La locura, protagonista del Quijote

La locura, protagonista del Quijote

Como en todos los temas felizmente inconclusos del Quijote, éste de la locura acabará con más preguntas y dudas que explicaciones. Pero resulta inevitable referirse a él, puesto que Miguel de Cervantes lo puso en el centro de la novela. Y como todos los demás temas, lo hizo con una claridad que, de meridiana, resulta sospechosa, además de manejarlo de tal modo que la ambigüedad campara por entre los recovecos de los personajes y las situaciones.

¿Y si empezamos por el título? ¿Por qué “el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” y no “el loco caballero don Quijote de la Mancha”? Porque si en las veces que a lo largo de la novela Cervantes lo tilda de loco en boca de cuantos presencian las acciones del caballero que quieren y pretenden ser aventuras, si al mismo don Quijote le hace referirse y discutir su estado, si Sancho Panza no duda en tildarlo de mentecato y loco y si, finalmente, cuando don Quijote desaparece y pasa a la eternidad de la vida literaria y la fama inmortal para que muriera Alonso Quijano el Bueno y va a ser el mismo Alonso Quijano quien confiese haber sido loco para morir cuerdo, ¿qué significa el apelativo de “ingenioso” en la cabecera del título?

Ingenioso se dice y decía de la persona que tiene la capacidad de inventar y crear cosas; también de quien resulta ser gracioso y ocurrente. Loco se entiende como la persona que ha perdido el juicio y su conducta no es la normal, incapaz de actuar racionalmente. La conducta normal es la que se observa en la mayoría de las personas, llevada a cabo en la sociedad en la que viven y que ven e interpretan la realidad de la misma manera, aceptando las mismas pautas de comportamiento.

De ambas definiciones participará don Quijote. Lo que ocurre es que la ironía, arma y recurso principal de Cervantes, nos coloca ante un imposible hidalgo que pueda llamarse don Quijote, porque el hidalgo era Alonso Quijano el Bueno. Pero Alonso Quijano, que pasa de estar enamorado o loco por las lecturas de los libros de caballerías a ser una persona loca, viendo e interpretando la realidad como él la imaginaba y quería, cambiando sus costumbres, vestidos, pensamiento y nombre, necesitará de “ingenio” para convertirse en caballero, que es lo que pretendía ser don Quijote. Una explicación, en fin, bastante simple. Pero no se me ocurre otra.

No podemos obviar, y no se trata de ningún invento “ingenioso” de Cervantes, el lugar que la locura ocupará en la sociedad y el pensamiento renacentista. De esa realidad no se nutre solamente la obra cervantina; el mismo William Shakespeare nos ofrecerá un soberbio espectáculo con su Hamlet, aunque los grados y clase de locura de don Quijote y Hamlet sean distintos.

Y no solamente don Quijote, sino que dentro de la misma novela coexiste una variada profusión de personajes tocados de la locura; baste recordar la triste y dramática historia de Cardenio, el cuento del loco que llevaba una piedra encima de la cabeza para descargarla sobre los lomos de los infortunados perros o el personaje del licenciado loco, entre otros. Y en obras distintas; de las Novelas Ejemplares recordemos la de “El licenciado vidriera” o la titulada “El coloquio de los perros” que se desarrolla, precisamente, en una institución mental o manicomio.

La locura era habitualmente usada como recurso literario para expresar libremente, a salvo de juicios, opiniones comprometidas y realizar denuncias que, puestas en boca de locos, pasaban por locuras y eran fácilmente disculpadas o ignoradas. Sobre este tema de la locura y cómo se entendía la locura en la sociedad renacentista, atrapada como estaba en un proceso de profunda crisis de valores y creencias, cambios sociales, políticos y relaciones económicas, además de el “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam, aconsejaría la de “El Quijote desde la reivindicación de la racionalidad”, de Serafín Vegas González (Centro de Estudios Cervantinos, 2006).

Pero en lo que concierne a las intenciones de este artículo, meramente especulativo, podemos continuar sin exhaustivas consideraciones planteándonos algo tan elemental como es qué fue lo que  causó la locura de Alonso Quijano para pasar a ser don Quijote.

Cervantes nos ofrece una causa primera: la excesiva y obsesiva lectura por parte del hidalgo Alonso Quijano de los libros de caballerías que, al parecer, “le secaron el cerebro” pasándose las noches en blanco “de manera que vino a perder el juicio del poco dormir y del mucho leer” (I, cap. 1). En las aventuras caballerescas el amor no es causa menor de locura cuando leía cosas del estilo de: “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”, ¡que ya son razones!

