Don Quijote de la Mancha.- Segunda parte, capítulo primero

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda parte.- Capítulo primero

De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad

De nuevo Cide Hamete Benengeli iniciará “la segunda parte desta historia y tercera salida de don Quijote”. Recordemos (I, cap.9) cómo el nombre de Miguel de Cervantes se encuentra en el de Cide Hamete Benengeli, a quien atribuye el encuentro de los papeles en los que estaba escrito el Quijote: Hamete significa Miguel; Benengeli, y no Berengeli (Berenjena), quiere decir “lugar de ciervos”, o sea, Cervantes, y Cide se traduce por Señor: el Señor Miguel de Cervantes. Estratagema que permite a Cervantes ser sólo transmisor de una historia escrita por otro, pero que –como vemos- son la misma persona.

Dos detalles al hilo del nombre de Cide Hamete Benengeli al comienzo de cada una de las dos partes del Quijote. En la nota 3 a pie de página del inicio de este capítulo de la edición de Francisco Rico (Edit. Crítica, Barcelona.-2001) se nos explica cómo la referencia al autor arábigo “sirve para enlazar este segundo tomo con el final del primero, publicado 10 años antes, cumpliendo la promesa de “sacar y buscar” otros papeles que completaran la historia”. Podemos añadir que, además de servir al fin subrayado de enlazar ambos tomos, sirve –igualmente- para declarar al autor verdadero del Quijote, aunque sea de un modo encriptado.

El otro detalle reseñable es que “por primera vez se habla de “segunda parte”, anulando las cuatro en que se dividía el primer tomo y variando la distribución y estructura de la obra”. Esta tercera salida se materializará en el capítulo octavo y se corresponderá con el comienzo de la primavera, aunque resulta muy difícil establecer con rigor una cronología de la novela, ya que se dice que la primera parte empieza un viernes de principios de julio para concluir un domingo de septiembre, cuando también se afirma que la segunda parte y tercera salida de don Quijote daría comienzo un mes más tarde del final de la primera parte, lo que se correspondería con el mes de octubre, pero se citan hechos contradictorios con estas fechas como son las Justas de San Jorge (abril), la carta de Sancho a su mujer fechada el 20 de julio de 1614 y –para colmo- don Quijote llegará a Barcelona por las fechas de San Juan (24 de junio).

¿Tienen realmente importancia las circunstancias referidas en el párrafo anterior sobre el tiempo de la novela? En mi opinión, no. Se trata de una obra literaria que transcurre en verano, época adecuada para aventuras y –según creencias de la época- también para locuras por la influencia del calor. Pero, además, ¿un lector normal va a tener en cuenta este batiburrillo de fechas? Pues no. Un lector normal se sentirá envuelto por la atmósfera mágica y poética de la obra sumergiéndose en la interpretación de la misma según la clase de lectura que realice, cómica o seria, triste o alegre, desenfadada o comprometida, sin necesidad de bajarse a especular sobre otras cuestiones. Ese abandono y entrega del lector a la novela, capaz de hacerle ignorar por irrelevantes estos datos, se debe a la genialidad narrativa de Miguel de Cervantes.

Pero vayamos al capítulo y lo que en él acontece. Y así se dice cómo la sobrina y su ama se dedicaron a alimentar bien a don Quijote a fin de restablecer la salud de su reblandecido cerebro, y cómo creyeron irlo consiguiendo por las muestras del buen juicio que su señor iba dando por momentos.

A fin de verificar dicha mejoría, el cura y el barbero decidieron –pasado un mes de su vuelta a casa en el carro de bueyes encantado- hacerle una visita, aunque sin tocar para nada el tema de la caballería andante, a fin de no reabrir unas heridas aún por cicatrizar.

Hablaron de política o “razón de estado” y las formas de gobierno. Todo iba de maravillas y el ama y la sobrina, presentes en al entrevistas, no cabían en sí de gozo comprobando las acertadas respuestas y juiciosos planteamientos de su señor.

