El amor cortés

El amor cortés en el Quijote

Miguel de Cervantes desarrolla con toda fidelidad el esquema del amor cortés de la Edad Media para dibujar la relación de don Quijote con Dulcinea.

Resumiendo, apuntaré las características principales que aparecerán en los diferentes pasajes en los que el Caballero de La Triste Figura responde al modelo medieval de amor cortés:

1.- Idealización de la dama. Don Quijote eleva a la campesina Aldonza Lorenzo a la categoría de dama, encumbrándola a la nobleza en todos sus sentidos.
2.- Fidelidad absoluta. Imposibilidad de vivir dos amores a la vez.
3.- Considerar como instrumento de perfección espiritual el vivir el amor por el dolor.
4.- No perder ocasión de dejar de comer o dormir consumido por la pasión del amor.
5.- Carácter platónico de la relación amorosa.

Del ejemplo de idealización absoluta y absoluto fervor por Dulcinea, dama de todos los sueños de don Quijote, sirven sus propias palabras, lamentos y declaraciones hechas mientras montaba guardia durante la noche en la venta de los encantamientos (I, cap.43): ¡Oh, mi señora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo! ¿Y qué fará agora la tu merced? ¿Si tendrás por ventura las mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por sólo servirte, de su voluntad ha querido ponerse?Dáme tú nuevas della, ¡oh luminaria de las tres caras! Quizá con envidia de la suya la estás ahora mirando que, o paseándose por alguna galería de sus suntuosos palacios o ya puesta de pechos sobre algún balcón, está considerando cómo, salva su honestidad y grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella éste su mi cuitado corazón padece, qué gloria ha de dar a mis penas, qué sosiego a mi cuidado y, finalmente, qué vida a mi muerte y qué premio a mis servicios. Y tú, sol, que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salir a ver a mi señora, así como la veas suplícote que de mi parte la saludes; pero guárdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, que tendré más celos de ti que tú los tuviste de aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia o por las riberas de Peneo, que no me acuerdo bien por dónde corriste entonces celoso y enamorado.

De entre las mujeres que desfilan por el Quijote, la pastora Marcela, la duquesa, la mujer de Sancho Panza, el ama y la sobrina de don Quijote, Dorotea, Luscinda, etc. hay tres, Altisidora , Maritornes y doña Rodríguez –curiosamente asturianas las últimas-, con quienes don Quijote tiene sendos encuentros en los que el ideal del amor cortés cumple punto por punto con las características mencionadas en el párrafo anterior.

A Maritornes, esta mujer que servía en una de las ventas a donde fue a parar el desventurado caballero don Quijote acompañado de su no menos desventurado y apaleado escudero Sancho, nos la describe Cervantes de este modo:

Servía en la venta asimesmo una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera. (I.-cap.16)

Pues el caso es que se nos cuenta cómo la buena Maritornes había quedado con un arriero, que también estaba en la venta, en que aquella noche se refocilarían [ ] y cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantes palabras que no cumpliese, por lo que allá se dirigía la cumplidora sirvienta a poner en efecto la palabra dada cuando, en medio de la oscuridad en la que se movía para no despertar sospechas, tropezó con don Quijote; éste la asió fuertemente, imaginando que era la hermosa hija del castellano que, rendida ante sus encantos caballerescos, iba a seducirlo y se despacha –sin dejarla escapar de entre sus brazos- con un discurso en el que empieza alabando la belleza de la que creía princesa, pero poniendo por encima de aquella la singular hermosura de Dulcinea y le confiesa la imposibilidad de vivir ese amor que se le ofrece en las sombras de la noche de la venta dada su determinada fidelidad al amor de la dama de sus sueños, que no es otra que la sin par Dulcinea del Toboso.

Maritornes no entiende nada de cuanto don Quijote le dice en su arcaico y alto lenguaje, y forcejea con ánimo de desprenderse de sus brazos, lo que no consigue.

El arriero, que estaba atento a cuanto ocurría un par de catres más allá, viendo que Maritornes no conseguía zafarse del abrazo de don Quijote y temiendo por su negocio, decide intervenir propinándole un fuerte puñetazo al caballero en mitad de su quijada que lo dejará aturdido y ensangrentado. Con el follón que se arma, todos envueltos en sombras, a Sancho Panza le caerán unas cuantas patadas y pescozones, lo que él creía que eran sueños o pesadillas y don Quijote achacó a encantamiento.

