Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo cuadragésimo séptimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo cuadragésimo séptimo

Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos

Don Quijote se extraña de verse llevar encantado de semejante manera, en un carro tirado por bueyes, cuando lo que él tenía entendido y leído es que los carros encantados de las aventuras caballerescas eran ligeros como el aire y volaban raudos por el cielo. Le pregunta a Sancho sobre la cuestión, pero éste dice no saber por no ser leído como lo era don Quijote, aunque  sospechaba que en los encantadores de la carreta había gato encerrado.

Antes de iniciar la partida el carro con don Quijote, se acercarán la ventera y Maritornes envueltas en simulados llantos para despedirse del caballero andante; éste, que no puede sufrir sus lloros, se arrancará con un grandielocuente discurso para consolarlas, asegurando que cuanto le está ocurriendo lo es por ser caballero famoso y temido, lo que tiene que aprender a soportar con paciencia, y que a los caballeros desconocidos nada de esto les ocurre. En medio de las despedidas, el ventero le entregará al cura unos papeles encontrados en una maleta olvidada por sus dueños en la venta y que nadie volvió a reclamar, la misma en la que se encontraba la Novela del Curioso impertinente, que tanto gusto les dio su lectura. El cura, ojeando los legajos, encontró el comienzo de otra que llevaba por título Novela de Rinconete y Cortadillo, y consideró que sería de interés como lo había sido la del Curioso impertinente.

Cervantes nos da cuenta de sus novelas y proyectos a lo largo del Quijote. Vale la pena destacar que la primera edición de Rinconete y Cortadillo se hizo en 1613, por lo que esta noticia nos demuestra que su redacción es anterior a 1604. También notamos el énfasis que pone en calificarla de novela, por lo que Cervantes parece ser que tenía muy claro  que su Quijote era una cosa muy diferente y nueva. El título de novela, en el Siglo de Oro, se le daba a lo que ahora definimos, ya como relato o como relato corto.

Al cabo de unas dos leguas de la venta de donde habían salido, caminando desesperadamente lentos para gusto de don Quijote debido a la proverbial lentitud de los bueyes, dieron alcance a la comitiva un canónigo de Toledo y sus servidores que viajaban sobre unas buenas mulas. Adelantándose un poco para que Sancho no lo oyera y acabara por desconfiar del todo de aquel negocio del encantamiento que le traía a mal traer, el cura le explica al canónigo la razón por la que llevaban de aquel modo a don Quijote, lo cual sirvió para –además de asombrarse de lo escuchado- darle pie para exponer todas las razones por las que consideraba perjudiciales para la república las novelas de caballerías. Encuentra ociosos estos libros, ya que cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro. [… ]son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar […] yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates […] Pues, ¿qué hermosura puede haber, o qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro o fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante como una torre y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique, y que cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la parte de los enemigos un millón de competientes […] habemos de entender que el tal caballero alcanzó la victoria por sólo el valor de su fuerte brazo? Pues ¿qué diremos de la facilidad con que una reina o emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido caballero? Y de esta guisa continuará sus argumentaciones para satisfacción del cura, que a todo cuanto decía el canónigo le daba la razón.

Pasando más adelante, el cura explica al canónigo y sus acompañantes cómo había mandado quemar todos los libros de caballerías que don Quijote tenía en su casa y por cuya lectura había llegado a perder la razón. Pero, sorprendentemente, el canónigo, riendo, desaprueba la acción de la quema de libros, ya que en ellos–asegura- puede hallarse algo bueno, como era el sujeto [tema, materia y los elementos de la trama] que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos. Y siguió enumerando ejemplos entre los que no faltó una larga nómina de arquetipos ejemplares de la Antigüedad, como Ulises, Eneas, Aquiles, Héctor, Sinón, Eurialio, Alejandro César, Trajano, Zópiro y Catón, de quienes fue subrayando, uno a uno, lo más relevante de su personalidad, para concluir argumentado, entre otras razones, que siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lizos tejida, que después de acabada tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente […]

Con estas últimas razones, quedamos en suspenso y a la espera del fin de la aventura del encantamiento de don Quijote enjaulado. Es de notar, grosso modo, la influencia renacentista en las ideas y la visión del mundo de Cervantes; un mundo que se desmoronaba y buscaba un andamiaje nuevo en el que sustentar la sociedad, y frente al que el autor español sostuvo posturas innovadoras y valientes en torno a temas como el de la mujer y el matrimonio, la educación y la libertad de pensamiento cercana al erasmismo, tal y como hemos visto en algunos capítulos anteriores y tal como veremos en los que siguen.

González Alonso

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