Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo décimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda parte.- Capítulo décimo
Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos

 De la trascendencia de este capítulo ya nos avisa su autor, con temor y frases proverbiales. Pero los temores porque las locuras extremadas de don Quijote pudieran parecer mentira en esta verdadera historia, no son –con ser importantes- tanto como el enfrentamiento que hace Sancho entre “realidad e ilusión” al hablar de Dulcinea y dejarla “encantada”, lo que marcará una decisiva evolución de la novela y una nueva visión del personaje Dulcinea.

Marca también este capítulo un punto de inflexión en la percepción de la realidad del caballero manchego. El mundo imaginario de la caballería andante y justiciera ya no se le aparece en el mundo real, sus cosas y sus gentes; serán los demás, cuantos lo rodean, quienes quieran hacerle ver ese mundo y lo recreen para él con la intención de engañarlo y burlarse.

El resultado continúa siendo, igualmente, grotesco. En el alma y la imaginación de don Quijote el mundo de la caballería continúa siendo real, aunque no lo encuentre en el mundo que lo rodea y que le muestran. No queda otro remedio que negar lo mostrado y fiarse de sus sentidos o, por el contrario, disponerse a creerlo y atribuir la discrepancia entre lo que él ve y lo que le dicen que es a la perversa acción de encantadores envidiosos de sus hazañas y valor.

Así sucede que don Quijote enviará a su escudero al Toboso con el encargo de entrevistarse con Dulcinea, observar con atención sus variadas reacciones, cambios de humor, de color de su tez, gestos y detalles que el caballero sabrá interpretar como si fueses las palabras de una carta y saber así si le hablan de amor o de indiferencia, de admiración o desprecio, recibiendo en unos casos felicidad o sufriendo, en otros, despecho con ello.

Antes, y para animar a Sancho, don Quijote le prometerá los despojos de la primera batalla que tuviere y, mientras tanto, le regalará “las crías que este año me dieren las tres yeguas mías, que tú sabes que quedan para parir en el prado concejil de nuestro pueblo”. El caso es que la organización en concejos de los pueblos es propia de los pueblos leoneses y asturianos y sus tradiciones consuetudinarias. El concejo, como forma de organización participativa, surgirá en el Reino de León. La conquista de nuevos territorios peninsulares llevaría también las formas de organización, así que el sistema concejil se extendió en buena manera por gran parte de la España medieval.

Sancho toma el camino del Toboso, pero no llega muy lejos, ya que sabe lo inútil del viaje. Se queda apartado del camino e inicia una reflexión en forma de largo soliloquio, llegando a la conclusión de que si don Quijote vio gigantes donde había molinos, ejércitos donde había rebaños de ovejas y carneros, castillos en lugar de ventas y así una larga cadena de disparates, también podría él hacerle creer que ve princesas donde sólo haya simples campesinas. Toma, pues, la decisión de convertir en Dulcinea a la primera labriega que encontrare, lo que ocurrió de allí a muy poco cuando vio de lejos cómo se aproximaban tres mujeres sobre tres borricos.

Sin más dilación, Sancho vuelve sobre sus pasos a donde don Quijote, bien puesto sobre Rocinante, esperaba envuelto en suspiros, reproches y tiernas expresiones amorosas. Le dice que Dulcinea y sus doncellas se acercan a saludarlo. Las describe por todo lo alto y detalle de lujo sobre su belleza, ricos vestidos y nobles monturas. Don Quijote tiembla emocionado y sale al encuentro de sus sueños. Cuando se ve frente a tres ordinarias aldeanas su desconcierto es enorme. Sancho, decidido, no callará ni cesará en alabar todas las bondades y más del cortejo, postrándose de rodillas ante ellas y presentándoles a su señor. Don Quijote, confundido y perplejo, se hinca también de rodillas y le dirige a la supuesta Dulcinea sus más corteses, amorosas y fervorosas palabras.

Las aldeanas no dan crédito a lo que está ocurriendo, desconfían de aquellos locos que cortan su camino y en lenguaje vulgar y zafio, cargado de frases hechas y refranes, les responden y piden que las dejen pasar y proseguir su camino.

Sancho se hace a un lado, seguido de un pasmado don Quijote que no puede dar crédito a cuanto le está sucediendo, y en el intento de salir lo más rápidamente posible de allí, la campesina a la que Sancho había atribuido el papel de Dulcinea cae de su montura. Don Quijote, solícito, acude a levantarla; pero antes de que lo consiga, ella misma lo hará y de un salto se sube a horcajadas sobre la burra.

Todo lo ve y lo sufre don Quijote; la apariencia de la dama, el pelaje del pollino que monta, los gestos, su lenguaje y hasta su irrefrenable olor a ajos. Y todo, sin embargo, lo transmuta Sancho en belleza, elegancia, finura, alto y cultivado lenguaje y aromas de ambrosía.

Se lamenta amargamente don Quijote de aquel cruel encantamiento que le impide disfrutar de la vista de Dulcinea y del castigo del encantador que tanto le envidia y persigue. Sancho apenas consigue reprimir la risa viendo lo convencido que queda su amo con el engaño y lo bien parado que queda él en todo el enredo, del que consigue –de paso- algunos bienes a costa de la hacienda del caballero.

Y así, amo y escudero, cada cual con su broma y contrariedad, retoman el largo camino hacia Zaragoza, donde don Quijote esperaba tomar parte en unas justas muy famosas que en la ciudad se celebraban.

González Alonso

4 pensamientos en “Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo décimo

    • Oportuno… ¡y necesario! Es de justicia reconocer la gran tarea desarrollada por Joan Manuel Serrat y otros cantautores, músicos, poetas, en favor de la cultura acercándola a la gente, poniéndola en la calle y en las casas. Es justo reconocerlo y justo agradecérselo.
      Salud.

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