Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo cuadragésimo segundo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo cuadragésimo segundo

Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse

Todos los presentes se ofrecieron de buen grado a servir y ayudar al capitán cautivo y Zoraida; y todo, agradeciéndolo muy cortesmente, se negó a aceptar. Y en esto andaban cuando a la ya por sí abarrotada venta, se acercó otra comitiva. La ventera responde a la solicitud de alojamiento diciendo, como era verdad, que no había ni un hueco libre; pero cuando oyó decir que el solicitante era nada menos que un oidor, juez o magistrado, de las Audiencias, nombrado por el Rey, que velaba por la disciplina y reprimía la corrupción, dictaba sentencia y dependía del Consejo Real o Tribunal Supremo, la ventera se turbó por completo y se apresuró a explicar que no disponía de camas, pero que le cedían gustosos la suya y de su marido y que con la que él trajese, se apañarían todos por aquella noche. Era habitual, en la época, que los viajeros ricos llevaran a las ventas comida, cama y perterechos.

Una vez acordado todo, entró el oidor, al que acompañaba su hija, una hermosa jovencita de apenas dieciseis años llamada Clara. Todos, en la venta, se admiraron de la extremada belleza de la doncella, pareciéndoles imposible serlo más después de haber conocido las de la mora Zoraida, Dorotea y Luscinda, que allí se encontraban.

Don Quijote tomó la palabra para dirigirse a los recién llegados y darles una cortés bienllegada en tales términos que el oidor, perplejo tanto por el tono del discurso como por el talle y apariencia del hidalgo, no supo qué decir. Pero atendiendo a la presencia de las hermosas Luscinda, Dorotea y Zoraida, así como la de sus acompañantes, don Fernando, Cardenio y el cura que le hicieron un recibimiento más llano y cortés, el oidor no dejó de reparar que se encontraba ante gente principal, pese al desconcierto que le produjera “el talle, visaje y la apostura de don Quijote”.

El cautivo se mostraba muy nervioso y desazonado desde que vio aparecer al oidor, y preguntó aparte a un criado si sabía cómo se llamaba y de qué tierra venía. La respuesta del criado le sumió en un cúmulo de emociones contradictorias cuando supo que se trataba del licenciado Juan Pérez de Viedma y que era de un lugar de las montañas de León. Así acabó de reconocer en el oidor a su hermano más pequeño, el que había elegido, cuando su padre repartió la herencia, la carrera de las letras en Salamanca.

El cautivo, llamado capitán Viedma, le comunica al cura lo que está sucediendo y le pide revelarle a su hermano su presencia en la venta de manera que él pudiera averiguar cómo reaccionaba ante el conocimiento de su desgraciada historia de cautivo y vuelta a España, pobre y con Zoraida. Así lo acuerda el cura, que busca la manera de darle noticias al oidor de la historia de su hermano, justo hasta el punto de su captura por los piratas franceses. Cuando éste conoce todo lo ocurrido se lamenta amargamente de no haber tenido noticias suyas en todos esos años, prorrumpe en lágrimas y hace votos por que se encuentre vivo para poder encontrarlo y devolverlo a su casa rico y con honra. Así se enterará el capitán Viedma de que su padre había muerto con la pena de no haber tenido noticias de su destino y que a su otro hermano mediano las cosas del comercio le van muy bien en América, donde se hizo rico y a donde también se dirige el licenciado en una misión de su cargo el oidor, camino de Sevilla donde embarcar.

El capitán Viedma da a conocer su presencia junto con Zoraida; los hermanos se abrazan, todos lloran emocionados y, antes de concluir el capítulo, acuerdan de qué modo volverán a la tierra de sus ancestros en las montañas de León. Se arreglan como mejor pueden para pasar la noche después de tantas emociones y don Quijote se presta para hacer guardia en el castillo “porque de algún gigante o otro malanadante follón no fueses acometidos, codiciosos del gran tesoro de hermosura que en el castillo se encerraba”.

Muy cerca de despuntar el alba llegó a los oidos de las damas una voz varonil, “tan entonada y tan buena, que les obligó a que todas le prestasen atento oido”. Dorotea fue la primera que lo oyó, mientras a su lado dormía Clara. Nadie sabía quién era el que así cantaba. Cardenio, también de los primeros en escuchar los cantos, se acercó a la alcoba de las damas para darles cuenta del suceso y se encontró con que Dorotea ya estaba despierta y escuchando con asombro aquellas canciones tan de madrugada. Se retira Cardenio y cuando Dorotea se queda sola, prestando suma atención, entendió esto: (… que ya forma parte del capítulo que seguirá)

Gonzaléz Alonso

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