Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo decimosegundo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda parte.- Capítulo decimosegundo

De la estraña aventura que le sucedió a don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos

El Caballero de los Espejos, a lo largo de este capítulo será llamado Caballero del Bosque. Y sabido esto, nos encontramos a Cervantes opinando por boca de don Quijote sobre el teatro y los actores. Capítulo aparte es cómo encajaría lo escrito Lope de Vega, habida cuenta de su tan irreparable enemistad como mutua admiración y envidia y tratando del teatro, espina clavada para Cervantes y éxito clamoroso para Lope. Pero yendo al capítulo y lo que don Quijote defiende ante Sancho es que desde su punto de vista el teatro debería tener la función social de representar el mundo como es, a modo de espejo (y como don Quijote mismo se vería reflejado en su encuentro con el Caballero de los Espejos), de manera que las obras de teatro sirvan de reflexión y aprendizaje. El carácter pedagógico de la escena queda meridianamente claro; comediantes y comedias, agrega don Quijote, “son instrumentos de hacer gran bien a la república”.

Continuará el caballero comparando el teatro con la vida que, una vez llegada a su fin, a todo hace iguales. Y Sancho –atento- no da por novedosa la comparación y expone la suya, que es ver la vida como un juego de ajedrez en el que, mientras dura la partida, cada pieza tiene un valor y representa a un personaje, pero que una vez terminada, todas las piezas se revuelven y juntan en una bolsa, que “es como dar con la vida en la sepultura”, consideración ésta que es tomada en cuenta por don Quijote, el cual exclama: “Cada día, Sancho, te vas haciendo menos simple y más discreto[ ]”, lo que Sancho atribuye a las enseñanzas del caballero, haciendo así una valoración positiva de la formación y la educación en su faceta más renacentista de Cervantes cuando afirma que “las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas vienen a dar buenos frutos”.

Llega la noche y se disponen a pasarla al raso. Dejarán libres a las bestias, aunque sin quitar la silla a Rocinante, que en buena amistad se retira con el asno de Sancho, amistad de la que el autor de esta historia hace grandes elogios de hasta dónde pudo llegar, aprovechando para reflexionar cuánto podríamos aprender los humanos de la conducta de los animales, citando a las cigüeñas, perros, grullas, hormigas, elefantes y caballos, y las cosas que cada uno de ellos nos enseñan.

Apenas habían conciliado el sueño don Quijote y Sancho, cuando les sobresaltó un ruido cercano que resultó ser de “dos hombres a caballo” que se disponían también a pasar allí la noche, quejándose el que venía armado de ciertos despechos amorosos.

Don Quijote previene a Sancho de que hay posible aventura, cuando el recién llegado caballero, templando “un laúd o vigüela”, entonó una triste canción amorosa en forma de soneto, para concluir quejándose y preguntándose qué más podría hacer después de haber conseguido “que la confiesen por la más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses, todos los tartesios (andaluces), todos los castellanos y finalmente todos los caballeros de la Mancha”, a lo que don Quijote replica sin poder contenerse: “Eso no, que yo soy de la Mancha y nunca tal he confesado[ ]”.

El Caballero del Bosque, habiendo oído hablar a don Quijote, puesto en pie, en voz alta pregunta por quién se encontraba allí. Se presentan ambos caballeros y dan cuenta de sus cuitas amorosas mediando Sancho en la conversación, lo que el Caballero del Bosque toma por indiscreción al considerar que los escuderos no deben entrar en las conversaciones de los caballeros. El escudero del Caballero del Bosque, acercándose a Sancho, lo toma del brazo y le pide que se aparten para hablar de sus cosas de escuderos y dejar que sus amos se explayen en las suyas de caballeros, cosa que hacen y de cuyas conversaciones se dará cuenta en el capítulo que sigue a éste.

González Alonso

 

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