulario sobre la ropa: valones (calzones o greguescos recogidos en las rodillas), el jubón de gamuza, el cuello a la valona sin randas, los borceguíes, los zapatos, el tahalí o el herreruelo; del mismo modo puede destacarse el interés que sobre el tema de la poesía y los poetas manifiesta don Quijote. Don Lorenzo, hijo del caballero don Diego de Miranda, resulta que era poeta, aunque se confiesa mero diletante de la misma, lo que hace que don Quijote alabe la virtud de la humildad “porque –según su parecer- no hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo”. Al hilo de la cuestión opina sobre los premios literarios, denunciando con ironía que siempre el primero está concedido de antemano, por lo que el segundo siempre será el primero y el tercero será el segundo, con lo que –realmente- el primer premio de un concurso será también siempre el tercero.

Don Lorenzo, a instancias de su padre y con el fin de que determine si don Quijote es loco o no lo es, sacará en su conversación el tema delirante de la caballería andante, ante el cual –como siempre- reaccionará con argumentos y discursos elevando la profesión a la categoría de ciencia que encierra en sí todas las demás ciencias. Con sumo cuidado, don Quijote evita citar al hablar de la ciencia de las leyes, la justicia legal apoyada en los códigos; sigue argumentando le porqué un caballero andante debe ser también teólogo, médico, astrólogo, matemático y estar adornado con todas las virtudes teologales y cardinales (fe, esperanza, caridad, y prudencia, justicia, fortaleza, templanza), además de saber innumerables cosas prácticas como herrar un caballo.

Ante la postura escéptica del estudiante sobre la existencia de caballeros andantes, don Quijote responde con proverbial mesura explicando una vez más lo que dijo muchas veces sobre este error común de las gentes; considera que sería muy útil ahora, como lo fue en siglos pasados, usar de los caballeros andantes, pero entiende que no es así porque ahora triunfan los pecados de “la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo”. Llegados a este punto, don Leonardo, hijo de don Diego, saca la conclusión de que don Quijote “es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos”.

Después de cenar y a instancias de don Quijote, don Lorenzo lee unos versos que don Don Lorenzo llee sus versos a don QuijoteQuijote elogia vivamente y le pide que lea otros de arte de mayor para acabar de aquilatar su valía como poeta. Se dice que don Lorenzo se sintió muy halagado con los elogios recibidos, aunque vinieran de un loco, por lo que el autor deduce que la fuerza de la adulación es muy poderosa. Lee don Lorenzo un soneto que trata del amor entre Píramo y Tisbe; ambos enamorados se hablaban a través de una grieta en la pared que separaba  sus casas. Deciden huir juntos. Tisbe llega primero, pero es herida por una leona y al escapar pierde su velo manchado de sangre. Cuando llega Píramo cree que Tisbe ha muerto y se suicida, y al volver Tisbe y encontrar muerto a su amado ella misma se da muerte con la espada con que se había matado Píramo. Don quijote, oído el soneto, vuelve a romper en elogios sobre el poeta y la calidad de sus versos.

Después de cuatro días en la casa del Caballero de Verde Gabán, don Quijote pide permiso para reanudar su marcha en busca de aventuras camino de Zaragoza y sus justas, no sin antes acercarse a visitar la cueva de Montesinos e indagar personalmente sobre el nacimiento y los verdaderos manantiales de las siete lagunas de Ruidera.

Llegado el momento, con la alegría de don Quijote y la pena de Sancho de abandonar la abundancia y comodidad de la casa para volver a enfrentar la hambruna de los caminos y despoblados, se despidieron no sin antes reponer cumplidamente las alforjas del rucio, momento en el que don Quijote vuelve a sorprender a sus anfitriones con los contrarios razonamientos sobre la caballería andante y la profesión de poeta.

González Alonso

 

 

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