Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo cuadragésimo tercero

 

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo cuadragésimo tercero

Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos

Dejamos en el capítulo anterior a don Quijote haciendo guardia en el exterior de la venta que él consideraba castillo y a todos los alojados dormidos, cuando al clarear la mañana una voz masculina bien entonada despierta, entre otros, a Dorotea y Cardenio. Clara dormía y a Dorotea le pareció oportuno que escuchara aquellas canciones y aquella voz, así que la despertó. Pero la sorpresa de Dorotea fue descubrir por las lamentaciones de Clara que conocía bien al mozo que así entonaba sus canciones, joven rico y apuesto, hijo de un caballero natural del reino de Aragón, que venía siguiéndola de venta en venta en su viaje y del que ella también estaba enamorada, aunque su padre nada sabía de ello. Dorotea la tranquiliza con la promesa de arreglarlo todo en cuanto fuera de día.

Tampoco dormían Maritornes ni la hija de la ventera, las cuales decidieron gastarle una broma a don Quijote. Así, viendo al caballero sobre su caballo y apoyado en su lanzón a través de un ventanuco del pajar que estaba suspirando y diciendo: ¡Oh, mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo! ¿Y qué fará agora la tu merced? ¿Si tendrás por ventura las mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por sólo servirte, de su voluntad ha querido ponerse?Dáme tú nuevas della, ¡oh luminaria de las tres caras! Quizá con envidia de la suya la estás ahora mirando que, o paseándose por alguna galería de sus suntuosos palacios o ya puesta de pechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva su honestidad y grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella éste su mi cuitado corazón padece, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado y, finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol, que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salir a ver a mi señora, así como la veas suplícote que de mi parte la saludes; pero guárdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, que tendré más celos de ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia o por las riberas de Peneo, que no me acuerdo bien por dónde corriste entonces celoso y enamorado.

Escuchado lo anterior, la hija de la ventera llama chistando desde el ventanuco a don Quijote y éste se acercará por no ser descortés, imaginando que de nuevo será la hermosa doncella, hija de la señora del castillo, quien le reclama enamorada. Al ver a las mozas, con corteses palabras les comunica que no puede atender a sus demandas de amor, pues su corazón lo ocupa solamente su dueña, Dulcinea del Toboso. Ante esto, Maritornes le dice que no le pide tanto que suponga quiebra u ofensa de su amor, sino solamente una mano que, agradecida, besar y sostener entre las suyas. Accede don Quijote, por no ver mal en ello en perjuicio o menoscabo de Dulcinea, y se pone de pie encima de la silla de Rocinante para extender su brazo y alzar su mano hasta el ventanuco. En esta posición, Maritornes le atará la muñeca con una correa y la sujetará por el otro extremo al pomo de la puerta, yéndose las dos muertas de risa y dejando a don Quijote medio colgado de pie sobre Rocinante y sin posibilidad de moverse, no fuera que el caballo se moviera y quedara totalmente colgado por el brazo, del ventanuco.

Todo cuanto le estaba ocurriendo lo atribuía, como en la ocasión anterior en la misma venta, a cosa de encantamientos, y no dejaba de maldecir su falta de prudencia. Apurado como estaba intentó pedir ayuda a Sancho, pero éste dormía profundamente y no le oyó. Así que tuvo que resignarse a ver pasar las horas en aquella situación tan cansada como comprometida, temiendo que Rocinante se moviera o que la llegada del día no remediase su suerte hasta que otro encantador más sabio los desencantase a ambos.

Apenas comenzó a amanecer, cuando llegaron a la venta cuatro hombres que empezaron a dar voces con el fin de que alguien les abriese las puertas. Don Quijote, indignado, les recrimina la manera de faltar al reposo de las personas principales que dormían en el castillo, pidiéndoles que esperaran a que abrieran a la hora acostumbrada. Los hombres que oyeron llamar castillo a la venta y vieron en aquel trance a don Quijote lo tomaron inmediatamente por loco y siguieron llamando hasta conseguir despertar al ventero.

Lo malo fue que, en esto, uno de los caballos recién llegados, se acercó a oler a Rocinante mientras los recién llegados acordaban sus negocios con el ventero. Rocinante, hasta ese momento quieto con su dueño puesto de pie encima, no pudo resistirse a la tentación y el aburrimiento y se movió para oler al recién llegado, de manera que don Quijote quedó colgado por el brazo con gran dolor, sin alcanzar con las puntas de sus pies el suelo, aunque estaba muy próximo. Así que su dolor se agrandaba si intentaba llegar al suelo, pero le resultaba insufrible mantenerse colgado como estaba…

González Alonso

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