Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo cuadragésimo quinto

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo cuadragésimo quinto

Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad

Los presentes en la venta, siguiendo la iniciativa del barbero vecino del pueblo de don Quijote, deciden gastarle una broma al barbero dueño de albarda y bacía diciendo que la tal bacía era yelmo, aunque incompleto. Don Quijote está muy de acuerdo con las razones escuchadas a favor del yelmo y el barbero perjudicado no podía dar crédito a que tanta gente y de tan buen parecer viera un yelmo en lo que era bacía, por lo que –confuso- agrega a modo de desafío que le digan si, del mismo modo, se atreverían a decir que la albarda del burro era jaez de caballo.

Ante tal requerimiento, el cura y los demás le otorgan la autoridad de decidir lo que era, albarda o jaez, a don Quijote; pero éste, que confiesa realmente ver albarda y no jaez, tampoco se atreve a dar una respuesta categórica y expone, en una escena más propia del teatro del absurdo que de otra cosa, la existencia de dos realidades, definiendo la suya sujeta a encantamientos y propia del mundo de la caballería andante. La realidad de los demás la considera ajena a los encantamientos, por lo que –considera- que “tendrán los entendimientos libres y podrán juzgar las cosas [deste castillo] como ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían.

El cura y los demás, siguiendo con su broma, acuerdan decidir lo que ha de ser, albarda o jaez, por votación. Realizada la consulta en secreto y al oído de cada uno, el cura establece el veredicto asegurando que lo que allí se les presenta es verdadero jaez de caballo, y no de los malos.

No se desespera solamente el barbero esquilmado, también los recién llegados en cuadrilla, que no sabían de la broma y veían el humor de don Quijote, se alborotaron ante tal disparate y, unos con otros, se lían en una monumental pelea, en la que Sancho y el barbero tiraban por un lado y el otro de la albarda mientras se intercambiaban patadas y puñetazos.

Entonces y en medio de aquel alboroto, se alzó la voz de don Quijote para detener la batalla, haciéndoles ver que todos estaban siendo víctimas de los encantamientos del castillo que hacía que gentes tan principales se pelearan de ese modo por cosas tan livianas; otorga autoridad al oidor don Fernando y al cura para poner paz y hacer justicia como si fuesen el rey Agramante y el rey Sobrino.

Toda la escena se resuelve en el plano de la realidad de don Quijote cuando actúan el cura y el oidor poniendo paz. Con mucha sutileza Cervantes denuncia la frágil frontera entre la cordura y la locura en el modo de resolver don Quijote la contienda.

Pero, decidiendo así cómo “la albarda se quedó por jaez hasta el día del juicio, y la bacía por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote” puede entenderse la alusión al día del juicio como el juicio final en el que todos sabremos la verdad, aunque también no deja de esconder la ironía con que se denuncia, además de la arbitrariedad, la lentitud de la justicia y el improbable final de los juicios como el allí celebrado.

Apaciguados todos, todos vuelven a sus cuitas y don Fernando, el oidor, acoge a don Luis en su viaje a Andalucía.

No duró mucho la recien conseguida paz, pues uno de los cuadrilleros que había salido peor parado en la pelea, encontró un mandamiento, entre los que traía consigo, para prender a don Quijote por haber liberado a los galeotes. El cura comprueba lo que el escrito ordena y lo da por veraz. El cuadrillero y don Quijote se agarran por el cuello y de nuevo tiene que intervenir don Fernando para soltarlos. Una vez separados y más apaciguados los ánimos, los cuadrilleros reclaman a su preso, acusado de ladrón y salteador de caminos por la Santa Hermandad.

Riéndose don Quijote de las acusaciones, muy sosegado les dijo: “¿Saltear de caminos llamáis al dar la libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos?”, para, a continuación, llamarles “ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad” y terminar haciendo una larga lista de los derechos y costumbres de los caballeros andantes que les eximía de pagar diferentes impuestos, el trabajo de sastre o el  alojamiento en los castillos, más otros etcéteras con los que concluye este capítulo.

González Alonso

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