El gusto por la lectura llevado al extremo de tomar la decisión de cambiar de nombre, estado y profesión, convertirá en loco a Alonso Quijano y lo empujará a la acción, de tal modo que la acción le servirá a don Quijote para hacer que sus ilusiones transformen la realidad y viva en un mundo de caballeros andantes. Pero en el desarrollo de esta locura y a diferencia –entre otras muchas diferencias- del Quijote apócrifo de Avellaneda, la realidad empujará a don Quijote a la reflexión, siendo entonces más Alonso Quijano que don Quijote. Dicho de otro modo, ambos personajes perviven a lo largo de toda la trama, siendo don Quijote el que transforma la realidad desde la ilusión de caballero andante a través de la acción, y cuando no enfrenta la realidad desde la ilusión, es hombre reflexivo, erudito, culto y admirado por su ecuanimidad. Y ambas facetas coexistirán en el personaje a lo largo de toda la obra, aunque con una clara evolución; en la segunda parte del Quijote, éste irá dejando la acción para encarar la realidad tal cual es y se la ofrecen los demás, aunque resulte ser delirante en muchas ocasiones, a diferencia de la primera parte en la cual la realidad es acomodada a sus deseos. Evolución inversa a la sufrida por Sancho Panza, aunque deba matizarse.

Tenemos, en consecuencia, unas causas de la locura, una expresión de la locura y una evolución de la misma locura hasta su desaparición.

Siempre me he preguntado por los conocimientos de las enfermedades mentales que pudiera haber tenido Cervantes, qué consultas pudo realizar o a qué médicos de la época pudo consultar para informarse. De su capacidad de observación y las ocasiones que le brindó su agitada y controvertida vida no se puede dudar. Su huida a Italia tras el duelo con Antonio Sigura, condenado a perder la mano derecha, su profesión de soldado junto a su hermano, la participación en la batalla de Lepanto donde quedó maltrecho de su mano izquierda, los cinco años de cautiverio en Argel, los sinsabores literarios y enfrentamiento con Lope de Vega, su vida familiar en Esquivias, Valladolid y Madrid, la cárcel en Sevilla, etc. le proporcionaron suficientes sinsabores y oportunidades de conocer los recovecos de la condición humana y su lado más oscuro. Lo sorprendente es que escribiera como escribió, sin amargura ni resentimiento y con la ironía como arma inteligente y la confianza en el valor de su obra menospreciada o, al menos, valorada injustamente.

De este modo, vale la pena subrayar la ausencia de violencia en el Quijote, un libro de caballerías en la forma, autobiográfico y realista en el fondo. Porque, dado el tema y las realidades a las que alude, se reflejan enfrentamientos armados, peleas, desafíos y duelos, pero no hay muertos por estas causas, y los que hay se cuentan en las imaginarias batallas del hidalgo con enemigos y gigantes desaforados. Y lo que resulta más curioso, incluso los palos recibidos y heridas habidas en los encuentros más desafortunados, los leemos y entendemos sin inquina, rencor u odio, sino más bien como los contratiempos de la vida a los que  todos –y Cervantes el primero- estamos condenados a enfrentar en las ocasiones menos felices.

Si desde los presupuestos psicológicos de nuestro siglo tuviéramos que diagnosticar la locura de don Quijote, tal vez podríamos hablar de un paranoico que se conduce con exquisita normalidad y cortesía mientras no aparezca, se cruce o nombre la idea delirante de la caballería. Pero tal vez no resulte ser tan importante poner una etiqueta a una locura que, eso sí, se resuelve y finaliza, se cura, en el momento de morir y hacer testamento Alonso Quijano el Bueno, el que siendo loco fuera don Quijote de la Mancha.

Sobre el tema del testamento citado en el párrafo anterior, cabe la curiosidad de saber que fue y es hoy día un testamento absolutamente legal, tal y como el profesional del Derecho, escritor y poeta leonés de Los Barrios de Gordón, Florencio Gutiérrez Peña deja escrito, explicado y demostrado en su obra “El testamento de Alonso Quijano, en “el Quijote” (ISBN:978-84-616-5487-1.-Madrid,2013), lectura que, como es obvio, recomiendo vivamente y en la que el autor deja dicho de Miguel de Cervantes: “Ha habido y hay hombres inteligentes, eruditos y hasta sabios, pero muy pocos genios, esas personas que con su mente privilegiada ven lo que ninguna otra percibe, y que con su talento creativo entran por primera vez donde ninguna otra había entrado antes, dejando en la historia de su rama un avance cualitativo, una intensa renovación sustantiva, un profundo cambio. En la literatura, es el caso de Miguel de Cervantes Saavedra, inventando la novela moderna, fundándola, en ese libro omnicomprensivo que es Don Quijote de la Mancha, “la reina de las novelas” y la principal obra de la historia de la literatura.

Y no va más, sino manifestar el interés por seguir profundizando en el conocimiento de una obra inmortal, como es “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, sus entresijos y enseñanzas, así como de su autor, el inspirado, inteligente y misterioso Miguel de Cervantes Saavedra. Vale.

González Alonso

 

 

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