Don Quijote de la Mancha.- Primera parte, capítulo trigésimo séptimo

El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

Primera parte.- Capítulo trigésimo séptimo

Donde se prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras

En un pispás se hace y deshace la desventura de Sancho cuando se ve desposeído de la prometida fortuna de ser duque al convertirse la princesa Micomicona en Dorotea y vuelta nuevamente en princesa, con lo que vuelve también a recuperar la esperanza de su fortuna. Todo ello se debía a que, mientras Sancho daba cuenta de las últimas novedades a su señor don Quijote, los felizmente reunidos y reconciliados en sus amores, junto con el cura y el barbero, decidieron proseguir su engaño con el fin de conducir a don Quijote a su aldea. Así pues, restituida Dorotea en la dignidad de la princesa Micomicona, recobrará el caballero el mandato de servirla, Sancho la esperanza de su ducado y el ventero, atento a su negocio, se asegurará el cobro del importe de los destrozos habidos en la venta, incluidos los cueros horadados y el vino derramado cuando don Quijote los atacó creyendo en sus sueños estar luchando contra el descomunal gigante que amenazaba el reino de la princesa.

Dos cuestiones más se inician en este capítulo que acabarán resolviéndose en los que le seguirán, muy al estilo de la novela, y semejante -como en ocasiones hemos indicado- al de Las Mil y Una Noches de dejar sin concluir el cuento al terminar el capítulo para darle fin al comienzo del siguiente o más allá.

La primera cuestión se refiere a la aparición de dos nuevos personajes, los que forman una pareja, ella mora y él cristiano, ataviados al estilo moro, que llegarán a la venta y ante la contrariedad de no hallar alojamiento disponible reciben la oferta de compartir el suyo con los recién llegados, Dorotea, Luscinda y los demás, lo que agradecen y facilita el conocimiento de su historia. Se inicia aquí el relato del cautivo y la mora Zoraida que Cervantes utilizará de manera autobiográfica para referirse a su cautiverio en Argel y el origen leonés de su ascendencia, como se verá más adelante.

La segunda cuestión viene referida al inicio del famoso discurso de las armas y las letras. De forma paralela al de la edad dorada, don Quijote argumentará con tanto juicio sobre la ventaja de las armas sobre el ejercicio de las letras que ninguno de los presentes, cautivados por sus razonamientos –sobre todo los nobles-, pensaría que aquel hombre estuviera loco.

En esta primera parte del discurso reconoce en las letras el valor del ejercicio del espíritu y en los estudiantes el sufrimiento de la estrechez y la pobreza, para razonar cómo para el ejercicio de las armas resulta imprescindible también el del espíritu, tanto en la planificación inteligente de los medios, como en el de los fines, entre los cuales es encuentra el fin principal de la guerra, que es la paz, siguiendo el argumento aristotélico de que la guerra sirve a la paz.

Sobre la pobreza, el sufrimiento de los rigores de la vida y estrecheces de los estudiantes en relación con la pobreza, los rigores y las estrecheces de los soldados, solamente lo deja insinuado, a lo cual volverá antes de concluir el discurso, adelantando que el final de las calamidades del estudiante y hombre de letras acostumbra a verse recompensado con buenos oficios, posición, dineros y vida regalada, y dejando en suspenso la continuación y remate del discurso que seguirá, junto con el desarrollo y desenlace de la historia del cautivo, en los próximos capítulos.

González Alonso

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