Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo cuadragésimo cuarto

 

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo cuadragésimo cuarto

Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta

Don Quijote gritaba de forma desaforada, colgado como estaba por el brazo, y despertados todos, acude entre otros el ventero para liberar de su suplicio al caballero andante. Una vez recuperado su lanzón y puesto sobre Rocinante, desafía a todo aquél que niegue el injusto encantamiento a que había sido sometido.

Los recién llegados no daban crédito a cuanto veían y oían, pero enseguida el ventero les puso al corriente del humor de don Quijote, así que se volvieron a sus cosas sin hacerle más caso, cosa que enfureció de tal modo a don Quijote que estaba ardiendo en ansias de hacerles responder por la fuerza lo que no hacían por su voluntad. Pero la promesa dada a la princesa Micomicona, que tan bien interpretaba Dorotea, de no iniciar una nueva aventura hasta haber concluido la que comprometió por su causa para restituirle el arrebatado reino, artimaña puesta en marcha con la complicidad del cura y el barbero para llevar de vuelta a casa a don Quijote, le impidieron a éste hacer nada.

El capítulo es un alarde de narración en la que hasta tres acciones diferentes o más se desenvuelven de manera simultánea. En primer lugar, se produce la búsqueda del mozo de mulas cantor por parte de los recién llegados, que no eran otros que cuatro criados del padre del mozo, llamado don Luis, que lo buscaban con la orden de devolverlo a la casa paterna. Luego, la pelea del ventero con algunos huéspedes que, aprovechando la confusión del momento, intentaban irse sin pagar el hospedaje. Al mismo tiempo se descubre cómo don Luis está enamorado de doña Clara, a la que va siguiendo de venta en venta, la hija del oidor o magistrado de la Audiencia y hermano –como se averiguó anteriormente- del leonés cautivo, el capitán Viedma, que volvía pobre de su cautiverio con la mora Zoraida a su tierra leonesa. Se produce la sorpresa del oidor al conocer la identidad del joven, vecino suyo y de familia rica, así como las esperanzas que se abren en el pecho del enamorado don Luis cuando escucha pedirle unas horas para pensar qué convenía mejor al caso. Simultáneamente se producirá una escena entre Maritornes, la ventera y don Quijote cuando éstas le piden que defienda y saque de apuros al ventero que estaba siendo apaleado por los huéspedes que se negaban a pagar, a lo que don Quijote responde que antes debía pedir permiso a la princesa Micomicona, o sea, a Dorotea. Dorotea -o Micomicona para don Quijote- se lo concede, pero  se queda sin intervenir porque considera que los que pelean no son caballeros y que aquella aventura le correspondía mejor a su escudero Sancho. Pero, mientras tanto, Sancho Panza, que estaba en la cuadra atendiendo a las necesidades de su rucio, se encuentra increpado de ladrón por otro recién llegado a la venta, que no era otro que el barbero a quien don Quijote había despojado de la bacía con que se protegía de la lluvia porque le pareció ser, en su resplandor, el yelmo de Mambrino; y Sancho se había hecho con las albardas porque don Quijote le concedió permiso para tomar posesión de los despojos de lo que él había imaginado batalla.

Resulta curioso cómo don Quijote, cuando tiene ocasión de intervenir porque así se lo piden para remediar un mal, no lo hace; lo que nos pone en la pista de cómo interpretar el mundo real en el que el caballero se desenvolvía. Un mundo literario en el que lo importante era cumplir las leyes de la caballería y no romper esas leyes que sustentaban el equilibrio y el orden social. Y nada podía apartarlo de esa decisión, aunque corriera riesgo la vida o la seguridad de alguien.

Así pues, en medio de este fenomenal barullo, don Quijote consigue aplacar los ánimos de los huéspedes y el ventero usando de buenas razones, y sin necesidad de más peleas, persuade a los huéspedes para pagar lo adeudado por el alojamiento. Llega entonces un enorme griterío de las cuadras donde Sancho Panza y el barbero despojado peleaban por las albardas. Cuando llegan a ver qué ocurría y, entre ellos, don Quijote presencia el modo de pelear de Sancho que le había roto la cara al barbero de un puñetazo y sangraba por la nariz y la boca, don Quijote no tiene duda de que su escudero es valeroso y merecedor de ser nombrado caballero, y así decidirá hacerlo en breve y en la primera ocasión y castillo que se le ofrezcan.

La disputa de si era bacía o yelmo, jaeces o alforjas, entre don Quijote y el barbero que reclamaba lo suyo, lo resuelve Sancho Panza, que no deja de ver que no había más que alforjas y bacía, pero al que interesaba la versión de su amo para justificar su posesión, llamando baciyelmo a la bacía del barbero y dando fe del buen servicio que le prestó contra las pedradas de los galeotes liberados, lo que justificaba su uso como yelmo sin dejar de ser bacía. Y en este punto de la discusión y el capítulo queda en suspenso la historia…

González Alonso

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