Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo noveno

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda parte.- Capítulo noveno

Donde se cuenta lo que en él se verá

 Don Quijote y Sancho entran en el Toboso de noche acompañados por  los malos agüeros de gritos de animales. Es ésta la segunda vez que se refiere Cervantes a esta clase de supersticiones populares, después de la señalada en el primer capítulo de esta segunda parte del Quijote.

Don Quijote empieza a ver las cosas como realmente son y no como las imagina o desea. El bulto grande que hacía una sombra alargada y que toma por el castillo de Dulcinea, se le presenta como lo que es, la torre de la iglesia del pueblo, diciendo: “con la iglesia hemos dado, Sancho”, frase que se ha hecho muy popular cambiando el participio “dado” por el de “topado” en una interpretación abusiva del texto para conferirle un claro sentido anticlerical que no puede justificarse en el sentido general del capítulo. Resulta curioso el uso del leonesismo “luego” con el significado de “enseguida o pronto”. Aunque no es el único detalle.

Cuando Sancho da por bueno que lo que tenían delante era la iglesia, sobrecogido por el miedo propio y el que venía de las supersticiones, previene a don Quijote de andar por allí a aquellas horas para tal vez encontrar, en lugar del buscado castillo, la iglesia y el cementerio que la rodea, temiendo atraer sobre ellos la mala suerte o a la misma muerte.

El caso es que parece bastante probado que en el siglo XVII no era ésta la costumbre en tierras manchegas, sino la de hacer los enterramientos dentro de la misma iglesia. La tradición de enterrar fuera de la iglesia se encontraba en tierras gallegas y leonesas del viejo reino. Era imposible, en sentido literal, que en el Toboso se encontraran con la iglesia que se describe.

En la misma respuesta de Sancho se comenta también como signo de mala suerte o señal el que “la casa desta señora ha de estar en una callejuela sin salida”, lo que -además- puede interpretarse como un agravio para Dulcinea, ya que en dichas callejuelas acostumbraban a vivir gentes de conducta dudosa y los fugitivos de la justicia. Pero también, metafóricamente, alude a la imposibilidad de encontrar a Dulcinea, puesto que Sancho sabe que tal señora no existe.

Don Quijote, que encuentra absurda la idea de construir un castillo o un palacio en una callejuela, sin captar el sentido último del comentario de Sancho, tilda a éste de mentecato y Sancho se defiende argumentando que tal vez los usos sean distintos según las tierras y lugares, disculpando su desconocimiento de la ubicación de la casa de Dulcinea con el argumento de que solamente la vio una vez, y de día, para pasarle al pelota a don Quijote diciendo que él debería saberlo mejor por haberla visto “millares de veces”.

Enojado, el caballero le explica que lo que le había dicho “mil veces” es que en su vida había visto a Dulcinea –lo que es rigurosamente cierto, puesto que no existe- y que está enamorado de ella “de oidas”. Sancho Panza, de igual modo, confiesa no haberla visto tampoco nunca. Don Quijote, perplejo, le recuerda cómo le dijo haberla visto “ahechando trigo”. Sancho le pide que lo olvide, que tanto la vista de Dulcinea como la respuesta a la carta también habían sido de oídas, y don Quijote –abrumado- le advierte que no es el mejor momento para hacer burlas.

Y en esas andaban, Sancho intentando esconder sus mentiras y don Quijote interrogándolo, cuando fueron interrumpidos por la visión y la canción de un labrador que conducía dos bueyes arrastrando un arado. Don Quijote se dirige al labrador y le pregunta por el castillo de Dulcinea. El labrador, que era nuevo en el pueblo, dice desconocer tal casa y a tal señora y les remite al cura y al sacristán para que ellos les informen.

Sancho, que ve a su amo confuso y molesto, le aconseja salir del pueblo –que él eleva a la categoría de ciudad- pues empieza a clarear el alba, y se compromete a venir él solo mientras don Quijote espera emboscado en una arboleda cercana y así buscar el palacio de Dulcinea y darle el recado que le mande.

No le parece mal a don Quijote la idea de Sancho y así, Sancho más tranquilo ganando tiempo para sus embustes y don Quijote para sus reflexiones, se alejaron unas dos millas del lugar, donde había un bosque y donde se quedó el caballero esperando la vuelta y las nuevas de Sancho.

Y de lo que ha de suceder, ya se verá. Mientras tanto, además de los detalles mencionados sobre los rasgos o rastros leoneses encontrados en el capítulo, hay que destacar la evolución de la percepción de la realidad de don Quijote y la progresiva evolución de su lenguaje, en el cual los arcaísmos son cada vez más escasos. Todo parece indicar que Cervantes escribe cada vez con mayor soltura, alejado de las estrecheces convencionales para volcarse en lo que realmente importa, el contenido literario del relato en el que aflorarán recuerdos, usos, costumbres y convicciones con cada vez mayor naturalidad. La topografía del Quijote es cada vez más literaria, amplia y universal. Poco a poco ese “lugar” del primer capítulo de la obra del que el autor no se acordaba -y no que no quisiera acordarse-, pasa de ser algo más que una aldea y menos que una villa a convertirse en una patria ancha que abarca a toda España, dentro de la cual, de manera muchas veces relevante, aparecerán los paisajes leoneses de sus ancestros judíos.

González Alonso

 

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