Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo cuadragésimo octavo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo cuadragésimo octavo

Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

El canónigo, en un acalorado discurso, expresa su opinión sobre las novelas de caballerías asegurando estar escritas para satisfacer el gusto del vulgo, carente de juicio fundado; y apunta que ahora son las nuevas comedias las que vienen a sustituir a las novelas caballerescas. De las comedias dice que “todas, o las más, son conocidos disparates y cosas que no llevan ni pies ni cabeza”, lo que no resulta ser obstáculo para que la inmensa mayoría de la gente las oigan con gusto, y las tengan y aprueben por buenas, haciendo justicia a la sentencia del Eclesiastés (I,15): “stultorum infinitus est numerus” (El número de los tontos es infinito) que Cervantes recoge, escribiendo: “es más el número de los simples que el de los prudentes”.

Plantea el canónigo la eterna cuestión: escribir para la mayoría atendiendo al gusto de la gente o hacerlo fieles al arte y las reglas con criterios de calidad.

Los autores de la época se encuentran divididos, pero la mayoría opta por dar gusto al vulgo y asegurarse unos beneficios, considerando que las tenidas por buenas obras, exigentes en contenido y tratamiento, solamente sirven para cuatro ilustrados. En este sentido el canónigo manifiesta su preferencia por las obras de calidad, que entiende ser de mayor provecho y cualidades, y piensa que todo es cuestión de educación y formación, elevando el gusto de la gente con ellas y consiguiendo el éxito y beneficios deseados; y para ilustrar lo que dice, pone algunos ejemplos de obras de estas características que lograron gran reconocimiento en España.

En esta disquisición citará en dos ocasiones a Lope de Vega con distinta suerte, pues si le reconoce el mérito de saber cómo se escribe una buena obra y haberlo hecho con algunas como La ingratitud vengada, también le echa en cara plegarse a los gustos más vulgares convirtiendo sus comedias en pura mercancía.

Miguel de Cervantes, como buen renacentista, aboga por las reglas de la tragedia que siguen los principios aristotélicos en cuanto a las unidades de tiempo, lugar y acción; aunque siendo así, su posición admite, por ejemplo, la inclusión de las “figuras morales” en la comedia nueva, que Cervantes saca a escena (de la que presume haber sido el padre) y que el teatro clásico no admite.

Lo cierto es que, extrapolando los juicios sobre las comedias a la realidad de la televisión y los espacios de entretenimiento que nos ofrece en bien entrado el siglo XXI, las cosas parecen haber cambiado mucho en la tecnología y muy poco en lo sustancial, pues comedias y televisión se puede decir con palabras del siglo XVII que “son espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia”, a todo lo cual agregaremos el uso de la de entonces y la de ahora violencia gratuita, la recreación de la ignorancia y la puesta en valor del peor gusto y uso del lenguaje.

Continúa el discurso del canónigo mientras siguen caminando detrás del carro de bueyes en el que llevan a don Quijote. Cervantes, por boca del canónigo, considera necesaria la existencia de la “censura”, un lugar en la Corte donde sean leídas las obras antes de ser representadas. Ahora bien, y siguiendo el comentario recogido en la edición de Francisco Rico (2001), “la censura propuesta por Cervantes ha de ser inteligente y discreta, y se ejercerá desde propósitos artísticos y de educación popular, también para evitar la ofensa o desórdenes

En ir hablando y conviniendo lo anteriormente expuesto como bueno, tanto para las comedias como para las novelas de caballerías, se les fue pasando el tiempo al cura y al canónigo, de modo que llegaron a un lugar apropiado y agradable para sestear y dejar descansar a las caballerías y los bueyes que arrastraban el carro en el que viajaba enjaulado don Quijote.

Sancho, en cuanto pudo, se acercó a don Quijote para decirle que sospechaba que no iba encantado, sino engañado, ya que creía que el cura y el barbero de su pueblo se escondían debajo de los disfraces de quienes le llevaban de ese modo. Don Quijote lo niega, atribuyendo a los encantadores la capacidad de confundir a las gentes y tomar cualquier apariencia. Pero Sancho insiste en preguntarle algo que le sacará de dudas y demostrará si va encantado o no, y después de muchos circunloquios, eufemismos y equívocos que ponen nervioso a don Quijote, le hace entender que lo que quería saber es si había sentido o sentía la necesidad de cagar o mear… y se acaba el capítulo.

González Alonso

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