Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo sexto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra

Segunda parte.- Capítulo sexto

De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y su ama, y es uno de los importantes capítulos de esta historia

Que Miguel de Cervantes haya subrayado la importancia de este capítulo no deja de tener su razón de ser. Don Quijote no se justifica a sí mismo y defiende, una vez más, la existencia y necesidad de la caballería andante, para poner sobre la mesa, además, el origen de los linajes. El tema revela  las  aspiraciones del propio Cervantes de conseguir algún título que le pusiese a salvo de sospechas sobre su limpieza de sangre. Todo esto, naturalmente, al socaire de su personaje, con el que se identifica tanto y tantas veces.

El ama y la sobrina se barruntaban las intenciones de don Quijote y querían evitar a toda costa que partiera por tercera vez a recorrer los caminos en busca de aventuras que para ellas eran “desdichas”. El ama le amenaza con quejarse al mismo Dios y al rey, a lo que replicará don Quijote que no sabía cuál habría de ser la respuesta de Dios, pero que molestar al rey por una cosa tan pequeña como la suya teniendo que resolver cada día tantas y tan grandes, le parecía estar de más.

La sobrina, más firme y explícita, le dice: “Advierta vuestra merced que todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un sambenito o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de las buenas costumbres”.

Don Quijote, enfadado, considera blasfemas las palabas de su sobrina y solamente la exonera del castigo por ser como era hija de su propia hermana, admirándose de que “una rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas se atreva a poner lengua y censurar la historia de los caballeros andantes”. La sobrina no se amilana y, volviendo a la carga, pone en evidencia la descarnada realidad de su tío: “¡Válame Dios! ¡Que sepa vuestra merced tanto, señor mío,[  ] y que con todo esto dé en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente, siendo viejo; que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres…!”

Don Quijote, sosegado, le da la razón a la sobrina sobre lo expuesto y pasa a darle la explicación sobre la teoría de los linajes, de los que distingue cuatro clases: La primera clase que se  corresponde a la de los humildes que alcanzan la grandeza; la segunda, que es la de aquellos que tuvieron principios grandes y conservan su estatus; una tercera que corresponde a la de quienes habiendo tenido principios grandes acaban perdiendo la grandeza heredada; y una cuarta clase a la que pertenecen los que sin medios y de origen plebeyo consiguen la grandeza a costa de su virtud y abnegación. Por entre estas razones se cuelan críticas a los caballeros que lo parecen, pero no lo son, y advierte del valor de la virtud ya que “el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el rico no liberal será un avaro mendigo, que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino en gastarlas, y no gastarlas como quiera, sino el saberlas bien gastar”.

Don Quijote se ve reflejado en esa cuarta clase de caballeros esforzados, virtuosos y honestos, citando al poeta Garcilaso de la Vega:

Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de allí declina.

Oído lo anterior, la sobrina se lamenta de que su tío sea también poeta y se muestra convencida de que, poniéndose a ello y con lo que sabe, sería capaz de llevar a cabo cualquier oficio, lo que don Quijote no niega que pudiera hacer “si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos”.

Llaman a la puerta. Al preguntar quién era y responder Sancho Panza, el ama se retira para no verlo, ya que le había cogido mucha manía. Abre la sobrina, sale don Quijote y lo recibe con los brazos abiertos, dirigiéndose a su aposento donde tuvieron el siguiente coloquio como se dirá en el capítulo VII de esta segunda parte.

González Alonso

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2 pensamientos en “Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo sexto

  1. La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.

    Miguel de Cervantes Saavedra

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    • ¡Llegaremos o alcanzaremos esa “libertad” mayúscula, esencial, aunque no regalada del cielo! Y la encontraremos, tal cual citas, en el capítulo LVIII de la parte segunda de la genial obra cervantina.
      Gracias por el somero repaso por las distintas entregas publicadas en este cuaderno.
      Salud.

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