Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo decimoprimero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda parte.- Capítulo undécimo

De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de “Las Cortes de la Muerte”

 Tan contrariado iba don Quijote pensando en la desgracia del encantamiento de Dulcinea, que soltó las riendas de Rocinante, el cual, viéndose suelto y sin dirección, se dedicaba a pastar aquí y allá las hierbas que  le apetecían, deteniéndose a cada paso.

Sancho Panza, que ve tan decaído a su señor, intenta darle ánimos para que recobre su interés por las aventuras, y con muchas y muy diversas y divertidas razones trataba de traerlo de nuevo a su mundo caballeresco.

En esas andaban, cuando de lejos apareció una carreta de comediantes que venían vestidos con toda clase de disfraces después de representar su comedia en el pueblo dejado atrás y que iban a representarla de nuevo en el que de allí a lo lejos podía verse.

Don Quijote se anima imaginando encontrarse frente a una nueva aventura, pero desconfía de las apariencias y antes de tomar a los comediantes por lo que representaban sus disfraces, plantándose en mitad del camino y deteniendo la marcha de la carreta, les pide toda clase de explicaciones. Los comediantes se las dan y don Quijote acepta la realidad con algunos comentarios sobre la farándula y su gusto por ella desde muy joven.

Quiso la mala fortuna que uno de los comediantes, vestido de bojiganga o bufón, se pusiera delante de Rocinante haciendo golpear sus vejigas hinchadas contra el suelo y haciendo sonar sus cascabeles mientras hacia piruetas y daba grandes saltos, todo lo cual asustó a Rocinante que arrancó con una descontrolada carrera que dio finalmente con él y su señor en los suelos en una aparatosa caída.

Corre Sancho al auxilio de don Quijote, cuando el impertinente bufón, subiéndose al asno de Sancho y golpeándolo con las vejigas, emprende carrera hacia el pueblo al que se dirigía la compañía. Sancho no sabe qué caso atender primero, si el de su burro o el de su amo. Finalmente, puede más el amor a su amo que la devoción por su burro y socorre a don Quijote, el cual, viendo la afrenta del burro, quiere castigarla en cualquiera de los comediantes de la compañía.

Sancho advierte que ya el bojiganga, dejándose caer a tierra por imitar y ridiculizar la caída de don Quijote, ha dejado libre al asno que vuelve por su paso en busca de su dueño. Le aconseja entonces a don Quijote que no intervenga, pero el caballero, dando grandes voces, llega a donde la carreta y los de ella, notando las intenciones de aquel mal armado caballero, cogen piedras y se disponen a recibirlo de muy mala manera desplegados a todo lo ancho.

Sancho no deja de hablar y dar razones por las que le interesa a don Quijote enfrentarse a las piedras de los comediantes sin que haya razón que lo convenza de hacerlo. Pero, finalmente, da con un argumento al que el caballero no puede poner ninguna objeción, y es que iba a entrar en batalla con gentes ajenas a la caballería andante.

Don Quijote admite el argumento de peso de Sancho. Le propone, entonces, que sea él mismo quien lleve a efecto el desagravio del burro, siguiendo las instrucciones que le daría desde lejos. Sancho, que ni por pienso tenía intención de enfrentarse al apedreamiento, convence a don Quijote de que su asno sabría aceptar lo que él le dijera y sobrellevaría aquella humillación sin necesidad de pelea alguna.

Vista la determinación de su escudero, don Quijote se dirige a él y llamándolo “Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero” acepta sin reservas su decisión de dejar “estas fantasmas” y volver “a buscar mejores y más calificadas aventuras”. Vuelven las riendas dando final feliz a esta aventura gracias a los prudentes consejos de Sancho, que recibe, en esta ocasión, los elogios de don Quijote.

Resulta importante destacar cómo don Quijote está dispuesto a poner en práctica sus ideales caballerescos sin transformar la realidad. Curiosamente, cuando la realidad se le ofrece como algo irreal y mágico en el cuadro de los comediantes en medio del camino, don Quijote la interpreta sin engaños. A partir de ahora serán los demás los que recreen las locuras en las que envolverán al caballero sin que él tenga que hacer nada por imaginarlas.

Siguiendo su camino, al día siguiente se enfrentarán a otra aventura con “un enamorado y andante caballero” que promete no menos suspense que la relatada en este capítulo.

González Alonso

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