Quiso el diablo que el cura cambiara la intención primera de no tocar el tema de la caballería y los caballeros andantes con el deseo de experimentar si la cura de don Quijote era verdadera o falsa, y le colocó el tema del turco y la amenaza para el Emperador y toda la cristiandad. Y claro, en cuanto mencionaron el tema delirante de don Quijote, éste no pudo encontrar mejor solución para acabar con los turcos que enfrentarlos con los caballeros andantes. Es más, afirmará rotundamente ante las suspicacias de ama y sobrina, ser caballero andante y morir siéndolo, para decepción de todos y mayor preocupación de las mujeres.

El barbero, mediando en la conversación, ve oportuno contar un cuento con el consentimiento de don Quijote y será, cómo no, un cuento sobre locos ambientado en Sevilla. En éste, se trata el caso de un ilustre licenciado que enfermó y fue recluido por sus familiares en un manicomio. Pasados los años empezó a dar muestras de buen entendimiento y sensatez, escribiendo cartas para pedir su salida del manicomio y explicando que la única razón de seguir encerrado era el interés de su familia por hacerse con toda su fortuna. El arzobispo, para asegurarse, envió a un sacerdote al manicomio y después de una hora larga de conversación con el loco, acabó convencido de su curación. Así pues, abandonará sus vestidos de loco y viste sus ropas de licenciado. Pero antes de salir, les pide a los presentes el favor de dejar despedirse de sus antiguos compañeros de desgracia. Con mucha prudencia y sensatez anima a uno de los locos, le ofrece su ayuda y le da esperanzas de conseguir también su curación. Otro loco que oyó la conversación, airado y dando voces le dijo que era una injusticia que lo dejasen libre y a él lo mantuvieran encerrado, asegurando que estaba tan loco como antes. Antes de que saliesen, y siempre gritando, les dijo que haría caer sobre Sevilla una ola terrible de calor y una sequía hasta se reparara la injusticia cometida, ya que él era Júpiter Tonante. El licenciado se volvió a sus acompañantes y para tranquilizarlos les dijo que no tenían por qué preocuparse, ya que él, que era Neptuno, haría llover cuanto quisiese e hiciese falta.

No le gustó a don Quijote el cuento ni la oportunidad de contarlo, viéndose él bien diferente al loco referido y entendiendo que no cabían las comparaciones, para –sin pausa- renovar todas las bondades de las órdenes de caballería y el buen servicio que harían contra el turco, alternando imágenes delirantes del poder, entrega y esfuerzo de los caballeros, con razonados juicios sobre los tiempos pasados y enaltecimiento de los valores que echaba en falta, tales como la diligencia, el esfuerzo del trabajo, la constancia, la virtud, la valentía y la práctica de la acción, en contra de los pecados de los tiempos modernos, como la pereza, el egoísmo, la ociosidad, el vicio, la arrogancia y la vanidad de las teorías estériles. Renueva con arrebato su ideal de “dar a entender al mundo en el error en que está” de no volver a los tiempos de la edad de oro, donde se respetaba a las doncellas, se socorría a los huérfanos y pupilos, se castigaba a los soberbios y se premiaba, en fin, a los humildes, en lo que parece –según Francisco Rico- una reminiscencia virgiliana (I,52)o un eco del Cántico de la Virgen al Señor (Lucas,VII,52-53).

El cura no desfallece ante el renovado ímpetu de don Quijote y habla para considerar a todos los caballeros andantes “de ficción, fábula y mentira y sueños contados por hombres despiertos o, por mejor decir, medio dormidos”, en una clara asociación del sueño con la ficción.

Menos aún dará su brazo a torcer don Quijote, considerando que lo afirmado por el cura era otro error que, punto por punto, se presta e enmendar, empezando por asegurar la verdadera existencia de gigantes y poniendo como prueba incontestable las mismísimas Sagradas Escritura que “no pueden faltar un átomo a la verdad” cuando nos cuentan la historia “de aquel filisterazo de Golías, que tiene siete codos y medio de altura, que es una desmesurada grandeza”. Sigue, en fin, enfrascado en su apasionada exposición hasta que acudieron todos a los gritos que el ama y la sobrina estaban dando en el patio una vez que habían abandonado la conversación.

González Alonso

 

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