Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo cuadragésimo sexto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo cuadragésimo sexto

De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote

Las cosas se apaciguan, los cuadrilleros atienden a las razones del cura y la locura de don Quijote para no insistir en arrestarlo; el barbero cobra sus ocho reales por la bacía convertida en baciyelmo y doña Clara no cabe en sí del contento de saber que su amado don Luís haría el viaje en su compañía, con el consentimiento de su padre y la conformidad de los criados. Zoraida, sin entender del todo cuanto ocurría, también se alegraba viendo contento a su amado capitán Viedma, y el ventero, aprovechando la ocasión y buena disposición del cura, también cobró sus cueros rotos y el vino derramado, a cuyo escote colaboró don Fernando, esposo de Dorotea.

Don Quijote, una vez sosegada la venta, vuelve a su compromiso con la princesa Micomicona, interpretada por Dorotea, pidiéndole continuar el camino para dar fin al descomunal gigante usurpador y restituirle el reino a la ultrajada princesa. Dorotea, en su papel de Micomicona, le responde con el mismo estilo y oratoria, aceptando la propuesta de partir.

Pero Sancho no tiene prisa. La razón es que ha visto cómo a escondidas Dorotea y don Fernando se besaban a la menor ocasión y temía que, restituído el reino, fuera don Fernando quien recibiera los favores de la reina, siendo hecho rey a costa de don Quijote y de lo que Sancho esperaba sacar de ese negocio.

El enfado de don Quijote al escuchar las palabras de Sancho Panza es de tal naturaleza que no deja insulto ni improperio de los habidos en la lengua española que no le endose:
¡Oh, bellaco villano, malmirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! [ ] ¡ Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! [ ]

Sancho, aterrado, se aleja de su señor e interviene con gran inteligencia Dorotea para persuadir a don Quijote de que lo visto por Sancho sólo es causa de los disparatados encantamientos que en aquel castillo ocurrían, en lo que abundó don Fernando, y así don Quijote tomó en consideración cuantas razones se le mostraron y accedió a perdonar a Sancho, el cual volvió para disulparse y besar las manos de su señor, aunque –sacado a colación el manteamiento de Sancho del que todo el mundo se rió con ganas- a Sancho seguía sin parecerle que hubiera sido aquello encantamiento, sino algo real y muy verdadero.

Junto con el cura, a los de la venta se les ocurre el modo de llevar a don Quijote a su aldea. Haciéndole creer que todo sigue siendo cosa de encantamiento, le atan de manos y pies mientras dormía y lo meten en una carreta con barrotes, a modo de jaula. Con voz tenebrosa y de otro mundo se dirigen al caballero andante para prometerle que la aventura acabará “cuando el furibundo león manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno”. Es decir, cuando don Quijote, el león manchado, se case con Dulcinea, la blanca paloma tobosina.

Este párrafo no se puede pasar por alto. Que don Quijote de la Mancha se convierta en “león manchado” alude a diferentes aspectos reseñables de la propia historia de la familia de Cervantes: su origen leonés, del que nos da cuenta en el capítulo 39, y su calidad de “manchado” o judío converso. Que Dulcinea se represente como “blanca paloma”, signo de la paz y del Espíritu Santo, casada con el “furibundo león manchado”, ¿no sugiere el motivo bíblico y clásico de los “adyunta” o “impossibilia” que denuncian el emparentamiento de animales de distinta especie? Parece querer decirse que el judaísmo y el cristianismo se casarán, aunque parezca contra natura.

Continúa el discurso afirmando que “de cuyo inaudito consorcio saldrán a la luz del orbe los bravos cachorros que imitarán las rampantes garras del valeroso padre”. De nuevo se recalca lo “inaudito” del emparejamiento, y la descripción heráldica del león rampante –escudo del Reino de León- así como la referencia a los descendientes del reino del que la estirpe cervantina asume la paternidad en la figura de don Quijote, no puede ser pasada por alto, porque no es casual, como no lo es tampoco la prisión a la que es arrojado el caballero andante, “furibundo león manchado”.

El capítulo concluye con la serena aceptación de la situación en que se encuentra por parte de don Quijote, consolado con las promesas de matrimonio (que nunca se cumplirán, al igual que la verdadera unión de judíos y cristianos), y la resignación de Sancho Panza, a quien se le renuevan las promesas de cobrar cuanto su amo le hubiere prometido, y aún más.

Pero, amén de concluir el capítulo, también nos deja Cervantes unas inteligentes pinceladas llenas de sugerencias que abren las puertas a esa otra lectura del Quijote en la que se cuelan interpretaciones y opiniones vertidas por su autor y que, con el paso del tiempo, se revelan como el cliché de una fotografía que nos ofrece cada vez de manera más nítida los contornos verdaderamente mágicos de la obra y las claves de una historia de España llena de claroscuros. Algo, en fin, realmente admirable tras cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte del Quijote.

González Alonso

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