Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo decimoséptimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda parte.- Capítulo decimoséptimo

De donde se declaró el último punto y extremo a donde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felizmente acabada aventura de los leones

 Sancho estaba comprando requesones a unos pastores, cuando recibe el aviso a voces de su señor don Quijote para que acuda a su lado y le diera la celada. Con las prisas, Sancho había guardado los requesones en al solicitada celada que don Quijote, a toda prisa, se pone en la cabeza. Los requesones, aplastados y exprimidos, comenzaron a soltar todo el suero que contenían, corriendo por la cara y las barbas de don Quijote, lo que le dio tal susto que preguntó a Sancho por la causa de que se el ablandasen los sesos de esa manera y que se sintiera sudado de los pies a la cabeza, aunque –advierte- si estaba sudando no lo era por miedo. Le pide a Sancho un trapo con que limpiarse, lo hace y, quitándose la celada y oliendo su interior, descubre que está llena de requesones aplastados, de manera que increpará a Sancho y éste se las apaña para hacerle creer que también él esta siendo perseguido por encantadores que buscan su ruina, argumentando que ni tiene leche ni requesones y que de tenerlos antes se los comería que estropearlos poniéndolos en una celada. –Todo puede ser- concluye con gravedad don Quijote.

No es difícil suponer en este cómico trance que los requesones sean una metáfora de la locura que hace derretirse los sesos.

Nadie, ni el Caballero del Verde Gabán, ni los carreteros ni los ruegos de Sancho, será capaz de hacer desistir a don Quijote de su peregrina idea de enfrentarse a los leones, ante lo cual y una vez alejados por precaución del lugar, uno de los carreteros, encaramado encima de la jaula del primer león, la abre y don Quijote, espada en mano y acercándose lenta y solemnemente a pie, se coloca ante la fiera.

Parece imposible no especular sobre el porqué o los porqués de haber elegido Cervantes a los leones para esta aventura. Primero, porque son y eran animales raros y exóticos en España. Podría, muy bien, haber elegido lobos, osos o toros. Luego, hay que tener en cuenta que tanto el león pasante como el león rampante, forman parte de la heráldica del Reino de León. Pero también, curiosamente, sabemos que en hebreo Judá (y de judá, judaísmo) significa León. Con todo este cóctel caben múltiples interpretaciones, de las cuales tal vez se riera el propio Cervantes. O no. También resultará anecdótico, pero en un inciso o comentario sobre el devenir de esta aventura que Cervantes atribuye al autor de esta obra (o sea a él mismo) utilizará una forma de superlativo hebraico: “…aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles” (hipérbole se usaba como masculino), lo que viene a decir: aunque sean las mayores exageraciones.

El caso es que el león al que se le abren las puertas de la jaula, se despereza mostrando sus fauces, estira sus patas extendiendo sus garras y después de mirar a uno y otro lado se da media vuelta enseñándole los cuartos traseros a don Quijote. Fin de la aventura, pero no de las especulaciones sobre todo el significado de la misma.

Don Quijote, impaciente, insta al carretero a que fustigue y azuce al león, pero éste consigue convencerlo de que ya ha hecho suficiente y mostrado sobradamente su valor de caballero andante.

Vuelven por el mismo sitio que se fueron todos y el del Verde Gabán se queda considerando la circunstancia de encontrarse frente a “un cuerdo loco o un loco que tiraba a cuerdo”, pues “lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto”.

Don Quijote sacará a don Diego de Miranda de sus pensamientos adivinando que debería tenerlo “por un hombre disparatado y loco” para pasar a e explicarle por qué no lo era. En su opinión, le parecía más razonable y útil encontrarse a “un caballero andante socorriendo a una viuda en algún descampado que un cortesano requebrando a una doncella en las ciudades”. En cuanto a la temeridad o la valentía, dice no entender por qué parecía valiente el caballero que “a los ojos del rey, en la mitad de una gran plaza”, da una lanzada a un toro bravo, y se considera temerario o loco al caballero que se enfrenta a unos leones, terminando por definir –entre otras sustanciosas razones- lo que es la valentía como aquella “virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad”.

Don Diego de Miranda, después de tomar en consideración los últimos razonamientos de don Quijote, le ofrece a éste y su escudero llegar a su aldea y su casa donde pudieran descansar, lo cual es muy bien recibido por don Quijote y escudero y ya cerca de las dos de la tarde se dice que llegarían a la dicha aldea y la dicha casa de don Diego, a quien don Quijote llamaba el Caballero del Verde Gabán.

González Alonso

 

 

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