Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo decimosexto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda parte.- Capítulo decimosexto

De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha

Va muy ufano don Quijote después de la victoria sobre el Caballero de los Espejos o del Bosque. Por su parte, Sancho no está convencido de que no se trataran del mismísimo bachiller Sansón Carrasco y su vecino Tomé Cecial que hacía de escudero. Los razonamientos de don Quijote pretenden convencer a Sancho de que se todo fue efecto de encantamiento para evitar –al presentarse su enemigo en la figura de su paisano- que le diera muerte, y lamenta no poder llevar a cabo la aventura de volver a su ser a la también encantada Dulcinea. Sancho, que sabe bien la verdad del engaño de este encantamiento, no quiere seguir discutiendo la cuestión por si le pillan en un renuncio y  cierra la conversación con una sentencia: Dios sabe la verdad de todo.

Mientras caballero y escudero dilucidaban las cuestiones referidas a la victoria y los encantamientos, les dio alcance un hombre vestido todo de verde y que portaba un alfanje morisco. Pasó de largo por no molestar o porque la yegua que montaba no alterase a Rocinante, pero don Quijote y Sancho le sacaron de esas preocupaciones y le pidieron hacer juntos el mismo camino.

 Accedió a ello el caminante y, observando la hechura de don Quijote, no dejaba de admirarse de lo que veía. El mismo don Quijote, consciente de la sorpresa e interés que despertaba en el hombre, se decidió a presentarse y explicar su profesión, cómo y por qué vivía al modo de los caballeros andantes, “socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos”, arrogándose muchas y valerosas hazañas por las que confesó andar ya en los libros y de los que –con falsa modestia- aseguraba haberse impreso treinta mil volúmenes y que él creía que llevaba “camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia”.

Dos consideraciones pueden desprenderse de lo dicho. La primera es que en la España de la época las ediciones no superaban los mil quinientos ejemplares. La segunda es que Cervantes vino a acertar en su pronóstico y, sin que cielo ni infierno lo remediaran, lo cierto es que su Quijote ha superado con creces la cifra de treinta millones de ejemplares.

El del verde gabán, tras lo escuchado, se admira aún más de lo que está viendo, manifestando su extrañeza de que existieran caballeros andantes reales y que anduvieran sus historias en los libros. Don Quijote se declara convencido de que todas las historias caballerescas son reales, pero no quiere entrar en porfías, aplazando la cuestión hasta que le demuestre fehacientemente estar equivocado al sumarse al bando “de los que tienen por cierto que no son verdaderas”.

Llegados a este punto le tocará el turno de presentaciones al hidalgo del verde gabán, y lo hace manera prolija y clara, conmoviendo en su declaración al mismo Sancho que lo toma por santo y le besa los pies, para mayor sorpresa y cierto desconcierto del buen hombre. Afirmará ser, además de aficionado a la lectura y la vida social moderada, hombre de sólidas y firmes creencias religiosas, y tener un único hijo, estudiante en Salamanca, del que se queja por ser inclinado a la poesía contra su propio parecer, lo que dará pie a que don Quijote enhebre un sesudo y bien hilvanado discurso sobre la educación de los hijos y la naturaleza y oficio de la poesía. En la declaración del del verde gabán se ha querido ver por algunos autores el reflejo de la descripción del hombre perfecto de Erasmo de Róterdam.

Cervantes, por boca de don Quijote, declara el amor debido a los hijos, sean buenos o malos, y la obligación de educarlos bien y darles instrucción, respetando sus inclinaciones para elegir los estudios.

De la poesía entiende que ha de servirse de todas las ciencias y a todas serle útil. Denosta la poesía utilizada solamente para hacer sátiras y críticas contra el buen nombre de nadie, aunque sí entiende que debe usarse para denunciar la corrupción y la inmoralidad; considera que es estimada en los países cultos y hace una defensa de las lenguas romances y autóctonas para escribirla. Piensa que “el poeta nace” y que lo es por inclinación natural, aunque “el arte” ayuda a ser mucho mejor poeta. También asegura que no hay buen poeta y buena poesía con solamente el dominio del “arte” o el conocimiento. La conclusión es que “el arte no aventaja a la naturaleza”, sino que la perfecciona, y un “perfecto poeta” sólo se conseguirá con la oportuna mezcla de ambos.

Con éstas y otras consideraciones, el del verde gabán empezó a cambiar de opinión sobre don Quijote, discurriendo que no estaba tan loco como había imaginado en un principio. En ese momento avistaron un carro lleno de banderas reales que se acercaba por el camino, e imaginando don Quijote que aquello era sin duda ocasión de una nueva y gran aventura, empezó a llamar a grandes voces a Sancho Panza, que se había apartado un trecho hasta donde unos pastores para pedirles algo de leche de las ovejas que estaban ordeñando. Sancho vuelve a toda prisa en su rucio para darle la celada a su amo y entonces sucedió, como era de esperar, “una espantosa y desatinada aventura”.

González Alonso

 

 

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