La segunda ocasión se presenta cuando don Quijote se queda solo en la mansión de los duques porque Sancho se ha ido para hacerse cargo del gobierno de la ínsula Barataria (II parte). No queda muy claro si por iniciativa propia o de la duquesa, dos jóvenes de palacio, una de ellas llamada Altisidora, deciden burlarse del caballero. Altisidora finge estar enamorada de don Quijote y –en conversación con la otra joven- hace una declaración de amor, no exenta de tintes eróticos, en voz alta y clara desde el jardín, para que don Quijote, alojado en el aposento superior, la escuchara con nitidez.

Es la única vez que don Quijote escuchará de labios de una mujer semejantes requiebros, quejas y promesas. Queda bastante turbado y a la mañana siguiente, cuando Altisidora se hace la encontradiza con él en un corredor del palacio, ésta finge un desmayo que su amiga achaca a la indiferencia y rechazo del caballero, recriminándole su actitud. Don Quijote, prudente, les pide un laúd para la noche, prometiendo hacer cuanto en su mano estuviere para la sanación de Altisidora, que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios calificados.

Llegada la noche, con una vihuela en las manos y una no muy mala voz, don Quijote le cantará desde la ventana a Altisidora, que estaba en el jardín junto a la duquesa y otras damas, unas coplas de su cosecha:

Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y el labrar
y el estar siempre ocupada
ser antídoto al veneno
de las amorosas ansias.
Las doncellas recogidas
que aspiran a ser casadas,
la honestidad es la dote
y voz de sus alabanzas.
Los andantes caballeros
y los que en la corte andan
requiébranse con las libres,
con las honestas se casan.
Hay amores de levante,
que entre huéspedes se tratan,
que llegan presto al poniente,
porque en el partirse acaban.
El amor recién venido,
que hoy llegó y se va mañana,
las imágines no deja
bien impresas en el alma.
Pintura sobre pintura
ni se muestra ni señala,
y do hay primera belleza,
la segunda no hace baza.
Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.
La firmeza en los amantes
es la parte más preciada,
por quien hace amor milagros
y a sí mesmo los levanta.

Apenas había concluido don Quijote su canto, cuando por la ventana hicieron entrar un saco lleno de gatos rabiosos contra los que, espada en mano, luchó con denuedo el caballero, gritando: ¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras malas intenciones!, sin poder escapar a los arañazos de uno de aquellos enloquecidos felinos que se le agarró furioso a la cara.

Entrando a los gritos los duques en el aposento, le prestan auxilio y la misma Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas por todo lo herido y, al ponérselas, con voz baja le dijo:

—Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú lo goces ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.

Don Quijote dio un profundo suspiro por toda respuesta y quedó en cama por cinco días, al cabo de los cuales vendrá a toparse con la tercera ocasión de poner a prueba su amor por Dulcinea y que vino a ocurrir con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, mujer de pocas luces, natural de las Asturias de Oviedo (sic), y una de las pocas personas que se cree a pies juntillas la historia de don Quijote. Cuando la dueña acude a solicitarle, aprovechando la intimidad y discreción de la noche, que interceda como caballero andante para enderezar un entuerto hecho a su propia hija y que tiene que ver con asuntos de matrimonio, don Quijote piensa que se trata de Altisidora y que su visita obedece a intenciones amorosas y carnales, por lo que la rechaza de plano en una escena cómica que no tiene desperdicio (II.-Capítulo XLVIII). Porque don Quijote no puede -ni por pensamiento- flaquear y serle infiel a su idealizada dama: Seis días estuvo sin salir en público, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado [ ] imaginó que la enamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad y ponerle en condición de faltar a la fe que guardar debía a su señora Dulcinea del Toboso.

-No- dijo, creyendo a su imaginación, y esto con voz que pudiera ser oída- no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo más escondido de mis entrañas [ ]

Las pruebas fehacientes de amor cortés las superará don Quijote pasando por encima de su propia vanidad, que finalmente pagará en forma de insultos y escarnios, pero manteniendo su honestidad en la prueba más difícil para el caballero manchego, en la que estaba en juego la propia continuidad de la novela si Dulcinea llega a desaparecer como referente caballeresco para don Quijote. Todo habría sido diferente de ocurrir tal cosa y Cervantes lo supo, cosa que no alcanzó a comprender Avellaneda –o Lope de Vega- en la segunda parte apócrifa del Quijote cuando convierte a éste en el Caballero Desamorado, borrando la imagen de la sin par Dulcinea del Toboso y condenando la novela a un desierto monótono y previsible.

González Alonso

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