Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo quincuagésimo segundo

 

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha

Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo quincuagésimo segundo

De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los disciplinantes, a quien dio felice fin a costa de su sudor

Con este capítulo y aventura se da fin a la segunda salida de don Quijote. Tras la historia del cabrero que todos, incluido don Quijote, celebraron con gusto, se verán envueltos en una cómica pelea a la que se suma como puede Sancho Panza. La causa fue la observación que hizo el cabrero sobre la locura de don Quijote.

Aquietados por el sonar de una trompeta y el cansancio de tantos golpes dados y recibidos, don Quijote se verá envuelto en una nueva desdichada aventura al intentar demostrar al cabrero y los presentes cuál era el valor y la necesidad de la caballería andante atacando a una procesión de disciplinantes que portaban la imagen de la virgen María hasta una ermita próxima para pedir o hacer rogativas a fin de dar fin a la sequía que aquel año se sufría en aquellas comarcas.

Sancho, espantado, le advierte a su señor: ¿A dónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho que le incitan a ir contra nuestra fe católica?, advertencia que don Quijote ya no podía tomar en consideración, tan determinado como iba de liberar a la cautiva dama que imaginaba llevaban los encapuchados.

El enfrentamiento acabó con don Quijote malparado y caído a tierra tras el terrible golpe  que con gran acierto le propinó en un hombro uno de los porteadores de la virgen. Allá se llegaron todos y Sancho el primero que, llorando y dando por muerto a su señor, se deshace en elogios a su persona y sus innumerables cualidades y virtudes.

En medio de tanto llanto y desconsuelo se va reponiendo don Quijote y su mente vuela a Dulcinea con encendidas palabras para, seguidamente, pedirle a Sancho que lo ayude a levantarse y volver al carromato en que lo llevaban a su aldea.

Reanudada la marcha al paso de los pacientes bueyes y llegados al lugar de Sancho y don Quijote, los recibirán los lamentos de ama y sobrina, por un lado, y de la mujer de Sancho, por el otro. Las unas, renegando y maldiciendo los libros de caballería y la otra pidiéndole cuentas de lo que había ganado o sacado en limpio con la compañía y al servicio del caballero andante. La respuesta que Sancho da a su mujer significa un avance en sus dotes oratorias para no responder a lo que se le pregunta con el argumento de que “no está hecha la miel para la boca del asno” y remitirse a la eterna promesa de recibir el gobierno de una ínsula, cosa que ni su mujer ni él mismo sabían lo que era.

La mujer de Sancho recibe diversos nombres a lo largo de la novela hasta que a partir del capítulo 5 de la segunda parte pase a ser llamada siempre Teresa. Así, hasta ese momento, será Juana, Mari Gutiérrez, Juana Gutiérrez, Juana Panza, Cascajo, Sancha o Teresa Panza (I, 7,52).

Resultan reseñables en este capítulo 52 y último de la primera parte, las siguientes cuestiones:

1.- La noticia que se da de que don Quijote hará una tercera salida en la que se iría a Zaragoza con la intención de participar en unas justas que allí se celebraban, idea a la que renunció Cervantes tras la publicación de la segunda parte del Quijote apócrifo de Avellaneda.

2.-La ubicación burlesca de una Academia literaria en Argamasilla (¿de Alba o de Calatrava?)

3.- La aparición de una caja de plomo que tenía un médico y que se había encontrado en los cimientos derribados de una antigua ermita. La caja contenía pergaminos con letras góticas en versos castellanos que hablaban de temas relacionados con las aventuras y la historia del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. ¿Una alusión a los falsos libros de Sacromonte, fabricados para evitar la expulsión de los moriscos den 1588, de autenticidad discutida en los tiempos de Cervantes?

Sea como fuere, el caso es que antes de abrir la caja de plomo y dar lectura a los cuatro sonetos y las dos composiciones breves en redondillas (los epitafios de Dulcinea y del propio don Quijote y Sancho) encontradas en la mencionada caja junto a numerosos legajos de difícil o imposible lectura e interpretación, quedó don Quijote al cuidado del ama y la sobrina, no sin temor de que, una vez repuesto y mejorado, volviera a sus andanzas, como –efectivamente- así fue:  ellas quedaron confusas y temerosas de que se habían de ver sin su amo en el mesmo punto que tuviese alguna mejoría, y así fue como ellas se lo imaginaron.

González Alonso

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